Jorge Eduardo Arellano
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El cultivo de caña de azúcar, para destilar la sacarosa fermentada y producir etanol como biocombustible, tiene, al menos, tres enfoques políticos que se interrelacionan entre sí, y que deben integrarse, con una ponderación dinámica continua, bajo una misma visión estratégica.

Para una política energética coherente es decisivo que las unidades energéticas que se obtienen con el etanol tengan mayor valor económico y sean más numerosas que las empleadas en su producción (ello depende no sólo de la eficiencia en el uso de la energía a lo largo de toda la cadena productiva, desde el cultivo de la caña hasta la destilación y deshidratación del alcohol, sino, también, de la cantidad y del valor de los insumos requeridos, que, también, llevan incorporadas unidades energéticas en su producción). El otro enfoque corresponde a la política medioambiental, en la cual es indispensable que el balance ecológico de toda la cadena, desde la producción hasta la combustión del etanol, sea positivo de manera integral (incluida la salud humana). Y el último enfoque corresponde a la política de beneficio social, en la cual la producción de etanol debe dar un valor agregado superior, a largo plazo, que el valor de oportunidad del uso convencional de la tierra. Y no sólo no poner en riesgo la seguridad alimentaria de la población, sino dar garantías (después de sustituir al petróleo) de un beneficio económico neto, y de su distribución social entre la población trabajadora del campo y de la industria.

Armonizar todos estos aspectos sólo es posible con un programa socialista que, a la vez que planifique los recursos productivos para una mayor productividad y crecimiento de la riqueza, cuide la sostenibilidad del medioambiente y la atención inmediata de las necesidades urgentes de la población trabajadora.

Hay que determinar con toda exactitud, de acuerdo con nuestra capacidad productiva, cuál es el punto de equilibrio entre las alternativas energéticas de importar combustible fósil para el sistema de transporte o de sustituir parte de la gasolina con la producción nacional de biocombustible. La rentabilidad preferencial del etanol (producido con caña de azúcar) comenzaría, si nos guiamos por la tecnología y la productividad de Brasil, cuando el barril del crudo importado llega a los 40 US $/BB (actualmente, el precio del crudo supera los 90 US $/BB).

Si las premisas de rentabilidad se validan, la producción de etanol nos permitiría sustituir una parte de derivados del petróleo y, con ello, disminuir la dependencia de nuestro país frente a la volatilidad de los precios de petróleo; posibilitaría ahorrar un porcentaje de las divisas usadas en la importación de combustibles; bajaría parcialmente los costos del combustible utilizado en el transporte; e incrementaría la seguridad energética al usar fuentes autóctonas alternativas. Por ello, esta alternativa bioenergética es, en principio, sumamente atractiva de analizar y de comprobar con seriedad en todos los enfoques señalados, máxime si se considera la alta intensidad petrolera de nuestra economía. Por cada US $ 1,000 millones de PIB se consumen 1,089,506 barriles de petróleo y 697, 855 barriles de combustibles, lo que significa US $ 692 millones de dólares en importación de combustibles, equivalente al 66 % de nuestras exportaciones (sin zona franca), con una marcada tendencia a incrementar la dependencia y la falta de competitividad del país.

Desde hace décadas, era común incrementar el octanaje de la gasolina adicionándole tetraetilplomo. Sin embargo, como este aditivo genera emisiones de plomo que producen saturnismo e incrementan la presión sanguínea, se le ha sustituido por metil tert-butil éter, que es una fuente de plomo poco significativa (con el cual se ha producido la llamada “gasolina verde”, sin plomo). No obstante, este aditivo, también se está eliminando, actualmente, debido a que el éter produce contaminación del suelo y del agua subterránea.

Ahora, se utiliza el etanol como nuevo aditivo alternativo al plomo. Y se fabrican automóviles flexibles, con motor “flexi-fuel”, que por medio de un chip especializado analiza el octanaje según la proporción de la mezcla de etanol y de petróleo que hay en el tanque (bajo la idea que el combustible podría ser incluso etanol puro), y ajusta automáticamente la sincronización de la chispa y la relación de compresión en correspondencia con el octanaje presente en el tanque.

Sin embargo, desde el punto de vista económico, ambiental y energético, aún está lejos que el etanol pueda usarse más que como aditivo, y convertirse en un combustible sustituto de la gasolina.

Según el Banco Mundial, el etanol de EU genera únicamente entre 0.7 y 1.3 unidades de energía por cada unidad de elemento fósil consumido en su producción. Lo cual hace que mientras se mantenga este balance ineficiente, el etanol de Estados Unidos no sea considerado un recurso energético renovable (por mucho que lo subsidie el gobierno, en beneficio exclusivo de sus agricultores). El etanol brasileño, según el Banco Mundial, genera ocho unidades de energía por una unidad de elemento fósil consumido en su producción.

En el aspecto ecológico sorprende comprobar que por cada gigajulio de energía que se obtiene con la combustión del etanol se produce 4.3 kg de dióxido de carbono más que con la misma energía obtenida con la combustión de la gasolina. Podría considerarse, sin embargo, que hay una compensación ambiental si tomamos en cuenta que la planta de caña (de la que se produciría el etanol) absorbe dióxido de carbono durante su crecimiento. Pero, esta compensación se pierde si durante la cosecha se quema el
78 % de la caña (como ocurre en Brasil), ya que, entonces, se vuelve a emitir el dióxido de carbono previamente absorbido.

Los vehículos que usan etanol emiten, además, ozono, que es un gas contaminante de un poder oxidante muy alto que provoca inflamación en las mucosas nasales y en el tracto respiratorio. En adición, cuando se quema el etanol con la gasolina, se producen acetaldehídos, que son compuestos cancerígenos. Todo ello pone en entredicho la sostenibilidad ambiental del etanol como futuro combustible alternativo.

Si en Nicaragua se piensa sustituir el tetraetilplomo como aditivo de la gasolina que sería procesada en la refinería que construiría Venezuela, por una mezcla del 10 % de etanol, se requiere disponer, de inmediato, de 56,000 hectáreas para el cultivo de caña, o sea, el 5 % de nuestras tierras cultivables (con base a un rendimiento muy alto, de 8,000 litros de etanol al año por hectárea de caña sembrada). Y se deberán invertir, adicionalmente, 123 millones de dólares en seis plantas destiladoras del azúcar fermentado, para procesar los 450 millones de litros anuales de etanol carburante necesario. Lo que produciría un beneficio económico neto superior a los 150 millones de dólares anuales, con una inyección a la economía de 30 a 50 millones de dólares en salarios, fertilizantes, pesticidas, amortización de capital fijo, etc.

El gobierno debiera presentar un estudio pormenorizado de las perspectivas de desarrollo de la capacidad productiva del país, en el cual, la potencial producción de etanol, desde los tres enfoques señalados, es urgente, si en alguna medida es creíble la próxima construcción de una refinería venezolana que procesaría diariamente 156,000 barriles de crudo.


* Ingeniero Eléctrico