Florencia López Boo y Marta Dormal
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El momento de recoger a tus niños del centro de cuidado representa una ventana de oportunidad para averiguar cómo pasaron el día sin ti. Le preguntas a la cuidadora con interés (y a veces un poco de preocupación): ¿mi hijita tomó su leche hoy? ¿Hizo la siesta después del almuerzo? ¿Se peleó con alguno de sus compañeros? Sin embargo, ¿qué información realmente tienes sobre la atención que están recibiendo tus niños?

Sabemos que la calidad de procesos y particularmente la frecuencia, el tipo y la naturaleza de las interacciones entre los niños y los cuidadores es lo que más influye en el desarrollo de los niños. Pero al mismo tiempo es lo más difícil de observar—para nosotros como padres, por obvios motivos—pero también para el propio personal de un programa de cuidado infantil.

¿Cómo vamos en la región?

Varios estudios muestran que la calidad de las interacciones entre los niños y los cuidadores en los centros de la región suele ser muy baja. Esta afirmación se respalda sobre una de las herramientas más habituales para medir esta dimensión de la calidad: el Sistema de puntuación para la evaluación en el aula (CLASS, por sus siglas en inglés). Este instrumento fue desarrollado en Estados Unidos y se puntúa del 1 al 7, donde la puntuación más alta indica una mayor calidad de interacciones.

El dominio o sección de “Apoyo pedagógico en el aprendizaje”—que mide la manera en que los cuidadores guían el aprendizaje de los niños, favorecen su desarrollo cognitivo y lingüístico, le dan retroalimentación y promueven su participación—tiende a ser el mayor desafío para la región. El Programa Cuna Más en Perú, por ejemplo, que atiende a niños de entre 6 y 36 meses, tuvo una puntación de apenas 1.8. En Trinidad y Tobago y Jamaica, en niños de 3 a 5 años, los puntajes para este mismo dominio no superaron el 1.4.

¿Los programas de la región están midiendo la calidad de los procesos?

Estos resultados muestran que es prioritario concentrar nuestros esfuerzos en garantizar la calidad del servicio que están recibiendo los niños. Para ello, es necesario que los programas de la región midan periódicamente su calidad. Tener una fotografía de la calidad de la atención a lo largo del tiempo proporciona información muy útil para el personal de los programas, que puede ser utilizada para orientar y mejorar sus prácticas.

Sin embargo, actualmente hay pocos programas en la región que monitorean de una manera frecuente y sistemática la calidad de sus centros. Además, los pocos países que miden la calidad de sus servicios casi siempre lo hacen a través de indicadores estructurales, como la infraestructura básica y el perfil de los cuidadores y raramente optan por incluir variables de proceso.

¿Si la calidad de los procesos es tan importante, por qué no se está midiendo?

Según un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo, publicado en Plos One, uno de los motivos principales es la falta de herramientas adecuadas para el monitoreo frecuente y a escala sobre la calidad de los servicios en los programas de la región. El estudio se llevó a cabo en 404 centros en Ecuador, donde se administraron los cuatro instrumentos más habituales en las dos últimas décadas para medir la calidad de los centros de cuidado infantil, con un enfoque en las interacciones entre los niños y sus cuidadores.

La primera observación de los investigadores es que todas las herramientas existentes para medir la calidad en estos centros han sido, hasta ahora, desarrolladas en Estados Unidos. Por este motivo es muy importante adaptarlas cuidadosamente y validarlas a la hora de su aplicación en un contexto tan diferente como puede ser el ecuatoriano.

La segunda observación es que las mismas variables que son vitales para garantizar una atención de calidad hacia los niños pequeños son también aquellas más difíciles de captar.

Medir adecuadamente la calidad de las interacciones lleva mucho tiempo, es costoso y requiere la interpretación y el juicio de expertos para su medición. Dado los desafíos en términos de recursos económicos y humanos a los cuales se enfrentan los programas de la región, el uso de herramientas como el CLASS para un monitoreo de la calidad sistemático, frecuente y a escala es muy poco factible.

¿Hacia dónde debemos ir?

Si queremos que los programas garanticen la calidad de sus servicios es fundamental investigar alternativas factibles para la región—es decir, herramientas que tomen en cuenta el contexto, los desafíos y las necesidades específicas de los programas y que al mismo tiempo incorporen indicadores claves de la calidad de los procesos.

Idealmente, estas herramientas deberían ser lo suficientemente sencillas como para ser administradas durante una observación rutinaria de la calidad del servicio por parte del mismo personal del programa de cuidados. También deberían proporcionar retroalimentación que pueda ser usada por el programa como una estrategia de mentoría y acompañamiento de los cuidadores.

Hay, sin duda, un interés creciente por parte de los gobiernos latinoamericanos en mejorar la calidad de los centros de cuidado infantil y se están haciendo varios esfuerzos en realizar las mediciones necesarias para conseguirlo.

Por ejemplo, en Argentina, la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, el Ministerio de Salud y Desarrollo Social y el Banco Interamericano de Desarrollo han trabajado durante los últimos 3 años en la creación de un instrumento que permita realizar esas mediciones, sea culturalmente apropiado y sostenible a escala y en el tiempo. En Uruguay, el MEC, Mides y ANEP acaban de pilotear en medio centenar de centros de cuidado infantil un instrumento de medición de la calidad en el aula.

Pero en general, la región carece todavía de instrumentos culturalmente adaptados a su contexto y económicamente viables para emplearlos de una manera constante en el tiempo y a la escala necesaria. Apoyar a los programas en el desarrollo de herramientas de evaluación de su calidad y costo-efectividad y que puedan ser implementadas a escala debe ser una prioridad para que los niños puedan recibir un servicio que les permita alcanzar su máximo potencial.

Florencia López Boo es economista, líder de la División de Protección Social y Salud del BID, Marta Dormal es consultora en desarrollo infantil temprano en la División de Salud y Protección Social del BID.

Este artículo fue publicado en el blog 

Primeros Pasos del BID.