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Estimado lector, como siempre hemos dicho, no hay nada más político que la política económica. Pero para que esta sea efectiva, no solo debe ser realista y bien diseñada, sino que, además que la misma debe ser creíble, también el gobierno que la va a impulsar debe gozar de esa credibilidad.  De lo contrario, por bien diseñada que esté la política económica, especialmente si la misma tiene como objetivo superar una grave crisis, no logrará alcanzar su objetivo y su fracaso destruirá todavía más la credibilidad del gobierno que la esté ejecutando.

Como nos dice Juan Carlos de Pablo: “una política económica exitosa en forma indispensable requiere de un par de insumos, a saber: un buen fundamento técnico y poder político por parte de las autoridades que pretenden llevarla adelante”. Y nos agrega, “el pecado radica aquí en creer que el poder político y los fundamentos técnicos sólidos de un programa económico son sustitutos duraderos, más que complementos necesitándose uno al otro”.

Afortunadamente, cuando estuve al frente del Banco Central, para todas las reformas económicas que tuve que impulsar para fortalecer la estabilidad monetaria, el crecimiento económico, obtener la cooperación externa, la condonación de la deuda externa, hasta llevarla al “punto de decisión” –que es cuando se empiezan a recibir los beneficios efectivos y reducir la minidevaluación anual del 1% al 6%, siempre tuve el respaldo del presidente de la República y de la bancada mayoritaria en la Asamblea Nacional. De lo contrario, aunque yo hubiera diseñado el mejor programa económico del mundo y aunque hubiera tenido, como lo tuve, el total respaldo de la comunidad financiera internacional, de nada me hubiera servido. 

Como nos dice María del Rosario Galván, el personaje clave en “La silla del águila” de Carlos Fuentes, “que poco te sirve en política desear e imaginar sin poder”.

Por lo tanto, este tema, no solo del diseño y credibilidad de la política económica, sino el de la credibilidad y el poder real del régimen político, debería ser una preocupación fundamental del sector empresarial.

Y para abordar este tema, recordaré con usted algunas de las reflexiones y conclusiones a las que llegué, hace más de dos décadas, cuando dedicado totalmente a la academia, me reunía permanentemente con los líderes políticos, empresariales y laborales de la región, para analizar las condiciones que Centroamérica necesitaba para poner en práctica un programa de estabilización y ajuste estructural y promover un crecimiento hacia afuera, ya que el mercado común centroamericano se había agotado.

Y si le interesa este tema, le recomiendo leer el libro “Los secretos de la política económica y la economía política”, especialmente los dos últimos capítulos, en los que abordo estas “inquietudes académicas”.

En términos generales, el éxito de un programa económico y especialmente si se trata de un programa que conlleva un ajuste a la economía nacional, para ponerla en orden y volver a crecer, depende de tres factores fundamentales: la credibilidad del Gobierno, la credibilidad del programa económico y la disponibilidad de recursos externos. En la medida que el Gobierno y el programa son mas creíbles, la probabilidad de éxito será mayor, ya que los agentes económicos no presentarán mayor resistencia al mismo; y en la medida que el Gobierno disponga de ayuda externa, el costo del ajuste será menor, ya que se podrán diseñar y financiar programas focalizados de protección social a los grupos más desprotegidos.

Sin embargo, antes de la credibilidad del programa, está la credibilidad del Gobierno y antes yo creía, erróneamente, que los regímenes “autoritarios”, especialmente de derecha, siempre tenían más posibilidades de ser exitosos a la hora de ejecutar un programa de ajuste económico. Había llegado a esa conclusión, al observar las experiencias de Rhee y Park en Corea del Sur, de Lee en Singapur y de Pinochet en Chile. 

Pero luego viví y estudié muy de cerca la experiencia de mi querido amigo, el presidente Monge en Costa Rica, quien era un verdadero demócrata y estaba gobernando en un régimen verdaderamente democrático.

Y luego estudié, viviendo en Costa Rica, la experiencia fallida de los programas de estabilización y ajuste del Frente Sandinista en Nicaragua, a finales de los 80 y el primer intento, también fallido, del gobierno de Violeta Barrios, con el experimento del “córdoba oro”.

Estas experiencias rompieron mi esquema mental y me obligaron, con una mentalidad abierta, a reevaluarlo y a tratar de entender mejor qué tipo de régimen político, a mi juicio, tenía más posibilidades de éxito a la hora de verse obligado a diseñar y ejecutar un programa de ajuste económico; como el que creo se necesitará en Nicaragua, después de las próximas elecciones presidenciales.  

Y como este tema es fundamental para el sector empresarial, hoy deseo, aprovechando el espacio que me brinda El Nuevo Diario”, empezar a compartir con usted algunas de mis reflexiones personales sobre el particular.  Y para empezar por lo más fácil tenemos que concluir, que un presidente y un gobierno que no goce, como mínimo, del apoyo mayoritario en la Asamblea Nacional, no podrá ejecutar íntegramente su programa de gobierno original. Y si el presidente es muy “principista” y considera que negociar o pactar con la oposición política es inaceptable, pues entonces, mucho peor, ya que no podrá gobernar y ese sería un escenario gravísimo para el sector empresarial y el pueblo en general.

Y para empezar a abordar el tema del régimen político y el éxito de la política económica, por el momento solo le diré que si usted observa las experiencias que le he mencionado, podríamos llegar a dos conclusiones muy generales: primera, que en el corto plazo, los regímenes políticos para ser exitosos en cuanto a su programa económico, ya sean de izquierda o de derecha, no pueden ser “desgastados” o gobiernos de “transición”. Tienen que ser regímenes consolidados y estables. Y segunda, que para ser exitosos en el largo plazo, los regímenes políticos, además de ser consolidados, es decir, con instituciones fuertemente establecidas, deben ser democráticos, ya que de lo contrario, las transiciones tienden a ser muy costosas. Y de nuevo, no tenemos que estar de acuerdo en esas conclusiones y usted puede pensar que mi análisis es muy simplista y con muchas excepciones. Pero me considero satisfecho sí, con estas reflexiones, lo he hecho pensar seriamente sobre estos temas, que son fundamentales para todo empresario. Y si El Nuevo Diario” y don Douglas Carcache me lo permiten, pronto seguiremos conversando sobre el particular. 

nramirezs50@hotmail.com
* Doctor en Derecho y Economía.