Jorge Eduardo Arellano
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Yo solo tiemblo de emoción ante dos revelaciones, ambas amables: un sujeto y un objeto. El primero: una deslumbrante mujer y el segundo: una rara obra impresa sobre Nicaragua, desconocida para mí. De ahí que, a lo largo de mi existencia ––muy lejos de la extinción–– la bibliografía nacional de mi patria haya sido una de mis grandes pasiones y devociones, un obsesivo quehacer y una constante labor de difusión. 

Así, el conocimiento de nuestra bibliografía sea muy de mi agrado y haya sido motivo de numerosas investigaciones personales que sería tedioso enumerar. Al mismo tiempo, la pasión bibliográfica por lo nuestro ha sustentado un inconmensurable amor a Nicaragua, país sobre el cual más se ha escrito y publicado en el área centroamericana. No se olvide que cuenta con ámbitos temáticos únicos: el proyecto del Canal Interoceánico, la región de la Mosquitia, la Guerra Nacional antifilibustera, la prodigiosa creación literaria de Rubén Darío, las intervenciones estadounidenses con la consecuente resistencia nacionalista de Augusto César Sandino y la revolución popular de los años 80, la última del siglo XX.

Sobre esos seis ámbitos se han elaborado muchas bibliografías, siendo la primera el “Catálogo para la formación de una biblioteca nicaragüense” (1873) de Pablo Lévy. Y la última del suscrito inserta en la RAGHN, tomo 81, octubre, 2017: “Bibliografía actualizada sobre la guerra antifilibustera de Centroamérica”.

Por eso, con motivo del 23 de abril ––Día Internacional del Libro–– nada más oportuno que referirme a un fracaso muy lamentable y a un gran logro en los años 80, en el ámbito del rescate de la bibliografía nacional y de su sistematización. El primero fue el siguiente. Pese al entusiasmo de las lideresas ginecocráticas y a la voluntad política de los dirigentes, no se pudo comprar la colección más completa y bien preservada ––existente en el mundo hasta entonces–– de libros editados en el extranjero sobre el país y de autores nicaragüenses impresos tanto en nuestra patria como también fuera de ella. Entre mis papeles conservo este memorándum de un miembro de la Junta Nacional de Gobierno. Con fecha del 2 de diciembre de 1980 ––y dirigido a la compañera Daisy Zamora, viceministra de cultura–– Sergio Ramírez ordenó:

“Hemos tomado la decisión de adquirir la parte nicaragüense de la Biblioteca Centroamericana de Franco Cerutti a que se refiere la carta adjunta, bajo financiamiento de la JGRN; este es un esfuerzo económico que trata de rescatar parte valiosa de nuestro patrimonio cultural, sacado del país, y que de otra manera no podríamos recuperar./ La lista de los libros había yo remitido hace varias semanas al Ministerio de Cultura para su examen; ahora se trata de que la Cra. Vidaluz Meneses acompañada de otros compañeros que ella escoja, se traslade cuanto antes de San José para disponer todo lo relativo a la adquisición, chequeo mediante la lista, embalaje y envío de las piezas a Nicaragua. Para esto deberá auxiliarse del Cro. Embajador Javier Chamorro, quien tiene conocimiento de la operación. El giro por 100 mil dólares Vidaluz deberá gestionarlo con la Cra. Juanita Bermúdez”. Esa cantidad, ¿qué se fizo? ¿En qué otra cosa se invirtió?

Por su lado, el logro corresponde al reconocimiento de la magna Bibliografía Nacional Nicaragüense/1800-1978, elaborada desde enero del 83 y concluida a principios del 86. Este año la editó su organismo responsable: The Latin American Bibliographic Fundation, iniciativa del librero George F. Elmendorf, quien obtuvo el financiamiento en Washington de la National Foundation for the Humanties y el visto bueno político ––obtenido por el canciller Miguel d’Escoto Brockmann–– de la JGRN. En tres tomos de casi 2.000 páginas y papel no acídico, se desplegó su contenido: además de múltiples publicaciones seriadas (entre ellas anuarios estadísticos y memorias de instituciones estatales y privadas, centros de enseñanza y clubes sociales), 21.130 títulos de autores y entidades, descritos con sus correspondientes encabezamientos de materia y localizaciones: 83 bibliotecas ubicadas en Nicaragua (incluyendo 47 particulares), Estados Unidos, Francia y España. La contraparte nicaragüense fue nuestra Biblioteca Nacional, en cuyo equipo colaboraron Sandra Siu, René Rodríguez Masis, Concepción Fletes Pérez y Antonia Sequeira. Las referidas autoridades me nombraron bibliógrafo asesor en Nicaragua y la Fundación Latinoamericana de Bibliografía consultor cultural en Redland, California. En su prólogo, el ministro Ernesto Cardenal señaló que nuestro país era el segundo de nuestra América ––precedido por Venezuela–– en poseer su bibliografía nacional informatizada.