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En política no hay ingenuidades. Nada se hace que no sea calculado, hablado o acordado. No hay lugar para las improvisaciones.

El presidente de China Continental, Xi Jin-Ping, siguiendo con la  diplomacia cazurra de Beijing, visitó ―con pompa y ceremonia― al  dictadorzuelo norcoreano Kim Jong-Un.

China está reafirmando los principios sobre los que asienta su nueva política exterior de construcción imperial.

Mi punto. El señor Xi está diciéndole a Washington con sus viajes por el Asia: este es mi territorio. Es una demarcación muy selvática. Y aunque sea una costumbre manifiesta de todos los seres vivos, en política esta es una expresión desafiante. Lo visto en Pyongyang es un acontecimiento social siciliano. Se presenta al hijo díscolo en acto público; Se le dice: “No te juntes con ese ogro norteamericano. Yo podré resolver tus problemas. Si hay que desnuclearizar la península coreana, lo haré. No hagas el show con él; je suis le roi rouge”. ¿Ahora Beijing está siendo más impetuoso y menos solapado? ¿Kim querrá pagar la factura?

En pocos años hay un viraje. Se pasó de una diplomacia comedida a otra desafiante. Beijing comenzó todo creándose barreras, islas; a erigir muros en sus aguas territoriales. Ha ido más allá al advertirles a sus vecinos marinos ―Filipinas, Japón y Taiwán― de su interés y supremacía al extender y militarizar sus fronteras hasta donde su voluntad le antoje.

En ese sentido, el neoemperador Xi ha aumentado la frecuencia de sus viajes. Ahora hay más que una reafirmación en sus actos. El haber ido a Pyongyang ―después de que casi por tres lustros no lo hiciere ningún mandatario chino― es una bravuconada oficial. ¿Y ahora qué? Es una declaración de  enemistad amenazante, para mayores; y de severas advertencias, para menores. 

Lo malo de esto es que Kim comenzará a perder autonomía. Cederá soberanía y deberá hacer cambios sustanciales y reformas a su economía y la organización del sistema político de su país. 

China ahora conquista con grandes inversiones. Salvar a Kim costará caro. Paralelamente, Pyongyang deberá medio abrir algunas puertas. Ello suscitará suspicacias. Se desatará una ola de represiones. 

Corea del Norte ha sido, políticamente, como una colonia china en el lejano noreste asiático. Ha sido un experimento radical, retrógrado que ha asfixiado al pueblo norpeninsular.

La evidencia más palpable de los logros de los dos sistemas capitalista y comunista está en los dos Estados inquilinos de la península coreana: la del Norte es una gran cárcel, atrasada, lóbrega, pobre, represiva (un Estado-verdugo); mientras Corea del Sur es un modelo democrático, de impetuoso desarrollo y de pujantes avances tecnológicos (una democracia plena de valores occidentales); que en nada le ha arrebatado su cultura antigua ―tradiciones, costumbres― a los coreanos más escépticos. 

Corea del sur es una potencia tecnológica mundial.

¿Y Corea del Norte, malgobernada por un dictador, hasta dónde ha llegado?

(Favor, ver las estadísticas infames).

Y ahora, para que no siga sufriendo más o se humille el tercer Kim, aparece el bondadoso y reposado Xi para decirle a su súbdito ideológico: vengo a rescatarte. Claro, todo mundo entiende lo que hay detrás de los berrinches del niño de corona y cetro colorados. Él nunca ha sabido nada de economía. Su país jamás progresa, nunca avanza; vive arrinconado en el museo de la guerra fría, ensalzando un pasado de héroes chovinistas, fusileros y temerarios.  

Para Washington, los gestos y mensajes del señor Xi, en su visita a Pyongyang, no sorprenden a nadie. Él era el padrino del bambino-cafone. Pero, obviamente China adelantó los acontecimientos, al ver que el presidente Trump no articula sus discursos con la diplomacia tradicional norteamericana. Aunque el aparato gubernamental washingtoniano actúa bien,  sin Ejecutivo. Como todos los intereses se conocen, se sabe bien quiénes son sus adversarios y en qué dirección ir. Si no está el cocinero, todos comen.

China Continental, sin quererlo, está creando fricciones con estas movidas. Moscú lo nota, aunque lo disimule. 

Lo repito. Mientras Moscú se enfoque únicamente en el poder militar, se limitarán a arrebatar, nunca a prosperar: Crimea, Siria, Osetia; los chinos continentales comunistas encontraron en el comercio libre la red con la que salen a pescar en altamar. Los pregones del mercado son su evangelio. 

Xi está usufructuando su estrategia. Está diciéndonos: estas son mis coordenadas. Se siente invencible. 

Hoy el señor Kim dormirá más confiado; aunque no sabe que el pago del salvamento quedó pendiente. 

Beijing no tardará en recordarle los términos por incurrir en mora. Después, enviará al cobrador.