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No es posible disociar la crisis financiera generalizada en todo el mundo de los conflictos internacionales y de procesos de cambios en los países latinoamericanos, aunque éstos no se deriven de la crisis ni viceversa. Ambos fenómenos son autónomos en sus causas y procesos, pero no pueden dejarse de influenciar mutuamente, por imperativo del carácter universal de la interdependencia económica y comercial.

Globalización le llaman, y eso parece que lo resume todo. Sin embargo, no desaparecen las características nacionales del desarrollo económico y político, y en este campo hay diferencias tan grandes que si bien se habla de problemas universales comunes, no existen situaciones iguales ni entre los mismos grupos de naciones que se identifican política e ideológicamente.

Pensemos en nuestro Continente. En lo económico, Venezuela ejerce una influencia poderosa sobre Nicaragua; entre Cuba y Venezuela existe una relación bastante equilibrada, y entre cada uno de los países latinoamericanos todo es diferente. Y el hecho de que muchos de los gobiernos son identificados como de izquierda, no es una definición absoluta, si no relativa y convencional.

Dentro del conjunto latinoamericano hay subdivisiones económicas, además de políticas e ideológicas. A los países miembros de la Alternativa Bolivariana para las Américas –Alba— se le tiene como el subgrupo de izquierda más radical. Pero tampoco en ese aspecto son homogéneos. La dirigencia de Nicaragua no es ni la sombra de la cubana; la de Venezuela se empeña en parecerse a la de Cuba; la de Bolivia, no es igual a ninguno de estos países, su proceso es único y alcanza un nivel superior al de Nicaragua; la de Honduras, no se parece a la de ningún país. No voy a entrar a los detalles sobre las diferencias entre cada uno de los líderes de estos países, por innecesario.

También es fácil advertir que, haciendo caso omiso del discurso –que sólo aparenta tener tonalidades comunes—, en nuestro país se está produciendo un fenómeno ideológico nada progresista. Sus gobernantes atosigan con sus recetas seudo revolucionarias, pero, en la práctica, aplican medidas propias de un régimen autoritario e intolerante, que raya en lo fascistoide. En el argot revolucionario se ha dicho que, como el mundo es redondo, algunos de tanto irse hacia la izquierda terminan en la derecha. Es lo que le pasó a los líderes del orteguismo que, de radicales de palabra, ahora están en un proceso de declinación ideológica hacia la derecha. A sus diferentes equipos represivos ya no les alcanza capacidad para lucirse con el discurso, y asumen abiertas posiciones reaccionarias, como esa de proclamarse “dueños de las calles”. En la Alemania e Italia de pre guerra, los Camisas Pardas y los Camisas Negras, respectivamente, en su día se proclamaron dueños de las calles. Los activistas del orteguismo carecen de facultades discursivas para discutir con los adversarios, y arremeten en su contra a pedradas y morterazos.

Uno de los más bárbaros de los grupos represivos del orteguismo, lo es el grupo que opera en los círculos universitarios –mal llamado Centro Estudiantil Universitario—. Se suponía que este centro seguía dirigiendo y representando a los futuros científicos, juristas, literatos; en fin, a la futura inteligencia nacional y futuros cuadros gobernantes del país.

Ahora, el CUUN, que no tiene la representación total del estudiantado, contamina el ámbito universitario. Si hoy, en pleno proceso de aprendizaje, sus líderes se comportan y se proclaman “cavernarios nacionalistas”, mañana –si los nicaragüenses se lo permitimos— serán los futuros depredadores del Estado y de la cultura nacional. Con esta autodefinición, y en una actitud acorde, “justificaron” haber reprimido la libre expresión del laureado intelectual Sergio Ramírez Mercado, como antes lo hicieron contra Dora María Téllez, en la misma cuna de la autonomía universitaria.

Esta tendencia fascistoide del orteguismo no la señalo ahora. La he venido denunciando con objetividad y por convicción. Precisamente, en mi artículo anterior, revelé las tristes coincidencias entre el franquismo y el orteguismo, lo cual se reflejó en los hechos del martes de la semana pasada en León, donde, de forma cavernaria, se impidió a Sergio Ramírez la presentación de su última novela en el Paraninfo de la Universidad.

No me interesa que los orteguistas, cavernarios confesos o solapados, tomen en cuenta o no, el hecho de que la defensa y la solidaridad que estoy patentizando con Sergio Ramírez, no tiene un carácter político ni personal únicamente, sino también carácter de deber ético y valor civil. Pero sí, me importa que lo tome en cuenta la ciudadanía honrada. Nunca –aparte de las reuniones colectivas— he estado en una reunión privada con Sergio; mis encuentros con él, no han pasado de la brevedad del saludo, y no he estado en todo de acuerdo con él en términos políticos –como tampoco él lo habrá estado conmigo—, lo cual indica una abismal distancia con la actitud de quienes rodean a los dueños del poder por las prebendas o por servilismo. Mi solidaridad con Sergio Ramírez ha sido y seguirá siendo por respeto, aprecio y admiración por su obra y su posición política e intelectual respecto de los derechos humanos y la democracia.

En el artículo anterior, reproduje la idea cavernaria de un fiscal fascista contra un adversario, y es similar a lo que expresan los orteguistas contra Sergio Ramírez: el fascista sabía y lo reconoció, que el procesado era un hombre inocente, pero pidió la pena de muerte para él… ¡porque sus ideas le hacían daño a España! Vale decir, le hacía daño al que se creía dueño de España y de la vida de los españoles: Francisco Franco, “jefe del Estado español por la gracia de Dios”.

Los seudo estudiantes que dirigen el CUUN, no pueden achacarle a Sergio ningún crimen, pero se sienten con derecho a quitarle su libertad de expresión, porque lo consideran “cobarde, traidor, pelele y vende patria” –es todo lo que su inteligencia les permite gruñir—, porque sus ideas le hacen daño a Nicaragua, que es como decir, al dueño del Estado, Daniel Ortega, quien dice “servirle al pueblo”, porque es como “servirle a Dios”.

Así como no se puede ser revolucionario sin estar dispuesto a luchar por la democracia, no se puede dominar al Estado con el fin de satisfacer ambiciones personales sin pensar y actuar como un fascista. De esta declinación ideológica del orteguismo podrán seguir haciéndose los inadvertidos sus aliados del exterior, y seguir llenándole de alabanzas, pero las conveniencias políticas de Estado no subsanan las consecuencias antidemocráticas que le causan al pueblo nicaragüense.

Es hora de definiciones y de distinguir entre la amistad y la solidaridad con el pueblo nicaragüense, de la colaboración con los que no tienen ningún reparo ético en proclamarse revolucionarios, en tanto estimulan ideas y prácticas fascistoides entre sus incondicionales.