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La primera vez que oí hablar a Kamala Harris, no me sorprendió su discurso. Me detuve por su moderación y agudeza; su esmero y sosiego. Los norteamericanos no hablan con la elegancia ni el fino vocabulario de los británicos. Aunque, sí, curas y abogados, en Estados Unidos, manejan un pulido lenguaje.

La senadora de 54 años ―joven para las contiendas políticas― ha demostrado porqué ella donde llega, se destaca. Además que tiene una agenda gubernamental para la nación y quiere romper con el tradicional liderazgo político norteamericano.

Mi punto. Los Estados Unidos está viviendo una crisis de identidad o lo que llamo: la transición hacia el mestizaje. ¿Se avecina una lucha intensa por los derechos civiles II? ¿Habrá cambios radicales dentro de la sociedad norteamericana? Washington urge experimentos anti-status quo. ¿Podría entrar en ese grupo Harris y Warren? Tal vez, por ser mujeres. La nueva composición étnica norteamericana parece ya estarse imponiendo. ¿Están enterados los norteamericanos del mainstream de esa nueva tendencia? ¿Cómo van a reaccionar?

Kamala Harris es para los norteamericanos ―que todo lo etiquetan de acuerdo a estándares étnicos― una candidata negra. Falso. Es mulata; su padre, negro jamaiquino y su madre, hindú. Eso la convierte en híbrida, mezclada.

Todos lo sabemos. Es abogada. Fue procuradora en el estado de California. Y desde hace 2 años llegó al Senado, en Washington, para hacer oír su voz dentro y fuera de las filas del Partido Demócrata: una tienda de ideologías. [La cultura política norteamericana se rige así, en cuanto a los dos mayores partidos políticos: demócratas y republicanos. Ambos tienen diversos matices ideológicos; claro está, los republicanos  albergan más conservadores; los demócratas cobijan a liberales, social demócratas y hasta comunistas].

Veo algo que la sociedad está demandando, urgentemente. Los Estados Unidos ya no son los mismos. Y no lo son porque los hijos de los migrantes ―no del stock sajón: británicos, alemanes, holandeses― proceden de otras regiones del planeta. Y, estos, de color de piel no láctea (que no quiere decir que no sean blancos por genética): han ido a la escuela, hablan el inglés perfecto y se han involucrado en política con ideas y liderazgo. Estos descendientes de inmigrantes-no-sajones acarrean un bagaje acicateado de historias dramáticas y odiseas, de sus padres, parientes y amigos, con esperanzas para que el neorracismo no se imponga; o, por lo menos, para que la tolerancia racial prevalezca.

¿Está Estados Unidos entrando a una era de luchas antirracistas, ya no por los afrodescendientes, sino por los cobrizos? ¿Será necesario otro Martin Luther King Jr?

¿Ya está llegando a su fin la supremacía de los que cruzaron el Atlántico y llevaban consigo la idea de asentarse y establecer ahí nuevas colonias?

Así parece.

La sociedad norteamericana ahora es marcadamente variopinta. Ya no es una sociedad: homogénea ―mayoría-minorías. Se invirtió esa ecuación. Ahora las minorías son la mayoría.

Por otro lado, hay un precedente que está reclamando una parte del pastel. Y ese precedente ya lo dejó la ex candidata a la presidencia de los Estados Unidos, Hillary Clinton. Hay una demanda de liderazgo femenino fuerte para la Casa Blanca, que podría alcanzar su objetivo en, al menos, las dos próximas elecciones.

Aunque sea muy temprano para decirlo, la candidata Harris se proyecta y habla muy bien. Ella podría devolverles el poder ejecutivo a los demócratas. Ella personifica no solo otra aspiración para las mujeres, sino que también representa un nuevo rostro (ya Barack Obama también dejó un precedente); por supuesto, dentro de las filas del Partido Demócrata, que es donde cabría.

Washington demanda un cambio que rompa varios paradigmas. ¿Para contrarrestar, los republicanos irán con Rubio o Cruz?

Dudo mucho que Donald Trump se reelija; su liderazgo es errático, inapropiado. Por él, Washington no ha hecho sentir su voz como líder global. El mundo ha oído y visto los chistes, enredos y gaffes de un presidente que no retiene ni aprende. 

Trump nunca quiso ser estadista; solo quería más poder por otros medios. Y en más de dos años, no veo, siquiera, que se haya aprendido bien el guion de presidente.

Los Estados Unidos van en el camino de la recomposición social (¡Ojalá!, no sea descomposición). Ya es una sociedad confrontada internamente. No, porque el pluralismo divida o enrede las cosas, sino porque la democracia buena le da derechos a todo el mundo.

No estoy en favor o en contra. Señalo los hechos. 

En política, las cosas no permanecen igual siempre. Este mundo es heraclitano: de cambios continuos.