•  |
  •  |
  • END

“Aprender del pasado sin quedar atrapados en él”; éstas son expresiones dichas por el presidente Barak Obama en la Cumbre de las Américas en Puerto España. Las palabras del mandatario norteamericano no fueron elegidas al azar, tampoco pretendieron adornar un discurso que ya caracteriza su brillante retórica. Más aún, creo que el sentido de sus palabras trascienden la intención de responder al presidente Daniel Ortega, de Nicaragua, quien, al antecederlo en su alocución, no pierde la memoria histórica, ni elude el compromiso de mencionar la deuda moral de los Estados Unidos con los países de la región centroamericana.

Obama parece tener claro que es preciso aprovechar la ocasión que amerita el momento, para inaugurar un nuevo escenario político respecto de las relaciones entre los Estados Unidos, el Centro y el Sur de América. Este nuevo comienzo, junto a un cambio de estrategia de la Casa Blanca para llevar los asuntos con América Latina, constituye, indudablemente, un gran reto para la administración Obama.

La postura de Obama y el mensaje que transmite a la opinión pública en la Cumbre, deja ver un estilo claro y directo en el abordaje de los temas político de la región, y reconoce que en el pasado, el poderoso país del norte adoleció de un grotesco y despiadado intervencionismo. La historia de los últimos cincuenta años del siglo XX en América Latina y el Caribe son una clara evidencia de las injerencias de los Estados Unidos en los asuntos internos de cada país y de una imposición de modelos y políticas económicas que han socavado y eclipsado los proyectos alternativos y los procesos sociales autónomos de nuestros pueblos. Es indesmentible la violación de la soberanía de nuestros pueblos y el derecho legítimo a decidir nuestra propia historia.

En una de sus frases aclamadas: “No he venido a hablar del pasado, he venido a tratar sobre el futuro”, Obama parece tener mucha razón, porque en política se debe construir en perspectiva de futuro. Sin embargo, la política no ve el futuro en estado de amnesia, ella se construye sobre la base del pasado, pero con visión de futuro para no cometer los mismos errores, sobre todo, si las decisiones políticas aplicadas han provocado desequilibrios y han impactado nefastamente
sobre las realidades sociales y económicas.

Nuestros pueblos no pueden olvidar el pasado, mientras siga habiendo tanta desigualdad e injusticia en América Latina. En tanto las riquezas sigan en manos de tan pocos y la distribución de ellas no sean equitativas; provocando eternas desigualdades, los pobres, que son la gran mayoría, seguirán sangrando y jamás podrán perdonar y olvidar las deudas sociales y morales que se la historia ha contraído con ellos.

No se trata simplemente de “borrón y cuenta nueva”, de olvidar el pasado porque golpea mi conciencia. De lo que trata en verdad es de un cambio de actitud, lo que implica también un cambio de mentalidad. Las relaciones Norte-Sur y Sur-Sur deben ser revisadas y replanteadas en varias direcciones. Debe generarse en los países de Europa y en los Estados Unidos una especie de inversión de la mirada, es decir, de cambiar la perspectiva para poder entender los fenómenos culturales latinoamericanos. Esto significa, en palabras del profesor Jorge Gissi, psicólogo chileno, cambiar la figura y fondo; “La construcción de una psicología latinoamericana que implica reconocer la pobreza y las diferentes clases sociales, pero implica también reconocer que América Latina no es una Europa o Norteamérica más pobre, sino un continente diverso, y que además debe buscarse como alternativa al capitalismo decadente y a cualquier neocolonialismo.

Bajo un nuevo escenario político en América Latina, tanto Estados Unidos como los países más ricos de Europa tienen enormes desafíos en su política exterior con nuestro subcontinente, especialmente porque se ha ido produciendo un nuevo empoderamiento de gobiernos de izquierda y con el cual se debe proceder de una manera distinta a como se estilaba bajo regímenes de sellos netamente neoliberal.

Obama debe marcar la diferencia en su trato con América Latina, pero sobre todo ser consecuente con sus palabras y acciones, tanto aquí como en otras latitudes. Podemos hacerle barras a su gestión y darle buenos puntajes, como también podemos abuchear sus malas acciones, porque el límite del carácter de un presidente se mide precisamente por el nivel y profundidad de sus acciones.

Esta vez no ha sido América Latina el objetivo de las operaciones ramboides del ejército norteamericano, sino Afganistán, un país ocupado por tropas occidentales y dirigidas por los Estados Unidos. No es el “I have a Dream” de Obama. Es Afganistán, donde la aviación imperial de EU descargó su furia, en una acción bélica desencarnada sobre vidas inocentes, asesinando, a vista y paciencia del mundo, a más de cien personas, incluidas mujeres, niños y ancianos, según reportes de la Cruz Roja Internacional. Esta masacre reafirma lamentablemente que la ilusión de un imperio democrático y humanista con Obama a la cabeza, nos deja a media línea en la canción “We shall overcome” (Hemos de triunfar); la misma que alzaban en voces los que luchaban por los derechos civiles de los negros en la década del sesenta en los Estados Unidos, con Martin Luther King al frente. En la práctica nada ha cambiado, la inversión de la mirada, que nos revela al “otro” como al que debo aceptar con su diferencia, no me suscita el cambio, la transformación, porque entre palabra y acción hay un buen trecho para andar. Los cambios implican transformaciones profundas y de alto costo social y político. Los Estados Unidos no han cambiado su línea de continuidad de la política de ocupación y la estrategia genocida de sus halcones.

Quizás cantamos mejor el tango del “Zorzal criollo” o el “Morocho del Abasto” como le llamaban cariñosamente a Carlitos Gardel:

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno...

Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor...

Volver...

con la frente marchita,
las nieves del tiempo platearon mi sien...

Sentir...

que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada,
errante en las sombras,
te busca y te nombra.

Vivir...

con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez...

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida...

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñar...

Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar...

Y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.


*Director del Cielac-Upoli