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En Nicaragua se han abierto muchas heridas y tardarán en cicatrizar. No se puede negar que existe mucho odio. Me refiero objetivamente a la polarización política que causa el odio en nuestro país. En uno y otro bando hay personas odiando. Tocará principalmente a las comunidades cristianas —católicas y evangélicas— trabajar mucho para que permitamos que Dios toque nuestros corazones y los sentimientos de odio puedan desaparecer.  

Desgraciadamente, ninguna organización internacional, ninguna asociación humanitaria, ningún gobierno, ninguna ley puede quitar el odio del corazón humano. Solo el poder de Dios puede erradicar el odio de los corazones heridos y deseosos de venganza. La fuerza más efectiva contra el odio procede de la Sagrada Biblia. “Porque la Palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que espada de dos filos y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona y somete a juicio los pensamientos e intenciones del corazón” (Hebreos 4.12).

Sabemos que el rencor y el odio no desaparecen automáticamente, de la noche a la mañana. Pero puede lograrse. Jesucristo, quien transforma corazones y despierta conciencias puede cambiar a las personas. Millones han logrado seguir sus enseñanzas sobre perdonar, amar a sus enemigos y orar por los que los persiguen (Mateo 5.44).

Jesús eligió como apóstol a Mateo, un odiado recaudador de impuestos para Roma (Mateo 9.9; 11.19). Acogió a los gentiles, excluidos y odiados por los judíos (Gálatas 3.28). Los seguidores de Jesucristo fueron conocidos por su amor incomparable (Juan 13.35). Jesús mismo desde la cruz exclamó: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lucas 23.34). Cuando lapidaron al diácono Esteban, las últimas palabras que pronunció fueron: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hechos 6. 8-14; 7.54-60). Los cristianos cumplen la enseñanza de Jesús de hacer el bien a todos, incluso, a quienes les hacen daño (Gálatas 6.10).

En 1998, tres hombres blancos de Texas, Estados Unidos, atacaron a un muchacho negro llamado James Byrd Jr. Lo ataron a una camioneta y lo arrastraron cinco kilómetros por la carretera asfaltada. Murió a la mitad del camino cuando su cuerpo golpeó el borde de una alcantarilla, cortando su brazo derecho y su cabeza. Este suceso fue catalogado como el crimen de odio más espantoso de la década de los 90. Tres hermanas del muchacho dijeron en un comunicado: “La tortura y el asesinato de un ser querido causan un vacío y un dolor inimaginables. ¿Cómo responder a un acto tan brutal? Nunca se nos ocurrió tomar represalias, expresarnos con odio ni lanzar una campaña llena de rencor. Pensamos: ¿Qué habría hecho Jesús? ¿Cómo habría reaccionado? Su reacción habría sido de perdón y de paz. Hay injusticias o crímenes tan horribles que es difícil perdonar y olvidar lo sucedido. Pero, el perdón no solo desecha el resentimiento, sino que permite seguir adelante y no enfermar física ni mentalmente por guardar rencor.”

Perdonar no significa aprobar la ofensa ni dar oportunidad para que vuelvan a hacernos mal. No significa permitir que se aprovechen de nosotros o hagan mal a otros. No significa renunciar a la justicia, sino saber distinguir entre la justicia y la venganza. Aunque no aprobemos lo que nos hayan hecho, no permitamos que nos consuma la ira. Más bien, tengamos confianza en que Dios hará que se haga justicia, y si no logramos la justicia humana, recordemos que al final Dios impartirá su justicia divina (Hebreos 10.30-36). Esforcémonos por perdonar pronto en vez de dejar que la ira eche raíces en nuestro corazón (Efesios 4.26 y 27). Jesús nos enseña a orar así: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Lucas 11.4).

¿Difícil? ¡Por supuesto! ¿Imposible? ¡No! ¡Dejar de odiar y perdonar no es imposible! Quizá no podríamos si solo confiáramos en nuestras fuerzas humanas, porque a veces los malos instintos nos dominan. Pero es posible si contamos con la fuerza de Dios en nosotros. “Para Dios no hay nada imposible” (Lucas 1.37). Digamos como Pablo a los Filipenses: “A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13). Dios nos dice: “No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no temas, pues yo soy tu Dios. Yo te doy fuerzas, yo te ayudo; yo te sostengo con mi mano victoriosa” (Isaías 41:10).

Procuremos que en Nicaragua no siga creciendo tanto el odio. Encontremos en Dios el consuelo a nuestra pena, alivio a nuestro dolor y paz para nuestro corazón.   

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