Eddy Zepeda Cruz
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Ocupar espacio o tiempo para hablar de este tema en estos momentos de debates urgentes tan sensibles como la libertad, los derechos humanos y hasta el derecho a la vida misma, concebidos se manera distintas según la percepción selectiva e intereses, pareciera una banalidad y hasta un irrespeto.

Sin embargo, la vida misma nos enseña que todo merece un tiempo y un espacio, desde lo más simple hasta lo más complejo. Y es que hablar de personas con enfermedad de Alzheimer es hacerlo sobre más de 30,000 ciudadanos adultos mayores, hombres y mujeres, que habitan entre nosotros y a quienes los hemos invisibilizados. No los vemos y apenas los sentimos.

Obviamos sus necesidades, a veces de manera consciente y otras porque no estamos en capacidad de atender sus demandas vitales de alimentación, medicación, acompañamiento, entre otras. Navegan siempre a la deriva. De cada 2 mayores de 85 años uno tiene alzhéimer.

La carencia de programas públicos, privados y comunitarios (incluyendo de apoyo de las ONG, pues no les es rentable) vuelve más difícil la tarea de atender a estos pacientes, sus familias y a sus cuidadores. Se debe esperar el mes de agosto (mes de las personas con discapacidad) o el 21 de septiembre (Día del Paciente con Alzheimer) para escuchar mencionar que existen, que necesitan atención, que también son seres humanos.

De esa realidad no nos escapamos cuando hablamos del ambiente sanitario. Nuestro sistema de salud carece de programas dirigidos a este segmento de pacientes. La formación médica, académicamente hablando, no contempla en su pensum el entrenamiento para situaciones de alteraciones neurodegenerativas como las demencias y patologías asociadas en el nivel de pregrado, abordándolo escasamente en el nivel de especializaciones vinculadas y haciéndolo completamente hasta el grado de subespecialización (neurología, geriatría). 

¿Cuántos neurólogos, geriatras, neurosicólogos y gerontólogos tenemos en el país? No suman 100 entre los 4, para una demanda de casi 500,000 adultos mayores en el país (7%), que es por evidencia donde se presentan las distintas alteraciones neurodegenerativas. Y, por si le faltara más condimento a la sopa, el mayor porcentaje de dichos recursos se concentran en la capital y cabeceras departamentales importantes.

Entrando un poco en aspectos médicos, relacionado al título de la presente reflexión, es importante destacar que nos encontramos ante el dilema de hacer o no hacer en el abordaje de esta problemática de salud pública, en aspectos de prevención, de fortalecimiento y en la parte terapéutica propiamente dicha. 

¿Es posible prevenir el alzhéimer?... quizás la industria farmacéutica tenga y aporte la repuesta el día que haya generado las suficientes ganancias manejando la enfermedad como un proceso crónico. La vacuna en fase de estudio por parte del científico colombiano F. Lopera es una esperanza. Por lo pronto debemos seguir haciendo esfuerzos con las terapias no farmacológicas (ya descritas en artículos anteriores) y los medicamentos usados para retrasar la evolución del mal, garantizando la mejor calidad de vida de pacientes, cuidadores y familiares y evitando.

Recordemos las 7 Medidas de Prevención o Retraso de aparición del Mal

Control de hipertensión, de diabetes, de grasas malas (colesteroles), control de sobrepeso y obesidad, evitar tóxicos (alcohol y tabaco), mayor actividad física y mayor actividad intelectual. Últimamente se menciona el beneficio de meditar 30 minutos diarios.

¿Qué no hacer?

Desatender al paciente, negarle comunicación, aislarlo, internarlo en un asilo. Igualmente, no someterlo a procedimientos terapéuticos (clínicos o quirúrgicos) que no garanticen mayor beneficio. 

El padre Gregorio Smutko, fallecido por otra causa, nos legó en sus memorias que debemos aprender a bien vivir y también a bien morir, con dignidad humana. Procuremos eso.

Salud para todos.


* Médico