Orlando López-Selva
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Los eventos en Perú nos parecen insólitos. Cuatro presidentes salidos, cuatro indiciados o encarcelados: Ollanta Umala, Alejandro Toledo, Pedro Pablo Kuczinsky…más Alan García, que voluntariamente evitó las penurias carcelarias recurriendo al suicidio. 

Sin dudas, García consumó su vida en un acto Vargas-vilesco. ¿Qué evitaba: vergüenzas, humillaciones o seguir viviendo?  

¿De qué otra manera se puede abordar esto? El presidente chileno Ricardo Piñera sentenció en CNN que: “Odebrecht extendió sus tentáculos por América Latina…”

No es cuestión de señalamientos y culpas. Debemos abrir los ojos y comenzar a escudriñar el futuro. 

Mi punto. Sí vamos por buen camino. Sin importar los imputados en Perú, el Poder Judicial está actuando de manera independiente y correcta. Eso estábamos esperando. Se sentó un buen precedente para los otros países latinoamericanos, donde los políticos, muchas veces, entran al escenario público con una mano adelante y la otra buscando bolsillos ajenos.

Al caer el telón, salen inmunes y millonarios. Se avizora que la carrera presidencial ya no será una opción muy atractiva para los más osados, pues hoy hay más riesgos que incentivos, sabiendo que la cárcel no prestigia ni ennoblece los últimos días de los infames presidentes. Siendo así, ¿la carrera política ya no tendrá tantos concursantes, como antes? 

En toda Latinoamérica hemos dado por sentado una costumbre. El Legislativo y el Ejecutivo (con mayor poder e influencia estos últimos) proponen e imponen a los magistrados y jueces según las normas de cada país para dirigir las riendas de la justicia. En este proceso, entre amigos, con los mismos intereses, se nombran en altos cargos. Ese mecanismo de elección debería ser del resorte popular. 

En Perú la justicia no está viendo a quién. Tres de los  presidentes indiciados y vivos tienen distinto sesgo ideológico. Umala (izquierda); Toledo (centrista); Kuczinsky (derecha). 

Sin  dudas, ello  se  va a convertir en un efecto desalentador para muchos políticos en busca de la primera magistratura.

Habrá quienes digan que una vez asumida la presidencia, eso se podría arreglar o ajustar para que no siga siendo tan “peligroso”. Aún más, el riesgo yace en saber si los funcionarios del Poder Judicial seguirán siendo proclives a los sobornos, las coimas o el intercambio de favores políticos. 

Por supuesto, lo bueno sería que los que administran la justicia, siguiendo el buen precedente, sepan mantenerse firmes y no se presten a la corrupción. ¿Cómo podremos saber que no habrá retrocesos?

Los requisitos legales de la gran mayoría de países latinoamericanos muestran firmeza. Pero solo es una firmeza verbal. Y si en la ley de un país hay tanta severidad y frenos para evitar la corrupción, ¿por qué es que no hay buenos resultados?

Lo percibo así. No es cuestión de leyes. Es asunto de ejercicio cívico, de valores, de prevalencia del interés patriótico sobre el egoísmo. Todas las constituciones están hechas por letrados o juristas constitucionalistas de gran prestigio. ¿Y por qué eso no ha erradicado la corrupción? 

¿O, realmente, los “patricios” no fueron tan capaces?

Lo que suceda en Perú debería seguir teniendo efectos positivos. Siempre y cuando los jefes del Ejecutivo no dispongan de amplios recursos para contrarrestar a los que les desafíen y quieran llevarles al banquillo de los acusados.

En Lima hay un Poder Judicial independiente. Claro está, muchos dirán que los magistrados y jueces también responden a intereses particulares o partidarios vindicativos. Es probable, porque la política y el derecho tienen puntos convergentes. ¿Cómo nos aseguramos que todo sea ético?   

Lo bueno de todo esto es que ya todo es una bola de nieve. Y los ojos de los espectadores en todos los países latinoamericanos miran con asombro y ansias el notable ejemplo peruano.

¿Cuántos de nuestros países van a asumir ese desafío con igual ímpetu y entusiasmo? Tenemos voluminosas enciclopedias de políticos que no han actuado ética ni legalmente. 

¿Es cuestión de tiempo o de ganas?

Debemos romper el círculo vicioso consabido: los legisladores-abogados mal redactan su poesía constitucional; los políticos pactan y los militares lo finiquitan todo con balas. 

Todo medio grumete que se lanza al barco de la política, cuando menos busca ser primero, estar siempre bajo los focos, frente a todas las cámaras y micrófonos. Solo persigue ser presidente. 

¿Quién desea ser únicamente un buen funcionario público? 

El acicate para los que buscan honores, podios y luces no es el servicio. Es el lucro pecuniario, la fama. Solo así deben resarcirse por ser “superiores”. Nunca quieren servir a la patria.

Los peruanos nos están dando una gran lección.