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Jesús nos dice: “Mi paz les dejo, mi paz les doy, pero no se las doy como los que son del mundo. No se angustien ni tengan miedo” (Juan 14:27). Para construir la paz debemos ser personas de paz. Tener paz en el corazón. Esto no significa ser indiferentes a las consecuencias trágicas, dolorosas producidas por los conflictos. Ni tampoco significa negar las responsabilidades de quienes hayan actuado contra la ley, los derechos humanos y la voluntad de Dios. La paz se construye a partir de la paz interior de cada persona, pero también en sus relaciones con organizaciones e instituciones en las cuales nos asociamos y actuamos, como nuestra familia, nuestra iglesia, un movimiento social, una asociación gremial o un partido político.

Para construir la paz en Nicaragua tenemos que empezar desechando todo odio, todo deseo de venganza, toda ira; sin negar la importancia de la verdad y el valor de la justicia. Luego debemos procurar la paz en el seno de la familia y en los grupos en que participamos y nos relacionamos. Si proyectamos paz a los demás tendremos una influencia positiva para que otros también encuentren la paz interna y se logre que toda una comunidad deseche la ira, el odio y la violencia, convirtiéndose en una comunidad de paz, sin olvidar la verdad y la justicia.

En todo conflicto violento hay culpas de todas las partes involucradas. Generalmente, cuando el conflicto se da entre un gobierno y la oposición es un conflicto entre quien tiene el poder y quienes no lo tienen, entre un poderoso y un débil. En las diferentes formas de protestas reprimidas por un gobierno, cuando la represión es violenta, frecuentemente esa violencia represiva sobrepasa los límites legales y el respeto a los derechos humanos. Si desde el sector Pro-Gobierno surgieran personas sinceras deseosas de promover la paz, deberían reconocer la verdad de esos hechos.

Pero el sector más débil no siempre actúa sin violencia y cuando en un ambiente de protestas se crea un clima de tensión, a veces surge la ira y pueden darse  provocaciones y actos violentos de quienes protestan, yendo más allá de la ley y del respeto a los derechos humanos. Si desde este sector surgen personas sinceras deseosas de promover la paz, también deberían reconocer la verdad de esos hechos, aunque sean menores que los del sector del poder.

El Dalai Lama considera la paz como “estado de tranquilidad y sosiego basado en la honda sensación de seguridad que se deriva del entendimiento mutuo, de la tolerancia de los puntos de vista ajenos y del respeto a los derechos de los demás”. La Iglesia católica enseña que “la paz es un valor y un deber universal; halla su fundamento en el orden racional y moral de la sociedad que tiene sus raíces en Dios mismo, fuente primaria del ser, verdad esencial y bien supremo. La paz se funda sobre una correcta concepción de la persona humana y requiere la edificación de un orden según la justicia y el amor”.

Los cristianos en Nicaragua debemos promover la paz y el diálogo entre el Gobierno y quienes (surgiendo de alguna forma que ahora, para efectos prácticos, ya no tiene importancia) están representando a la oposición. El diálogo como búsqueda del entendimiento, de la tolerancia de los puntos de vista ajenos y del respeto a los derechos de los demás para darle plena libertad a los presos por razones políticas, restablecer los derechos constitucionales y celebrar elecciones libres para que se resuelva el conflicto sobre quién debe gobernar, según decida con su voto la mayoría.

Pero en el diálogo no se debe esperar que uno resulte ganador y otro perdedor, ni que uno obtenga todo y el otro nada; sería establecer una paz falsa, en la que antes de las elecciones un sector viviría bajo temor y represión, y después de las elecciones —con el posible cambio de gobierno— sea el otro sector quien tuviera que vivir con temor. La verdadera paz debe erradicar todo odio y sed de venganza, evitar incluso insultos, ofensas de unos a otros, de los que hoy gobiernan y de los que puedan gobernar mañana. Con justicia, aunque diferente a la común, transicional (que permita la transición), mediante el reconocimiento de la verdad, la reparación económica y/o moral a las víctimas y las sanciones a los culpables según lo posible en una realidad transicional. Una paz para vivir todos con tranquilidad y no con nuevos conflictos.

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