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La medicina es una ciencia de probabilidades o un arte de manejar la incertidumbre. W. O.

Compartiendo, pero actualizando la premisa anterior, del doctor Osler, de siglos pasados, quizás agregaría que también puede considerarse una mercancía más (igual que la educación y la cultura) en el sistema globalizado moderno, desarrollado y lleno de tecnología del presente.

Otra premisa que viene al caso, por su relevancia y vinculación, es la que dice que: A mayor desarrollo de la ciencia y la tecnología, mayor deshumanización…verdades casi absolutas.

El campo sanitario no escapa de la onda expansiva que genera el mercado. Las normas, estrategias  y protocolos diseñados para ser utilizadas en salud pública son aprobados y validados por las corporaciones financieras mundiales (BM, BID, FMI, etc.) antes que por los técnicos y expertos en la materia de salud. Las máximas instancias de salud (OMS, OPS ) cuentan entre sus consultores a representantes de las industrias farmacéuticas y delegados de consorcios financieros, cuyo objetivo es generar utilidades que rayan en la obscenidad, sobre la base de prolongar y hacer crónicos los procesos de salud-enfermedad. Muestra de ello son las llamadas patentes, con vigencia de 10 a15 años, sancionando a quienes se atreven a replicar las formulaciones, aun cuando sea por razones humanitarias, como el caso de las terapias antirretrovirales contra el Vih-Sida, la tuberculosis o la malaria.

Brasil y Cuba, por ejemplo, han logrado contener la epidemia del sida, distribuyendo tratamientos genéricos a los afectados, cuyos costos son inalcanzables por los millones de ciudadanos afectados, si intentaran utilizar los originales.

¿Y, qué pasa en nuestra forma de hacer medicina en estos tiempos?. La medicina basada en evidencia viene siendo sustituida por la basada en la moda. Cada vez dependemos más de técnicas impersonales para enfrentar al paciente, viéndolo como una patología o enfermedad, como un número de cama, evitando acercamientos, introduciendo sus datos en una máquina y esperando que esta nos diga el diagnóstico y tratamiento. La llamada clínica, obtenida palpando, oliendo, percibiendo sensaciones, escuchando, interactuando con el paciente va quedando atrás. La anamnesis, las 7 preguntas por cada síntoma, la evolución, los factores medioambientales y socioculturales que son beneficiosos o perjudiciales no son buscados. Llegamos al extremo de entregar formatos previos a la consulta para ser llenados por el paciente y ahorrar tiempo en la necesaria relación humana que debemos emprender. Banalidad de métodos anteriores.

Somos parte de los factores de riesgo en la temida resistencia bacteriana. Prescribimos antibióticos de manera desmesurada, utilizando los más recientes (y más caros) antes de usar los anteriores de manera adecuada. Nos sentimos actualizados recetando el que salió ayer. El marketing nos induce a conductas y comportamientos perjudiciales en la cadena del ciclo epidemiológico, siendo factores de riesgo cuando usamos prendas (pijamas, gabachas, corbatas) capaces de absorber contaminantes medioambientales fuera de los centros médicos y los introducimos a las unidades de salud. Efecto análogo al de los vectores transmisores de dengue o malaria, que transmiten la enfermedad de un sujeto enfermo a uno sano. Somos víctimas del egomarketing.

Como parte del fenómeno mencionado con los antibióticos también sucede con otras patologías. Hipertensión, diabetes, gastrointestinales, cardiovasculares, etc. Cada vez se prescribe lo novedoso (cuyos costos son superiores e incluso con efectos indeseables) relegando los anteriores, cuya evidencia y experiencia positiva y viable ha sido certificada. 

Hace falta que el organismo rector de la salud nacional, (el Minsa), regule y norme todo lo concerniente a protocolos a seguir.

Que el cuerpo colegiado de especialistas de las diferentes ramas revise periódicamente y orienten lo que debemos y no debemos hacer, está constitucionalmente autorizado. No viola ninguna libertad. Ordena. Racionaliza.

Salud para todos.

* Médico.