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Dos mujeres habitaron la ciudad de Rivas antes que mi padre se desempeñara como Juez del Distrito de lo Civil y de lo Criminal y me bañase en las escuálidas aguas del Río de Oro, llamado así por haber arrastrado entre sus arenas pepitas del aurífero metal. Esto ocurría in illo tempore durante la estación lluviosa y la gente, en forma tumultuaria, se dedicaba a recolectarlas.

La más famosa de este par de féminas locales era, por supuesto, la Paula Pasos, cuyo nombre y apellido dieron pie a un dicho, no definitivamente en desuso. Un serio folclorista lo definió.

Ser el hombre de la Paula Pasos: el hombre del momento, el más dichoso, el preferido, que reúne todas las cualidades o condiciones masculinas, etc.” Pues bien, la Paula ejercía el indispensable oficio de cantinera y se esmeraba en servir a sus parroquianos el mejor guarito curado y unas indiscutibles bocas de pájaro como tajadas de mango celeque con sal y jocotes cocidos.

Los lunes ofrecía mondongo. Cuando la demanda de esta sopa superaba la oferta, le añadía agua y unas cuantas candelas de cebo. “No quiero que nadie me reclame por el mondongo” —advertía a su clientela, procedente de varios rincones rivenses, incluyendo La Puebla.

Un compañero de vida tenía —o más bien, poseía— doña Paula. Todos olvidaron su nombre y apellido. Hace años le dediqué este sexteto: “¡El hombre de la Paula Pasos! / ¿Y el nombre del hombre de la Pasos? / No fue sino un hombre sin nombre / porque solo aceptó ser / (y ningún nombre tener) / más que el hombre de la Paula Pasos”.

Los Pasos en Rivas no pertenecían a la élite como los de Granada. No gozaban del prestigio social de los Avilés, Abarca, Barrios, Cordón, Guerra, Hurtado, Pineda, Torres, Urtecho, Sacasa y Sáenz, por ejemplo.

En mi juventud conocí a uno —Arturo Pasos—, incansable adorador de Baco, cleptómano y tan buen declamador como Henry Rivas.De manera que doña Paula no era una muñeca de sala, sino una mujer entera; un cuarto bate que mangoneaba a su hombre; y para asegurar su dominio sobre él, había colgado de la puerta de su vivienda una respetable cutacha.

Por eso no permitía a su compañero, perro al guaro como la mayoría de los nicaragüenses, sobrepasarse de la dosis que ella le asignaba. Entonces él, para disimular su sometimiento y dárselas de macho, gritaba en la calle: “¡Este es el hombre de la Paula Pasos!”

Otra versión del origen de este dicho se ubica en los años 40. Cuando una patrulla de la Guardia Nacional se llevó preso al compañero innominado de la Paula, por haber provocado una sangrienta riña en la cantina. “¿Y vos cómo te llamás?” —le interrogó un miembro del cuerpo policial. “¡Yo soy el hombre de la Paula Pasos!” —fue la orgullosa e inevitable respuesta.

¿Y la Cinco Pesos? Tampoco nadie sabe su nombre y apellido. Parece que era una joven agraciada, señora de un agricultor cincuentón, recto y realista, de corazón muy sano. Al regresar de su finca a su casa, temprana e inesperadamente, sorprendió a su mujer en el lecho conyugal con un fogoso veinteañero.

“Espéreme en la sala” —ordenó a este, aún desnudo. El ofendido don, sin decirle una palabra a la inquieta adúltera, exigió al joven intrépido todo el dinero que andaba en los bolsillos. Cinco pesos fue la suma entregada.

—“Esto valés vos —le dijo a su mujer—: ¡cinco pesos!” —y exculpó al hechor de su aventurilla sexual. Los cronistas rivenses especifican que, cuando el agricultor —ya septuagenario— y la Cinco Pesos, ya divorciados, coincidían en el Parque Carazo, en dirección a la parroquia de San Pedro, aquel le mostraba un billete de cinco pesos alzándolo con su brazo derecho. La exadúltera, desacreditada socialmente, soportó la venganza de su exesposo durante más de veinte años hasta que encontró una improbable solución: suicidarse ingiriendo pastillas para curar frijoles.

¿Y la Varsoviana? Era el nombre de un importado vals en los años 40 del siglo XIX. El joven rivense Pedro Chamorro lo bailaba con la señorita Casiana Sacasa cuando al inclinarse reverente ante ella, se le escapó un estrepitoso ruido anal; espantada la referida señorita, su vivaracha compañera, María Urtecho, le dijo al desafortunado bailarín: “Pedro, ¿y eso es parte también de la Varsoviana?”