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Hay que lograr acuerdos para poner fin a la situación de conflicto que vivimos. Pero es necesario ser realistas y no pretender metas más allá de lo posible. Por ejemplo, no creo que el gobierno aceptará condiciones que le hagan temer que sus funcionarios puedan ser juzgados y condenados, y su partido desaparecer.

La solución es lograr acuerdos posibles en el Diálogo Nacional entre el gobierno y la Alianza Cívica (independientemente de quién haya nombrado a la alianza, pues ya están allí como interlocutores, y ese diálogo es la única opción que tenemos).

La alianza puede lograr la libertad plena de los presos políticos, que se respeten los derechos constitucionales y se restituya lo que hay que restituir, y crear el ambiente propicio que conduzca (sumando el aporte de los partidos políticos) a elecciones anticipadas confiables para todos, con amplia observación, de las que resulte un nuevo presidente y nuevos diputados que dicten leyes para reestructurar las instituciones del Estado y los altos mandos de la policía y del ejército. Pero ni para el gobierno ni para la alianza es posible lograr el 100% de lo que cada cual quisiera lograr, por justo que fuere.

El gobierno no puede regresar a la situación de antes del 18 de abril de 2018, como quisiera. No se puede borrar lo sucedido ni evitar sus consecuencias internas y externas que lo afectan; por eso necesita una salida pacífica mediante un proceso electoral que, al perderlo, les facilite entregar el gobierno y pasar a la oposición, sin violencia ni condenas.

El problema es el tema de la justicia, el dilema entre memoria u olvido, justicia o perdón. Si el gobierno, una vez anulados los juicios de los presos políticos, no aceptara juicios penales para sus funcionarios, podrían acordarse alternativas, como la investigación imparcial de la verdad y, con su resultado, un reconocimiento general del gobierno sobre su responsabilidad y la responsabilidad de sus instituciones.

Seguramente muchos querrían más. Pero no siempre lo deseable es lo posible. Consideremos que la oposición y la comunidad internacional que la apoya no tienen la capacidad de derrocar al gobierno ni de obligarlo a renunciar, aún con sanciones y aislamiento, por difícil e inútil que sea gobernar en esas condiciones.

Cualquier intervención militar ya está claramente descartada. Llevar el Diálogo Nacional al fracaso por estancarse en un punto a costa de perder otras metas importantes, solo lograría que el gobierno actual se quede indefinidamente.

El gobierno podría radicalizarse a los niveles de los años 80 y quedarse en el poder indefinidamente por la fuerza de las armas, independientemente del número de ciudadanos que lo apoyen.

Aunque los funcionarios gubernamentales seguramente sufrirían sanciones muy fuertes y un considerable aislamiento internacional, solo apoyados por un pequeño grupo de gobiernos que no le evitarían el problema de gobernar un país cada vez más pobre y atrasado, con millones de personas indignadas, con una ira reprimida eventualmente explosiva.

La imagen del gobierno y sus funcionarios sufrirían internacionalmente una condena moral y una estigmatización tales, que no solo los afectaría individualmente sino también a su familia. Gobernar así es difícil, tenso, desgastante, inútil e impredecible. Una victoria pírrica. Pero no lograr acuerdos sería también desastroso para el sector opositor y en general para todo el pueblo.

Solo la fuerza del amor por Nicaragua será capaz de superar injusticias, dolor y orgullo, y hacer los sacrificios necesarios para ceder y encontrar una solución, una salida, para que termine esta situación y todos podamos vivir en paz. Nicaragua ha vivido una larga historia de sangre y lágrimas durante más de 200 años de violencia por la codicia, los intereses personales y partidistas, la perpetuación en el poder de algunos gobernantes y varias dictaduras que han llevado a dolorosas confrontaciones.

La sangre derramada y las lágrimas vertidas desde siempre, son de todos: indios, mestizos, criollos, democráticos, legitimistas, liberales, conservadores, sandinistas, socialcristianos, socialdemócratas, sin partido, revolucionarios, contras, civiles, guardias nacionales, guerrilleros, policías, ejército, campesinos, obreros, profesionales, pequeños, medianos y grandes empresarios, pobres y ricos, auto convocados, convocados por unos y convocados por otros; o sea, de todos los nicaragüenses víctimas de las luchas fratricidas que no han cesado de hacernos sangrar y llorar en este país, de guerra en guerra, de dictadura en dictadura, de insurrección en insurrección. Todos hemos sufrido en diferentes momentos, todos hemos tenido muertos, presos y exiliados. Nicaragua necesita que ahora todos cedamos y logremos acuerdos que permitan una solución rápida y pacífica, esta vez con una paz duradera y una democracia definitiva.