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En mayo, mes de María, habría que recordar a la primera presidenta electa de las cooperadoras salesianas. Se llamaba Luz Perfecta, pero en la familia le decían Mama Lucita para diferenciarla de su madre doña Luz Arellano Chamorro, casada con el licenciado ––de origen sefardí–– don Fernando Sequeira Luna. Este había llegado a Granada para ejercer la Prefectura del Departamento Oriental, procedente de la antagónica ciudad de León: su presunta cuna. Era hijo de su homónimo Sequeira Méndez y de Antonia Luna Prado, apellidos de abolengo colonial que ostentaron militares, sacerdotes y letrados.

Sequeira Luna, con fama de sabio jurisconsulto, manuscribió a don Pedro Cardenal un volumen encuadernado de las leyes vigentes en Nicaragua a mediados del Siglo de las Luces. Yo leí ese ejemplar perteneciente a Marco Cardenal Tellería. La caligrafía de don Fernando no estaba lejos de ser casi la de un pendolista.

Algo de lunático y mucho de excéntrico tenía el padre de Mama Lucita, mi bisabuela paterna. Al cumplir su vela conyugal con la pudorosa señorita Luz Arellano Chamorro ­—me refería don Emilio Álvarez Lejarza—, escandalizó a toda Granada. Montando a la recién esposada en la grupa de su elegante caballo blanco, don Fernando se la llevó a la costa del Gran Lago ––conocida entonces por La Playa–– para poseerla de madrugada.

Tuve la suerte de heredar un daguerrotipo de don Fernando Sequeira Luna, que decidí donar a su más devoto descendiente y homónimo, a quien sus amigos llaman en broma El Vizconde de Quimichapa. Datado de 1858, el daguerrotipo presenta un rostro claro, ojos penetrantes, nariz aguileña, firme boca, abundante cabello negro, lampiño, de traje y corbatín, con largas manos delicadas, orgulloso y flaco de contextura. Tal podría ser la descripción de quienes llevan, directamente, el mayor porcentaje de su sangre.

Pero en esta página quiero evocar, ante y sobre todo, a Mama Lucita de legítima prosapia granadina. Nacida el 17 de abril de 1853, asimiló la esencia cristiana de su entorno vital y muy pronto, como niña timorata y pundonorosa, hizo privado voto de castidad, animándose a consagrarse como esposa de Jesucristo y comulgando frecuentemente con ese fin. Sus padres la enviaron a París y Londres para aprender francés e inglés. A su regreso en 1869, de 16 años, se enamoró de su tío, hermano de padre de su madre, de 33: Faustino Arellano Cabistán. Por supuesto, a través del vicario de Granada, pidió la dispensa necesaria a la Curia de León el 22 de noviembre de 1870 para contraer matrimonio sin escrúpulos.

Seis hijos nacieron de ese endogámico enlace: Narciso (ingeniero), David (abogado), Germán (médico), Elena, Beatriz y Felipe (agricultor y librero). La más conocida de las anécdotas de Mama Lucita fue la protagonizada por su primogénito a sus cinco años, cuando se negó a cumplir una medida correctiva ordenada por Mercedes Guadamuz, el sirviente mayor del hogar Arellano-Sequeira e hijo de una antigua esclava de la familia, manumitida en 1824. ––¿Qué tenés que ver conmigo, negro feo?, le respondió el niño malcriado. Mama Lucita entonces le obligó a que se hincara, le besara los pies, le pidiera perdón y le abrazara; además, lo tuvo una semana castigado sin salir a la calle.

Doña Luz Perfecta integró las Juntas de caridad para sostener el Hospital San Juan de Dios y enterrar a los desposeídos en el cementerio. Además de presidir a las primeras cooperadores de los salesianos en Nicaragua, acompañó a su madre Luz y a su tía Elena en su ayuda material y apasionada defensa de los jesuitas cuando fueron expulsados en 1881. Era una buena lectora. Todavía guardo, como oro en paño ––y con su distinguida firma en varias páginas–– el volumen La soberanía social de Jesucristo (1875) del apologista francés Henri Ramière, hijo de San Ignacio. Me lo obsequió Pablo Antonio Cuadra.

No llegaría a mis manos, sin embargo, retrato suyo. Apenas supe que tenía los ojos azules y la tez color porcelana. Falleció el 26 de febrero de 1940, ya muy disminuida y pobre, sobreviviendo a sus hijos Elena, David y Felipe, desaparecidos en 1920, 1928 y 1935, respectivamente. El día que murió Felipe dicen que se le apareció y le dijo: ––Adiós, mamita. Me voy del suelo al cielo. En cuanto a Luz Perfecta, Mama Lucita, un pariente que la admiró y amó me dijo: Murió casi ciega de tanto llorar.