Jorge Eduardo Arellano
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Durante ocho años, George W. Bush se las ha arreglado para encarnar y reforzar todos los prejuicios y estereotipos negativos del mundo sobre los Estados Unidos. Se ha granjeado la antipatía del mundo más que ningún otro presidente americano anterior a él, con lo que ha dañado gravemente el poder “blando” de los Estados Unidos mediante un uso ineficiente y excesivo de su poder “duro”.

Así, pues, la de reconciliación de los Estados Unidos consigo mismos y con el mundo debe ser la doble prioridad para el próximo presidente de los Estados Unidos. Si hay un candidato que puede hacerlo, que puede contribuir, en una fracción de segundo, a restablecer la reputación internacional de los Estados Unidos, es Barack Obama.

A veces los períodos excepcionales crean dirigentes excepcionales. Sin la Revolución Francesa, Napoleón Bonaparte habría seguido siendo un oficial subalterno muy dotado y frustrado. Asimismo, el período actual en los Estados Unidos y sus relaciones con el mundo han sido en verdad excepcionales, por lo que hace falta un dirigente que pueda poner en tela de juicio fundamentalmente la opinión, que sostiene una mayoría mundial, de que los Estados Unidos se han vuelto arrogantes, impotentes y egoístas.

Naturalmente, los antiamericanos intransigentes nunca se convencerán, pero siguen siendo una minoría, con la posible excepción del mundo musulmán. La mayoría silenciosa está lista para dejarse convencer de que el mundo no se acaba con Bush.

¿Por qué es Obama tan diferente de los demás candidatos presidenciales y por qué podría representar algo muy diferente internacionalmente? Al fin y al cabo, en materia de asuntos exteriores, el margen de maniobra del próximo Presidente será pequeño. Tendrá que permanecer en el Irak, participar en el conflicto Israel-Palestina a favor de Israel, afrontar a una Rusia más fuerte, tratar con una China más ambiciosa que nunca y hacer frente a la amenaza del calentamiento planetario.

Si Obama puede representar algo diferente, no es por sus opciones políticas, sino por lo que es. En el momento mismo en que aparezca en las pantallas de televisión del mundo, victorioso y sonriente, la fama y el poder blando de los Estados Unidos experimentarán algo así como una revolución copernicana.

Piénsese en la impresión que su elección causaría no sólo en África, sino también en Asia, Oriente Medio e incluso Europa. Con su ascenso a la supremacía mundial, los Estados Unidos habían llegado a ser la encarnación de Occidente, al que se veía “blanco”. El poder en los Estados Unidos pasó de la ribera oriental a la occidental y después al sur, pero, si un cambio en la divisoria racial de los Estados Unidos no es en verdad revolucionario, ¿qué puede serlo?
Naturalmente, reducir a Obama al color de su piel es una grave y excesiva simplificación, aun cuando haya tenido mucho interés en insistir en sus “raíces negras”. De hecho, los afroamericanos no lo apoyan plenamente. Con su madre blanca y su padre africano, no encaja en ningún precedente afroamericano.

Pero ésa es otra razón por la que Obama es excepcional: la complejidad de su identidad hace que sea universal, un candidato mundial para una era mundial. En virtud de su excepcional historia personal, puede tender puentes entre África, América e incluso Asia, donde estudió de niño en una escuela musulmana, con lo que revitalizaría la imagen y el mensaje universales de los Estados Unidos.

Pero, por encima de todo, lo que hace que Obama sea excepcional, en vista de aquello por lo que los Estados Unidos han pasado durante la época de Bush, es la naturaleza del mensaje que encarna, cuyo mejor resumen es el título de su libro The Audacity of Hope (“La audacia de la esperanza”). Para que los Estados Unidos puedan pasar de una mentalidad de miedo a otra de esperanza –y volver a encarnar la esperanza para el mundo-, necesitarán a un dirigente que encarne el sueño americano: moderno y armado con un mensaje religioso humanista, en contraste con el irracionalismo inquieto del movimiento cristiano conservador que alimentó la base política de Bush.

Independientemente de que Obama pueda o no cumplir sus promesas, los Estados Unidos no recuperarán el prestigio que tuvieron entre 1941 y 2000. Con Obama o sin él, el “siglo americano” no se repetirá, pero Obama puede aprender de los primeros errores cometidos por Jimmy Carter a mediados del decenio de 1970. El neoaislacionismo no es una opción, pero la moderación, basada en la confianza y la sensatez, sí que lo es.

El mundo necesita unos Estados Unidos más modestos y confiados. Para un europeo que se ha sentido profundamente preocupado y entristecido ante la evolución de los Estados Unidos en el último decenio, Obama, de todos los candidatos presidenciales declarados, parece el más próximo a encarnar esa clase de Estados Unidos.


Dominique Moisi, fundador y asesor superior del Ifri (Instituto Francés de Relaciones Internacionales), es actualmente profesor en el Colegio de Europa en Natolin (Varsovia).


Copyright: Project Syndicate, 2007.

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