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Soy testigo en todos sus puntos de lo que cuenta mi coterráneo Guillermo Cortés Domínguez, menos en lo del fútbol o el boxeo, porque jamás fui deportista. El mismo Hermano Genaro me hizo pasar varias veces (¡no solamente una!) a su oficina, y siempre me hacía las mismas preguntas y otras que no necesito revelar, pero que para el lector serán imaginables. Y recuerdo que prácticamente a todos nosotros (porque La Salle en ese tiempo sólo tenía alumnos varones) nos hizo “desfilar” hacia su oficina, un día al uno, a los pocos días al otro, y así sucesivamente.

Omito mencionar los nombres de mis compañeros, aunque los tengo fresquecitos, pero las imágenes del Hermano Genaro parado en la puerta del aula haciéndole una seña con el dedo índice a su próxima víctima, se me han quedado grabadas como fotostática o como aguafuerte. Si bien es cierto que el cura no logró jamás que yo --por mi demasiado temprana edad-- entendiera lo que él quería o le siguiera la cuerda, debo admitir que a mis casi 55 años de edad, cada vez que en la calle me tropiezo con algún “viejón” que se le asemeje, se me paran los pelos como un gato cuando ve a un perro.

No quisiera decir que quedé traumatizado. Eso sería exagerar, pero sí debo expresar que eso me ha vuelto alérgico en contra de adultos que abusan sexualmente (o de cualquier otra manera) de niños indefensos e inocentes.

No quisiera imaginarme cuál habría sido la reacción de mi padre, hoy ya difunto, si hubiera tenido la confianza con él para contarle lo que yo pasaba en La Salle con el Hermano Genaro. Como consecuencia de eso, me parece que es sumamente importante que los padres de familia fomenten y logren obtener la confianza de sus propios hijos.

Si yo hubiera tenido esa confianza con mi papá, no sé qué tal le hubiera ido al Hermano Genaro.

Paralelamente a la idea de que los padres deben fomentar la confianza en ellos de parte de sus hijos (y la confianza no se puede exigir, se tiene que ganar desde el momento del nacimiento), soy de la opinión de que el celibato debe ser abolido. Quien quiera ser casto por voluntad propia, que lo sea. En la viña del Señor hay de todo, inclusive personas asexuales o alíbidas, que no sienten el apetito sexual. Esas personas no tienen problema con la abstinencia sexual.

Pero obligar al resto a abstenerse, simplemente como condición sine qua non para poder ser monja o cura, me parece no solamente inmoral, sino también atrevido, al obligar a un ser humano, de carne y huesos, a reprimir el más primitivo de todos los instintos, el sexual, que está íntimamente ligado a su instinto de supervivencia personal y de la raza.

Las razones económicas que en su tiempo tuvo el Vaticano para “inventar” el celibato ya son anacrónicas. Creo que hoy en día la iglesia católica ha gastado más en multas y castigos económicos por delitos de pederastia, que lo que se ha ahorrado al evitar que los curas tengan sus propias familias.


(*) El autor es un nicaragüense residente en Alemania --Xinotencatlcastro-frenzel@web.de--.