Lesli Nicaragua
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Entre los avatares de este momento caótico que vivimos, salpicados de malos vientos,  política, alzas económicas, aumentos de la delincuencia y la inseguridad, encontré a este hombre.

Uno más de esos rostros que se asoman entre las multitudes que a diario usamos el transporte público. Se veía en sus facciones esa incomodidad que los usuarios de pie, apretujados más por inercia que por falta de espacio, proporcionamos a los que vienen sentados; pero eso no lo sacaba de su concentración, ni siquiera el sol que golpeaba fuerte aun a las 5:00 p.m. y generaba esa densa atmósfera de caliente humedad, de bochorno interior.

Tenía unos 50 años muy bien escondidos en la maciza musculatura que se le asomaba entre los hombros, los bíceps y los tríceps de levantador de pesas, o mejor dicho, de sacos o canastos repletos de verduras, quesos o lo que sea que cargue para mantener ese porte de Charles Atlas.

Porque el tipo venía del mercado Oriental.  Su figura concordaba con la visión que uno tiene de un jornalero después de un día de ardua faena: aureolas de sudor en su camisa limpia, el cabello húmedo, tras habérselo lavado para regresar fresco a casa, y ese aire de extenuación que se arrima a la mirada hasta ponerla un poco triste, desabrida. Pero en él, absorta, enfocada, pestañeando despacio. 

Eso, y solo eso, me pareció extraño del hombre cuando lo vi. Entonces comencé a ver todos los rostros, detenidos en mi inspección especial. Y noté que de la totalidad de los que en iban sentados, solo él llevaba inmersa la cabeza casi entre sus rodillas, concentrado.

Cuando me acerqué, abriéndome camino entre las marchantes, los estudiantes sabatinos que volvían de clases y los civiles sin ton ni son que nos subimos a ese bus, descubrí que el tipo llevaba un librito en sus manos, de páginas café oscuro, secas y mordidas por el tiempo. Leía despacio, con la seriedad única con que se debe disfrutar un libro.  

Así que sigiloso, sin que tuviera ni la menor sospecha, me coloqué a su lado. Y comencé a leer junto con él. Entoces el bullicio ya no entraba en mis oídos y las pláticas cesaron porque Jim y Peter, dos vaqueros, con todo y sus chaquetas con flequillos que rasgaban aún más las ráfagas de viento y de balas que les disparaban, emergieron de una ladera, agitados, como sus “corceles”, mientras trataban de evadir el cerco que les habían tendido sus enemigos.

Lamentablemente debía bajarme, aunque me quedó esa rara sensación de alivio, felicidad y tristeza. Alivio porque, en medio del tráfago de esta crisis total que se avista sin solución de continuidad, descubrí que no solo yo leo en los buses –porque la mayoría pierde su tiempo absorto en sus celulares o viendo los mismos paisajes, aprendidos de tanto viajar en la misma ruta. Felicidad porque ambos disfrutábamos la lectura. Y tristeza porque ya no pude seguir acompañando a ese increíble hombre que leía novelas de vaqueros.

* Periodista, docente y escritor
leslinicaragua@yahoo.com