Guiilermo Cortés Dominguez*
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La primera vez que intervino el director del Colegio La Salle de Jinotega en una situación en la que yo estaba involucrado, fue cuando, por bajo rendimiento, me devolvió de segundo a primer grado. Fue terrible. Grité, pataleé y lloré, y él tuvo que posponer tan drástica e impactante democión. La segunda, y última vez en seis años, que el bonachón Hermano Genaro tuvo que ver conmigo, fue unos pocos años después, quizás cuando me llamó a su oficina, se me acercó demasiado, aunque no recuerdo que me haya tocado, pero me preguntó: ¿Cómo está el aparatito, Guillermito? Y sin estar seguro de nada a mis inocentes nueve añitos, pero muy perturbado, salí disparado para quién sabe dónde.

Envidio a mi hermano Álvaro y a mi hijo varón menor, Carlos, porque tienen una memoria prodigiosa. Los recuerdos se me escapan, pero el del sonriente Hermano Genaro siempre lo he tenido disponible en una de las gavetas de mi mente laberíntica, y hago esta remembranza a propósito de la profunda y seria investigación que reveló las aterradoras y espantosas vejaciones a niños y niñas en Irlanda, de sacerdotes y monjas, entre ellos religiosos de la Orden de los Hermanos La Salle.

Eran tiempos de castigos desalmados y cobardes, como el del profesor Soto, que en ese mismo segundo grado me puso delante de mis compañeros de clase con los brazos extendidos y varios libros pesados en mis manos. Fue una tortura física. El hecho de que me hubieran intentado devolver a segundo grado, aunque no se haya concretado, seguramente dejó profundas huellas sicológicas que aún no he procesado.

El Hermano Salomón se volaba la cerca. Era alto, delgado, cara y dientes alargados, y a diferencia de los otros lasallistas de sotana negra, él siempre vestía de blanco y quizás por ello era común verle algunas manchas ensuciando su vestidura. Lo recuerdo con su sonrisa ancha en la cancha de basketbol. Acostumbraba exigir a los estudiantes que quería castigar, que pusiéramos juntos las puntas de los dedos de una mano, y nos daba fuerte en las yemas con una regla. ¡Era doloroso! Y después seguía con la otra mano. Pero el dolor era mayor cuando violentamente nos suspendía de las patillas. Era un dolor agudo. Era peor que Soto.

Después llegó el Hermano Alfonso con sus anteojos verdes, fanático del fútbol, y se daba gusto en los dos hermosos campos del Colegio con su permanente grama siempre bien rasurada. Entonces Jinotega pasaba por su mejor momento en fútbol. No se me olvida una poderosa patada de media distancia de Mario Noguera –ex jefe de la Seguridad del Estado en este departamento y actual asesor de la Ministra de Gobernación--, quien colocó el balón en el ángulo derecho de la portería, y el guardameta, aunque se tiró como una araña voladora, nunca tuvo posibilidades de atajarla. Eran los tiempos de los veloces y endemoniados driblings y gambetas de Chico Mambo Romero, quien estuvo varios años jugando en mi pueblo.

En sexto grado me sabía de memoria los escalafones completos de los diez mejores boxeadores en cada categoría del Consejo Mundial de Boxeo y de la Asociación Mundial, y me encantaba recitárselos al profesor Soto, quien me daba cuerda para que lo hiciera. Por algún tiempo estuvo en el Colegio La Salle el boxeador Hermes Silva, y algunos nos entusiasmamos con este deporte, aunque yo siempre fui delgado y enclenque.

Tuve un pleito memorable con Gonzalo Evertz, hijo del General del mismo nombre de la Guardia Nacional, que fue derrotado en León por el Frente Occidental Rigoberto López Pérez. Iba ganando de calle el pleito, pero súbitamente me pegó en la frente y el público exclamó admirado, “¡ala!”. Alguien dijo: --Lo dejó como cíclope--. Se me hizo un gran chichote y ahí nomás terminó la pelea. Perdí. Vi al Negro Evertz años más tarde en la UNAN Managua, en el Pabellón 17, con una camioneta con la tina repleta de marihuana. Dicen que lo descuartizaron con una motosierra en Nueva York.

El profesor Víctor Maradiaga calificó como excelente mi composición sobre la patria que había dejado como tarea al grupo de sexto grado, y fui seleccionado para leerla ante todo el estudiantado, en el amplio auditorio del Colegio. Me moría de los nervios. Agonicé durante la lectura. Debo decir ¡qué bien escrita que estaba! Lo afirmo porque a principios de este año, imprevistamente me la entregó mi mamá, que guardaba como un tesoro ese blanco papel de oficio de rayas azules. Está tan bien redactada que hasta dudo que haya sido mía. Y aunque algo debió ser de mi propia cosecha, no atendí esa señal, lo cual me hubiera llevado más tempranamente por el camino de la escritura creativa. Ahora que tengo dos novelas y sigo escribiendo, no me lamento de ello.

Desde el segundo piso observaba con envidia aquellas columnas de alegres estudiantes con sus uniformes de camisas blancas que se hacían cada vez más pequeños en la medida que se aproximaban al Instituto Nacional Benjamín Zeledón (INBZ), a la hora de entrada; y se agrandaban a la salida al avanzar hacia el inicio de la carretera asfaltada, frente al Colegio La Salle, donde yo tenía mi atalaya estratégica. Por varios minutos posaba mi vista sobre ellos y ellas, y en algunos momentos me enfocaba en alguna pareja. Me cautivaba saber que mozalbetes como yo iban con muchachas, todas de falda celeste claro, algunas atrevidamente cortas, que sonreían, corrían, se abrazaban y bromeaban. Era una gran novedad porque en mi Colegio eso nunca podía suceder. No, mientras no hubiera mujeres.

En segundo año entré al Instituto, lo que causó un gran dolor a mi mamá, y a mí también me afectó un poco dejar mi querido Colegio La Salle, sobre todo ese segundo piso donde el profesor Jorge González inútilmente trataba de que entraran en mi gusto las notas musicales. Recuerdo que conseguía algunos puntos adicionales en varias clases, presentando un ticket que nos daban cuando íbamos a misa y comulgábamos. Un cura llegaba a la capilla del Colegio a confesarnos para facilitar la comunión. En esa aula de primer año, también intenté, fracasando, escribir poesía.

Volviendo al padre Genaro, nunca más me volvió a preguntar por mi aparatito, ni me llamó a su oficina, ni posteriormente me hizo alguna alusión, pero siempre me he preguntado hacia adónde quería él llevar aquel encuentro entre un religioso adulto, pero sabido de todas las mañas del mundo, y un niño inocente que, aunque no entendía lo que pasaba, en su mente inocente percibió algo malo y terrible, y corrió como un endemoniado fuera del despacho del Director.

¿Cómo está el aparatito, Guillermito?