Orlando López-Selva
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Kim Jong-un llegó a Vladivostok, puerto del Pacífico ruso, para reunirse con su par, Vladímir Putin. Ambos son políticos de la misma estirpe. Son mandamases enraizados. Han querido permanecer en el poder sin frenos, ley, oposición, ni cuestionamientos.

No hubo agenda política publicada. Así actúan ellos. Kim siempre busca verse grande, reuniéndose solo con líderes de hiperpotencias, para lucir magnífico y de elevado roce. Por su parte, Putin es un maestro del circo de hielo. Se formó en el marxismo-leninismo más crudo y contumaz; es malabarista de tramas, conspiraciones e intrigas dictatoriales. Fue bautizado en las aguas turbias de la cruenta guerra fría.

¿Qué podemos inferir de este encuentro de dos amigos entre sí, pero de poca ejemplaridad para la democracia y los valores libertarios?

Mi punto: Kim no sabe qué hacer para evitar que su país se siga hundiendo en la debacle de la pobreza, el atraso y aislamiento. Quiere que le vean como “un entregado líder que busca ayuda para su pueblo” encarcelado por él mismo. Fracasó con el presidente norteamericano. Recién estuvo con Xin Jing-pin; la semana pasada estuvo con Putin. Sin dudas, siempre se guía por su magnificado ego. Ser adversario de los Estados Unidos le catapulta ante sus titiriteros mayores: líderes antioccidentales y de la izquierda Euroasiática. Por otra parte, ¿deben los organismos internacionales mostrar complacencia cuando estos señores, aceptados por tolerancia, esconden sus mayores intereses y conspiraciones para destruir el sistema occidental de valores e ideales nobles? 

El jueves 25 de abril pasado, Vladivostok vio cómo dos dictadores, sutilmente distantes, pero ideológicamente afines, se sentaron para hablar de la desnuclearización de la península coreana. ¡Qué tonta excusa, para fines propagandísticos!  Ambos están armados hasta las neuronas con la intención de intimidar y chantajear a sus adversarios.

Fue el encuentro de dos guerreristas mayores. 

Putin sabe bien que cualquier dictadorzuelo que desafíe a Occidente se convierte en socio del Kremlin. Es de esperarse. La vieja máxima lo dice: “Los enemigos de tus enemigos, son tus amigos”.

Hay algo más. Ambos tienen ambiciones desmedidas que  cobijan bajo la máscara de la ideología revolucionaria o del izquierdismo fanático. No quieren ser modelo para el buen vivir político y democrático. Quieren ser socios de quienes se desliguen de valores e ideales para conformar clubes de Estados-rehenes forajidos: irrespetuosos de la ley, el orden internacional, la disidencia y los derechos humanos.

Desde luego, siempre habrá seguidores más allá de esos tipificados como rebeldes o contra la corriente. Y los socios de este clan encontrarán acogida bajo el alero moscovita. Cumplirán las premisas de la complicidad, el fanatismo y la búsqueda del arraigamiento dictatorial propio, sin protección o beneficios para los que piensen distinto.

Corea del Norte es una rara avis con la que convive la comunidad internacional. La ONU le ve y recibe para sentirse respetuosa de la diversidad. Pero, en el fondo, no le tolera y le ven con desdén y desconfianza.

¿Debe la comunidad internacional seguir siendo indiferente con gobernantes que no respetan ley ni principios, y más bien ponen en peligro la paz y la seguridad internacional?

El orden internacional hace concesiones al desorden y al abuso,  propiciado por los dictadores. Estos no deben estar a la par de los que sí luchan por ideales y principios. Esa actitud  seudocómplice de corregirse.  

Esa variación justifica a Kim. Él nunca podría estar entre demócratas, pues no comparte valores. No es un síntoma de desigualdad comunitaria; es una disparidad moral evidente.

Putin disimula mucho y hace un gran esfuerzo para lucir apacible, comprensivo, europeizado, cuando viaja al oeste. Pero ello no lo cambia. Tampoco se siente bien entre los que hablan de dignidad, derechos humanos, libertades, empresa privada o ideales. 

El dinasta Kim no puede impresionar a nadie. Y no concibo cómo haya quienes sientan admiración por un dictadorzuelo que tiene muchos cuestionamientos graves y heredados, pues es el tercero de una especie de camorra política en Corea del Norte. 

Todo encuentro diplomático siempre tiene tres resultados: lo que se dice públicamente, lo que se hace y se oculta, y lo que se quiso y no se pudo negociar.

Pero hay algo que supimos. Cuando ambos líderes se encontraron, intercambiaron presentes. Putin le regaló una moneda a Kim; y este último, una espada al ruso.

No fueron regalos de protocolo cotidiano. Hay un cálculo y toda una intrigante simbología en ello.

Vladivostok atestiguó, pero no puede revelar secretos. No obstante, ya sabemos de qué clase y vocación son ambos personajes.