•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Web

De visita a la célebre Pontificia Universitas Gregoriana, guiado por uno de sus más aprovechados estudiantes, recorrí Roma —en autobús, metro y a pincel— el pasado e inolvidable jueves 30 de mayo. Alterné con el grupo de compañeros del sacerdote jinotepino que conoce, como la palma de su mano derecha, lo mejor de la capital del catolicismo. Por él, Hugo Gerardo Chávez Baltodano —expárroco de San Juan de Oriente y del pueblito San Gregorio Magno, en el municipio de Diriamba— pude admirar la grandiosa y terapéutica Fontana de Trevis, esculpida por Bernini Salvi y Panini en el siglo XVIII, más otras tantas maravillas seculares: piazzas y templos, imponiéndose el monumental Pantheon (o Basílica de Santa María ad Martyres), en pie desde el siglo II. Allí se aprecian las bien ornadas tumbas de Rafael Sanzio —uno de los magnos pintores del Renacimiento— y del rey Víctor Manuel II, máximo héroe nacional de Italia.

Del 27 de mayo al 3 de junio del 83 había permanecido en Roma, asistiendo a un congreso de historia; pero solo la disfruté a vista de pájaro. Ahora vine especialmente a la Gregoriana para ser testigo de la inteligencia, el humor y la aplicación al estudio del referido grupo de curas jóvenes: un mexicano, no tan amigo de López Obrador; un español, que no oculta su liderazgo natural; un ecuatoriano y un salvadoreño, también con sus bien definidas personalidades. A todos ellos les confié mi experiencia de laico historiador de la Iglesia en Nicaragua, de mi librito sobre el fiero enemigo de Pío Nono —Giuseppe Garibaldi—, del interés que me ha conducido a la Gregoriana para hablarles de mi tía bisabuela Elena Arellano (1836-1911), fundadora de la educación católica en mi hoy abatida patria y destinada a constituirse, durante los próximos años, en candidata a merecer el reconocimiento del Vaticano como lo que ella fue: una suprema Sierva de Dios. El grupo en cuestión, no lo dudo, cumplirá con la sentencia latina: cum feris, fernus: Con fieras, fiera.

En la Gregoriana se oían voces en no pocos idiomas: escuché la defensa de una tesis doctoral en inglés y vi circular a monjas y clérigos de múltiples rincones del planeta, a una arquitecta peruana que investiga las iglesias construidas por jesuitas en Hispanoamérica, a sabios profesores —tanto de la Unión Europea como fuera de ella— y a muy curiosos turistas asiáticos. Una señora me confundió, sentado en un bar, con un mitrado de Milán, seguramente por mi contextura septuagenaria y elegante traje negro. Y un joven sacerdote en bicicleta, amigo del padre Hugo Gerardo, le preguntó a este —cuando salíamos de la Gregoriana— si yo era su obispo. Ambas situaciones me halagaron el alma.

Una exposición de enormes y magníficas fotografías a color admiramos. Consistía en rostros de personajes vivos que lucían en la entrada de la pontificia universidad establecida en 1533. “Unbelievers” (No creyentes) era su título y el nombre del artista: el británico Aubrey Wade. Originarios del Reino Unido, Japón, Noruega, Norteamérica y Brasil, todos —incluyendo mujeres— se confesaban ateos militantes. Me sorprendió un rabino treintañero de una sinagoga liberal en Londres —no discriminatoria de los gays— y tres brasileros. Uno de Portoalegre: el único universitario de una familia católica pobre. Los otros dos, en Río de Janeiro, formaban una feliz pareja de casados: el pastor evangélico convertido al ateísmo Sergio Viula (de 55 años) y Andrés Teniaurao (de 25). Sin comentario.

Lo que sí cabe referir es la iluminada presencia de Zingonia Zingone: cuatrilingüe (escribe en español, inglés, francés e italiano), una admirable mujer de arraigada cultura superior, traductora de varios y valiosos autores nicaragüenses, entre ellos a Ernesto Cardenal y sus dos últimos poemarios. Naufragio, desierto y amor-místico constituyen las palabras claves de su poesía, marcada por la búsqueda y el encuentro de la plenitud trascendente, como se constata en el volumen El canto de la Sulamita / Poesía reunida: Songs of the Shulammite / Collected Poems (Bogotá, Uniediciones, 2019), traducción al inglés de la autora con María Lourdes Pallais. Zingonia me impartió sus conocimientos profundos de hagiógrafa, con énfasis en San Felipe Neri (1515-1595) y, como una excepcional cicerone, colmó mis horas de fatigable turista romano.

Esta mi segunda visita a Roma se la debo a don Franco Piva, cuyos cincuenta años de sacerdocio celebró en la Casa que regenta: Gescé Divino Operaio (Jesús Divino Obrero) en Villa de Torrevechia, 256. La fecha 13 de enero de 2018. Tres noches dormí en una de sus habitaciones, no sin hojear hagiografías como las de Carmelita Florentino Luigi dell’Inmaculada y la del famoso Padre Pío de Pietrecina y, junto a mi cama, la clásica Storia de Cristo de Giovanni Papini (1881-1956). Consiste en una edición de 1961 con ilustraciones a color de la biblioteca Laurenziana de Florencia y grabados en blanco y negro de la scola fiorentina del secolo XI. Don Franco es un gran ejemplo y protector de los sacerdotes nicaragüenses que han estudiado y estudian en Roma. Administrador de su Casa es Javier Chávez, nacido en El Viejo, Nicaragua, doctor en psicología y experto en fabricar limoncello, licor bajativo muy común entre los italianos.

Allí también residen el sacerdote Julio Balladares, de Chinandega, poseedor de cinco lenguas vivas (español, inglés, italiano, francés y alemán) más cinco muertas (latín, griego de los LXX, siríaco, hebreo y arameo), el único nicaragüense candidato a doctor en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma; y Hugo Gerardo Chávez Baltodano, autor de la tesis de licenciatura sobre las relaciones de la Iglesia y el Estado de nuestro país durante los años 60, 70 e inicios de los 80. Yo le proporcioné, en su momento, algunas imprescindibles fuentes secundarias.

No olvidaré puntualizar que el dinámico Don Franco Piva  es Primado de la Cámara del papa Francisco, desempeñándose —desde hace muchos años— como Protonotario de Su Santidad. Igualmente, que entre Hugo y Javier me recibieron en el Fiumicino y me llevaron a cenar en Goose / Restorante Pizzeria, instalado en un viejo pub estilo irlandés, desde donde se admiraba la soberana cúpula de la Basílica de San Pedro.