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Estimado lector, para continuar conversando sobre qué hacer una vez superada la situación que actualmente vive Nicaragua, hoy compartiré con usted algunas reflexiones que lo pueden alertar de los obstáculos que puede encontrar en el camino.  

Utilizaré este enfoque, ya que, como dice San Ignacio de Loyola, aunque yo me considero un “lasallista”, la mejor forma de convencer a alguien de ir al cielo es mostrándole el infierno.

Para restablecer el crecimiento económico, la generación de empleo y reducir los niveles de pobreza se necesitaría que el gobierno que resulte de las próximas elecciones, una vez fortalecido el proceso electoral, se comprometa a fortalecer el estado de derecho, donde se garantice la seguridad física y jurídica; se garantice la estabilidad de precios y la libertad cambiaria; y como regla general se fortalezca la economía de mercado y la promoción del sector exportador.

Sin embargo, y dada la situación actual, el nuevo gobierno no debería crear falsas expectativas en el sentido que al fortalecerse la democracia, lloverán los recursos al país. 

Pero este es un riego elevado, ya que en una campaña presidencial, donde realmente se esté jugando el poder, se puede caer en la trampa de “ofrecer el oro y el moro”, lo cual sería contraproducente a la hora de empezar a gobernar, ya que destruiría totalmente la credibilidad de ese nuevo gobierno, cualquiera que fuese.

Asimismo, es importante recordar que cuando venimos de crisis muy fuerte, la disyuntiva no es entre ajustar la economía o no ajustarla, sino entre un ajuste automático, desordenado y sin cooperación externa y un ajuste ordenado y con el respaldo del Fondo Monetario y la comunidad internacional.

En consecuencia, todos los partidos políticos que finalmente participen en las próximas elecciones, si quieren tener éxito a la hora de llegar al poder, deberían estar muy bien preparados con un programa económico serio y creíble ante la opinión pública, su bancada parlamentaria y la comunidad internacional.  En caso contrario, desperdiciarán un tiempo precioso, clave para el éxito, que es el período de “la luna de miel”.

Sin embargo, para ello se debe cumplir con una precondición establecida por el sistema democrático en un régimen presidencialista, que consiste en que, para poder gobernar y no solo administrar, no solo basta ganar la Presidencia de la República, sino obtener una mayoría en la Asamblea Nacional.

Pero también debemos recordar que si la presidencia se llegara a ganar en segunda vuelta, la composición de la Asamblea Nacional quedaría definida desde en la primera.  

En consecuencia, el partido político que por principio tenga como objetivo no negociar con la oposición para impulsar a cabalidad su programa de gobierno, tendría que ganar en primera vuelta y con los diputados suficientes para poder poner en práctica su programa de gobierno.  

De lo contrario, tendrá que negociar y sacrificar algunos componentes de su programa original, recordando que las alianzas normalmente nos llevan a un “mínimo común denominador”. 

A menos que dicho gobierno sea muy “principista” y entonces no pueda gobernar.

Por lo tanto, un partido “principista” que gane las elecciones, pero que no obtenga mayoría en la Asamblea Nacional, sería el peor de los escenarios, no solo para el sector empresarial, ya que el Estado tendría un Poder Ejecutivo sin capacidad de gobernar, sino que sería el peor escenario para el sector laboral y el pueblo en general; salvo para el presidente, el vicepresidente y los ministros que conformen ese gobierno.

En este caso, el riesgo político tendría un impacto muy serio, aunque puede ser que usted sea de los que piensan que la probabilidad de ocurrencia de este escenario sea cero o extremadamente baja.  Es decir, que en las palabras de Nassim Taleb, para usted, este escenario sea un “cisne negro”, por el cual no hay que preocuparse.  Sin embargo, antes de llegar a esa conclusión le recomiendo volver a leer el “Cisne Negro”.

nramirezs50@hotmail.com

Doctor en Derecho y Economía.