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La filosofía del siglo XX y parte del XXI ya no tiene asegurada la justificación de su existencia. Los problemas, cuando no catástrofes, de nuestro tiempo no sólo han afectado a los filósofos en sus propias vidas, sino que han socavado, de modo más persistente, la fe en la realidad de la razón que la experiencia, de la división entre lo nuevo y lo antiguo en la época de las revoluciones, nos ha enseñado. La filosofía, a diferencia del idealismo clásico, ya no se atribuye la autoridad de conciliar esta división en el pensamiento. Más bien propaga su propia abdicación ya sea a favor del arte, de la ciencia, de la economía o de la política. Dicen que la filosofía se diluye hoy entre ellos. Pero si es arte, deja de ser filosofía; si es ciencia, menos, y si es política, se vuelve desconfianza.

En ninguna otra época como la nuestra los grandes filósofos han buscado de modo tan unánime e intenso su salvación fuera de la filosofía. Paradójicamente, esta manifiesta autodifamación va unida a una cientifización sin igual de la filosofía. Nunca ha habido tantos filósofos de profesión en las universidades y academias del mundo; nunca había existido una diferenciación de disciplinas filosóficas que sólo pueden ser dominadas por especialistas. La gran inseguridad filosófica ante la que reacciona el siglo XX y parte del siglo XXI nace, a mi parecer, a partir de problemas planteados por cuatro hombres del siglo XIX: Carlos Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y Charles Darwin.

Marx mostró que el sistema económico capitalista está sometido a leyes propias que se sustraen a un control racional y que poseen un amenazante potencial de crisis. Nietzsche desenmascaró la creencia ilustrada en la autodeterminación del ser humano como mero anhelo de poder. Freud dudó del dominio racional del hombre sobre su propio interior, sus sentimientos e instintos, al describirlos como formas adoptadas por el instinto sexual omnipresente. Darwin, finalmente, determinó la selección natural de las especies, donde el más fuerte está destinado a someter al más débil. Todas estas ideas cuestionan radicalmente el poder de la razón, ya que de este modo se hizo evidente que el sujeto, seguro de sí mismo, no es el responsable de ámbitos centrales de la autocomprensión humana, sino que los dueños de la situación son fuerzas ciegas. La filosofía respondió a este reto de diversas maneras: por una parte, con la abdicación de la razón; por la otra, con una radicalización de la Ilustración, que debía rendir cuentas frente a los duros ataques llevados a cabo por Marx, Nietzsche, Freud y, en menor grado, Darwin. La fe en la moldeabilidad racional del mundo ya se había resquebrajado en la opinión pública de finales del siglo XIX juntamente con la autocomprensión del ser humano como una parte ilimitada del contexto de funcionamiento de las sociedades industriales modernas.

La primera guerra mundial puso en evidencia que las ideas burguesas de progreso ya no tenían nada que oponer a los poderes destructivos del presente. Malestar ante la civilización y la cultura, así como desconfianza ante la Ilustración y el racionalismo, marcaban el espíritu de la época, y éstos son también los motivos básicos de los que se alimenta la filosofía misma de la vida. Del enfrentamiento con la razón se sigue el dualismo de la filosofía de la vida, que contrapone el principio de la vida a un principio de racionalidad que es percibido como rígido. Realmente en ningún otro siglo han convivido tan estrechamente el progreso y la regresión, la guerra y la paz, la ilustración y la barbarie. Las grandes ideologías del siglo XX (fascismo, liberalismo y comunismo) arrastraron al ser humano hacia la creencia en la posibilidad de modelar la historia. Dos guerras mundiales en menos de 50 años, el fascismo y nazismo, Hitler y el Holocausto judío y la bomba atómica representaron una ruptura en el pensamiento humano que desautorizó la promesa de salvación política en el mundo occidental.

El “Fin de la Historia”, profetizada por Fukuyama, revelaría que el capitalismo, como vencedor en la confrontación contra el comunismo durante guerra fría, no es más que el espíritu hegeliano que ha regresado a su punto de partida. La historia nace de contradicciones, del choque entre la tesis y la antítesis para crear lo que vivimos; es decir, la síntesis. Entonces, si vivimos en un mundo de contradicciones y dicotomías creadas por la historia misma, encontrar una salida a esas contradicciones sería condenar, de una vez por todas, la historia de la humanidad.

En el ámbito cultural, el arte y la literatura vanguardista iniciaron, a principios de siglo, la descomposición del sujeto como el dueño de sus actos. Gracias a la electricidad, el disco fonográfico, la televisión, el teléfono, las computadoras y el Internet, una cultura comercial de masas es capaz de alcanzar hasta el último rincón de la Tierra. Desde las protestas estudiantiles de los años sesenta, los proyectos de vida orientados según una autoexperiencia existencial acaban paulatinamente con la estricta asignación de papeles de la sociedad industrial moderna. La teoría de la relatividad de Einstein, así como el descubrimiento del ADN por Watson y Crick, fueron los acontecimientos científicos capitales del siglo. Las clonaciones humanas están a la orden del día, lo que plantea, nuevamente, nuevos dilemas que la filosofía debe abordar. Desgraciadamente, las aportaciones filosóficas acerca del devenir del ser humano parecen no avanzar tan rápido como la ciencia misma, por lo que la filosofía se está convirtiendo, ahora más que nunca, en una herramienta algo obsoleta, mas no innecesaria.

El papel de la filosofía es hacer frente a los acontecimientos de la época. Las certezas de la ilustración y el positivismo son puestas en cuestión. Nunca antes como ahora la moral, la ética y la filosofía misma han estado en crisis. Con la vida, el lenguaje y la sociedad aparecen nuevos temas en el centro de las consideraciones filosóficas. El lenguaje pasa a ser el tema central de la filosofía, ya que la unidad de la experiencia en la multiplicidad de las perspectivas posibles sólo parecen encontrarse, y aun así a duras penas, en el ámbito del entendimiento lingüístico. El concepto crucial, la vida, tiene en cuenta la experiencia de que con la desaparición definitiva de comunidades tradicionales también desaparece una fuente de energía vital espontánea. Finalmente, la sociedad deviene un tema, ya que la descripción por medio de la múltiple dependencia de cada individuo respecto del mundo, ha perdido credibilidad. Y he ahí el nuevo reto de la filosofía: encontrar el sentido a la vida del ser humano en un mundo que se hace cada vez más complejo.


*Estudiante de la Facultad de Diplomacia & RRII de la Universidad Americana (UAM)
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