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Estimado lector, posiblemente usted se preguntará por qué Noel Ramírez, siendo simplemente un abogado y economista, comparte temas de política con el sector empresarial.

Y la razón es que en la actualidad ninguna persona a la que le guste la docencia de la gerencia puede dejar de conversar del entorno económico y del político, ya que ambos temas, además de ser fundamentales para el planeamiento estratégico, están íntimamente relacionados. Por otro lado, todas las mejores escuelas de negocios del mundo siempre ofrecen cursos de análisis político y El Nuevo Diario y yo no nos podemos quedar atrás.

Esta vez conversaré con usted de la tercera campaña presidencial de Theodore Roosevelt, uno de los más grandes presidentes de los Estados Unidos, llamado “el superman de la política” y que, cada vez que la vuelvo a estudiar, algo nuevo aprendo de ella. Y para ello, nos basaremos en el libro de Edmund Morris, “Colonel Roosevelt”.

Y para mantener su total atención, esta vez, como García Márquez en una de sus grandes novelas, empezaré por el final: Roosevelt, miembro del Partido Republicano, después de dos períodos presidenciales que le permitieron salir del poder con una enorme popularidad, posiblemente en ese momento el hombre más famoso del mundo, y después de haberle “heredado” la presidencia a su sucesor, el presidente William H. Taft, también republicano, para que continuara con su agenda política y que podía reelegirse un segundo período, decide volver a lanzarse por tercera vez como candidato de su partido, sabiendo que Taft, como era lo normal, también trataría de reelegirse.

Roosevelt decide volver a correr, ya que se siente “traicionado” por su “heredero”, el Partido Republicano se divide en dos partidos y el poder pasa a manos del Partido Demócrata, llevando a la presidencia a Woodrow Wilson, un académico que aunque era brillante y explicaba las cosas complicadas de forma muy sencilla, nunca había gozado, ni de la popularidad, ni la energía de Roosevelt y, por ello, muchos lo habían subestimado. Y créame cuando le digo que este episodio es sumamente apasionante y aleccionador.

Para empezar, yo sé que es obvio que la unidad hace la fuerza. Sin embargo, no sé por qué, en ciertas ocasiones, la misma es imposible.  Lo razonable sería creer que estas divisiones son causadas, al final, por un error de cálculo, en el sentido que cada subparte cree que va a ganar. Por ejemplo, en una oportunidad me reuní con el candidato de una de las tendencias en que se había dividido un partido que era mayoritario y, antes de iniciar la conversación, para ver qué se podía hacer para evitar entregarle el poder a la verdadera oposición, me dijo: “yo ya gané y no tengo nada de qué hablar” y, desafortunadamente, al final, las dos tendencias perdieron y le entregaron el poder al verdadero adversario.

Pero a veces es más complicado comprender por qué se presentan estas situaciones.  Por ejemplo, según Morris, en una oportunidad, ya avanzada la campaña presidencial, Roosevelt le dijo a un amigo íntimo: “ni por un momento creo que ganemos. Las probabilidades están totalmente a favor de Wilson, con Taft y yo casi iguales y esperando estar yo un poco arriba de él”. Y por el otro lado, según el mismo autor, “aunque el presidente Taft queria liberarse de la carga que ya le representaba la presidencia, no quería pasársela a su antiguo patrón”.

Como dice García Márquez: “muchas veces la realidad supera a la ficción”, ya que, cuando Taft inició formalmente su campaña para la reelección, sus primeros discursos fueron para atacar o al menos recriminar, a los republicanos seguidores de Roosevelt, en lugar de atraerlos y presentar su programa de gobierno y como, el mismo daría respuesta a los problemas más sentidos del pueblo norteamericano y diferenciarse claramente del candidato demócrata. Según los historiadores, esta fue una de las campañas más destructivas dentro del Partido Republicano, ya que, mientras los seguidores de Taft desacreditaban a Roosevelt diciendo que era un alcohólico; Roosevelt, por su parte, manifestaba que “Taft solo había sido presidente debido a mi apoyo y al de mi gente”.

Pero, ¿por qué será que personas con la experiencia y brillantez de Roosevelt –afortunadamente había estudiado en Harvard y no en Yale, y además de los muchos consejos y cuestionamientos que recibió, procedió de esta forma? “Cosas veredes, Sancho amigo”. Es cierto que la popularidad de Roosevelt era muy superior a la Taft, pero pronto Roosevelt reconoció que Taft controlaba la maquinaria del partido y que, a pesar de su gran popularidad, no obtendría la nominación; lo cual lo llevó a “formar casa aparte”. Si Roosevelt hubiera sido el candidato del partido unificado, con toda seguridad hubiera ganado. E incluso, el presidente Taft posiblemente lo hubiera podido lograr, aunque algunos pensaban que ya era tan impopular, que se había convertido en el candidato ideal para el Partido Demócrata. Por lo tanto, en este caso, lo fascinante de analizar y tratar de comprender es, como dos personas inteligentes y que al ser líderes de su partido, se deberían haber puesto a pensar un poco más en el futuro del mismo en dich
as elecciones, terminaron actuando de la forma que lo hicieron.

El ego, el deseo de poder, o el error en los cálculos o incluso las buenas intenciones, pueden haber contribuido a crear esta situación.  Sin embargo, yo creo, sin mucha experiencia en este campo, que un político con experiencia debería saber que para ganar una elección presidencial se requiere de un candidato con simpatía, pero también de un partido organizado y unido; y que, como regla general, estas condiciones, no son sustitutas unas de otras, sino que son complementarias.  Pero, tal vez los políticos saben algo que yo no sé. En el caso que hemos analizado, Wilson obtuvo 6.3 millones de votos, Roosevelt 4.1 millones y Taft 3.5 millones de votos. ¡Se imaginan lo que hubiera ocurrido si el Partido Republicano no se hubiera dividido! ¡Y no se olviden de los miles de republicanos que no votaron porque sabían que al ir divididos, la batalla estaba perdida! En realidad, Wilson era un “presidente de minorías”, pero presidente al fin.

Sin embargo, si la solución en la vida real, no en el aula de clase o en los salones de discusión de los “analistas políticos”, hubiera sido fácil, la división no se hubiera dado y el Partido Republicano no hubiera perdido el poder. Pero también eso es parte de la democracia o de la falta de ella dentro de los mismos partidos políticos.  Esta experiencia la he estudiado tanto, que a veces creo haberla vivido.


nramirezs50@hotmail.com

Doctor en Derecho y Economía.