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Hace ya muchos años, como miembro de un movimiento de laicos católicos, me tocó dar una charla sobre “El Amor de Dios Padre” en la Iglesia de Xalteva de Granada (Parroquia de la Asunción) entonces a cargo de los padres jesuitas —mis formadores desde la primaria hasta la universidad, y luego mentores de mi compromiso cristiano—. El padre Luis María Badiola S.J. escuchó casualmente mi charla; al final de la misma se me acercó hablándome como el maestro al discípulo:

“Veo que trasmites con fuerza el amor del Padre… ¡qué bueno! Pero, ten siempre presente que Dios nos ama con amor de padre… pero también con amor de madre. Dios no es varón ni mujer, Dios es Dios. Su amor es infinito y podemos hablar de Él como padre y también como madre. Entre los que te escuchen habrá quienes nunca han conocido un padre, o no tienen buen recuerdo de su padre y no conocen el amor de padre; para ellos será más fácil comprender el inmenso amor de Dios si lo presentas como un padre, pero también como una madre”. Desde entonces, siempre que hablo del amor de Dios hablo de un amor infinito de padre y madre (cf. Catecismo No. 239).

Por otra parte, los católicos amamos y veneramos a la Santísima Virgen María como nuestra madre. Ella es la Madre de Dios hecho hombre, Nuestro Señor Jesucristo, y por consiguiente madre nuestra por ser Jesús destinado por Dios Padre a ser “el primero de muchos hermanos” (Romanos 8.29).  Nos vemos representados en el discípulo amado, Juan, a quien desde la Cruz Jesús le dijo: “Hijo, he ahí a tu madre” (Juan 19.26 y 27).

María es la llena de gracia, bendita entre todas las mujeres, a quien por siempre se le llamará bienaventurada (Lucas 1.28, 35 y 48). Si en la Sagrada Biblia se nos pide interceder ante Dios unos por otros (Santiago 5:16), con mayor eficacia María intercede por nosotros estando tan cerca de Dios. La llena de gracia está llena de amor por nosotros, porque está llena del Espíritu de Dios, y Dios es amor (1Juan.4.8). María nos ama. Por eso le decimos con amor y confianza: Madre, ¡ruega por nosotros!

Tener en la Virgen María a nuestra madre celestial no disminuye en nada el amor infinito de padre y madre que nos viene de Dios: la fuente de todo amor. Que Dios nos ame con un amor infinito de madre no disminuye en nada el amor de madre que nuestra madre celestial, la Virgen María, nos tiene; ni impide que la amemos; como tampoco impide que amemos a la madre de cada cual en el mundo, a la bendita mujer que nos dio a luz, que nos ha cuidado y amado en nuestra vida. ¡Qué dichosos somos de recibir tanto amor!

Dios no solo nos ama, sino que Él mismo es amor y de Él proviene todo el amor que existe en la creación (1Juan.4.8). Es un amor compasivo y misericordioso. Un amor de padre que nos cuida, protege y da valor; y un amor de madre que nos consuela, nos da ternura y sana nuestras heridas.

Dios en su palabra nos dice: “No temas, porque yo te he protegido; te he llamado por tu nombre; mío eres tú” (Isaías 43.1). “¿Se olvidarán las madres del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ellas llegaran a olvidarse, yo nunca me olvidaré de ti” (Isaías 49.15). “Las montañas se correrán y las colinas se moverán, pero mi amor de tu lado no se apartará” (Isaías 54.10). “Con amor eterno te he amado, por eso he reservado gracia para ti” (Jeremías  31.3). “Con lazos de ternura, con cuerdas de amor, los atraje hacia mí; los acerqué a mis mejillas como niños de pecho…” (Oseas 11.4).

Jesús nos presenta el amor de Dios Padre en la parábola del Hijo Pródigo, como aquel padre que espera todos los días, con ansias, al hijo perdido que se fue y un día regresa arrepentido, y lo recibe con inmenso amor, sin reproches, haciendo un banquete por el hijo perdido que ha regresado (Lucas 15.11-32).

Seguiremos invocando a Dios “En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Seguiremos orando al padre, llamándolo “Padre Nuestro” o “papá” (abbá), como lo llamó Jesús (Marcos 14.36), pero sin olvidar que nuestro Dios Padre nos ama con amor de padre y también con amor de madre, porque su amor no tiene límites.