Jorge Eduardo Arellano
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José Stalin, uno de los personajes más odiados de la historia contemporánea después del destape de Jruschov en 1956, pero antes uno de los más admirados líderes políticos, sobre todo, en los días de dolor y gloria que para su pueblo significó la lucha contra la invasión nazi, escribió sobre su experiencia de cuando conoció a Vladimir Ilich Lenin.

Durante uno de los congresos clandestinos del partido de los bolcheviques, cuando las medidas de seguridad eran vitales para los revolucionarios, Stalin estaba ansioso por conocer personalmente al líder de la revolución, pero más lo perturbaba la tardanza de Lenin en aparecer en el evento, suponiendo que su falta de puntualidad atentaba contra la seguridad de todos. En esa espera por Lenin, imaginaba que éste podía padecer de la soberbia que caracteriza a algunos grandes personajes, quienes se hacen esperar para crear expectativas entre la gente y mantener su atención enfocada hacia su persona. Pero Stalin estaba equivocado, pues Lenin había llegado al congreso mucho antes que él, y sin hacer alardes para hacerse notar.

Siempre he recordado esta anécdota, porque es ejemplo de que una gran personalidad no necesita hacer demostración de soberbia para que se reconozca su grandeza. Mucho recordé esta experiencia en los tiempos de nuestra revolución, cuando Daniel Ortega llegaba a los actos dos y tres horas después de la hora señalada. Entonces se le justificaba con el pretexto de sus múltiples tareas relativas a su cargo durante la guerra mercenaria. Pero después de la revolución, que es el ahora también, no hay ningún pretexto para esa su costumbre de retrasarse.

Uno de los detalles de las noticias sobre sus actos públicos sigue siendo, sin falta, su retraso. La última vez, el 24 de diciembre, sus víctimas de esa falta de respeto fueron los niños que en la plaza tuvieron que esperarle dos horas para recibir el juguete prometido, y de extra, su zalamera afirmación de que ellos, los niños, eran “amor y esperanzas” para el país. Que los niños también reciban su lección de impuntualidad, es lo que motiva este comentario, porque si ellos son, y si el presidente cree de verdad que representan el amor y las esperanzas de la patria, no les está dando un buen ejemplo para que puedan serlo en su día. Más bien, creo que si fueran fieles a este mal ejemplo, fácilmente se perderán de ese futuro.

Ni lo popular ni lo revolucionario, si estas fueran las causas de su mal comportamiento con la gente, legitiman esta actitud, porque ni lo popular ni lo revolucionario les quitan a nadie los dones personales de buena educación y de respeto en las relaciones con los demás, aunque sean relaciones partidarias que, en su calidad de presidente, no siempre lo son.

Me interesa este tema, en primer lugar, por los niños. Pero, aunque Daniel Ortega no sea mi líder, es mi presidente, y su buena o mala actuación me debe interesar como nicaragüense. Corresponde a todos los nicaragüenses el derecho de tener un buen representante al frente del gobierno, en todos los aspectos de su actuación, mientras no se retire a su vida privada. No critico aquí, pues, al ciudadano Daniel Ortega, sino al Presidente de la República de Nicaragua. Un derecho que nadie puede cuestionar.


II
Pragmático resignado y calculador
Enrique Bolaños logró superar, cinco años después, el trauma que le produjo su derrota en la UNO ante Violeta Barrios de Chamorro, como candidato en las elecciones de 1990. Durante esos años, se convirtió en aliado, jefe de la propaganda electoral de Arnoldo Alemán y su compañero de fórmula, y de la vicepresidencia pasó a la presidencia de la república. En total, fueron diez años de taimada labor política, culminada con el éxito, y cuya fórmula fue el hecho de haberse tapado los ojos, cerrar la boca y poner oídos sordos ante la corrupción de Alemán.

Logrado su objetivo, Bolaños se proclamó adalid de la anticorrupción, echó preso a su supuesto mentor político y prometió ser el mejor presidente en la historia de Nicaragua. Eso le llevó a quedarse huérfano de partido, y a ser fácil presa de los chantajes y las presiones del lado arnoldista y del lado orteguista, ante lo cual reafirmó en su persona el espíritu norteamericanizado que siempre tuvo. Las reveladoras grabaciones publicada por EL NUEVO DIARIO de una de sus frecuentes sesiones bajo la tutela de la embajada, o la embajadora estadounidense Bárbara Moore, confirman su condición de “pragmático resignado” en plenas funciones presidenciales.

¿Pero era necesario eso para saber de esa su condición? De ninguna manera. Ya la había demostrado cuando por sí, y ante la –para él— augusta presencia del presidente del imperio gringo, se sumó a la “coalición” invasora de Iraq, y cuyo aporte fue el envío de tropas de nuestro Ejército en “misión humanitaria”. Claro, la Asamblea Nacional, dominada entonces por los “liberales”, fue complaciente con aquella su actitud, y contó con una tibia oposición de los diputados orteguistas. Ante el recién revelado “Bolaños-Gate” no hay motivo para fingirse inocente, sino más bien para repudiar un acto que ha sido normal en la mayoría de los gobernantes de Nicaragua.

Disculpen que parezca estar jugando “yo-yo” en estos comentarios, pero es un hecho comprobable que desde cuando Bolaños surgió como el candidato presidencial de Alemán, me cupo el deber de hacer, una y otra vez, la referencia de su origen somocista, a pesar de que siempre se presentó y fue considerado un miembro del Partido Conservador. Descubrí que Bolaños había sido beneficiado por el dictador Anastasio Somoza García, con una beca de estudios en San Louis, Missouri, Estados Unidos, más o menos entre 1949-1955, beca disfrazada con su nombramiento como segundo cónsul de Nicaragua en aquella ciudad.

Fue lógico que a los arnoldistas no les interesara esta revelación, la perdieron entre los ruidos de la campaña electoral, y los orteguistas la ignoraron por completo. Ninguna de las dos actitudes sorprende, pero es bueno tomarlas en cuenta como demostración de que el patriotismo de los políticos de los partidos dominantes aflora a su voz y de vez en cuando, según la ocasión. Pero ésta es otra historia. La lección que los nicaragüenses podrían sacar de las revelaciones publicadas en este diario sobre la injerencia de los Estados Unidos en la política interna, es que ésta no ha cesado ni cesará, mientras al poder estén llegando los oportunistas de toda especie, que son quienes la permiten y hasta la auspician.