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Para establecer el reinado de la corrupción en el Estado, y por ende, también en la sociedad, no sólo influyen las ambiciones que acumulan las clases dominantes, sino también las tramas políticas que tejen los líderes corruptos de los partidos políticos dominantes. La corrupción no reconoce fronteras políticas ni ideológicas y cada sector dominante utiliza sus propios hilos para elaborar el tejido que le da cobijo y protección a ambos: a la corrupción y a los corruptos.

Pero, ¿qué de nuevo le agrega el orteguismo a la corrupción tradicional? Le agrega la utilización de elementos corruptos de la derecha, para canjear con ellos servicio incondicional por inmunidad. Los gobiernos neoliberales fueron sectarios en eso: poco compartieron su corrupción. El orteguismo ha sacado de las sentinas de la corrupción derechista: 1) a Arnoldo Alemán, con el pacto; 2) Roberto Rivas (este señor se ha mantenido en el “hit parade” de la corrupción desde hace mucho tiempo), y 3) Steadman Fagoth.

Las deformaciones hechas en las respectivas áreas administrativas, o actos de corrupción en sus funciones, han sido reveladas periódicamente en la prensa escrita, principalmente, y en cada una de ellas hay escalofriantes formas de dilapidación de los recursos públicos. Enriquecimiento ilícito con modalidades conocidas y de vieja data en el Estado y de origen reciente en las andadas de sus protagonistas. Por ello, no las voy a repetir.

Lo que debe llamar la atención de la ciudadanía es la forma que tienen los corruptos de entrelazar ambiciones e intereses creados con la política. Rivas, por ejemplo, nunca se ha declarado un político; pero pasó con naturalidad de depredador de empresas privadas religiosas al Estado, y cuando le llegó la urgencia de protegerse de la justicia, y su padrino, el Cardenal Miguel Obando no pudo más, lo amparó con otro corrupto, el entonces presidente Arnoldo Alemán. Bajo su protección arribó al Consejo Supremo Electoral y antes de terminar la influencia directa de Alemán en el Estado, pasó a cobijarse bajo la sombra de Daniel Ortega. El CSE le sirve aún de paraguas y en donde obtuvo amparo, primero como magistrado y desde hace varios años como presidente.

Con Alemán y con Ortega, a Rivas no le ha faltado la función protectora, casi paternal, del Cardenal Obando, quien, a su vez, y con tal de hacer efectiva su protección, no ha vacilado en aliarse con Ortega, después de haber sido incondicional de Alemán en su contra. La trama, para ser tupida y fuerte, necesita del poder sin mirar ni reparar en quién lo ejerce ni el ropaje ideológico con el que se vista. Con tal de seguir protegiendo a Rivas, el Cardenal Obando no reparó en nada: para ayudar a Alemán, hizo el cuento de la víbora (contra Ortega), a quien después le dio cobijo en su iglesia.

La protección para Rivas no se limita a encubrirlo, sino en sostenerle en el cargo y de subirlo en el escalón institucional, con el fin de taparle sus faltas con la “autoridad” de uno de los Poderes del Estado. No pormenorizo los delitos atribuidos a Rivas, denunciados, incluso, por un pariente cercano –su primo, Rigoberto Reyes—, por ser muy conocidos. Pero recuerdo las “monedas” con las cuales ha pagado su protección: primero, siendo magistrado “liberal”, sus votos en el CSE a favor del orteguismo, y después el fraude electoral de 2008. (También abonó a su deuda, con declaraciones a favor de la reelección de Ortega).

Las hazañas de Steadman Fagoth son diferentes de las de Rivas. Cuando joven --en los años sesenta--, Fagoth buscó una beca de estudio en la antigua URSS por medio de los socialistas nicaragüenses; como no logró la beca, se metió a colaborar con la tristemente famosa “seguridad” somocista, lo cual confirmó Tomás Borge en los años ochenta, y lo reconfirmó Francisco Rodríguez Meza (END, 4/6/09), quien vincula a Fagoth con el asesinato del cuadro sandinista Francisco Meza. La pregunta con la cual Meza concluye su acusación contra Fagoth espera respuesta del gobierno que le tiene como su funcionario: “¿Se trató de una mentira más de Borge (…), o Fagoth ha sido premiado por su acción por el actual gobierno?”

Después, Fagoth participó en la contrarrevolución armada que financió el gobierno de Ronald Reagan; luego, se unió a la Unión Nacional Opositora con una organización indígena de la RAAN, y de la victoria electoral del 90 sacó una curul en la Asamblea Nacional, desde donde comenzó a coquetear con el orteguismo, hasta convertirse en su aliado y ahora funcionario de gobierno. Como director del Inpesca, Fagoth ha reconocido, desde luego no abiertamente, sino de forma sofística, haber cometido abusos con recursos bajo su responsabilidad. Pero también, con altanería de gañán protegido, amenazó a los periodistas con llevarles cadáveres a los patios de los diarios en donde trabajan. (Fagoth justifica sus gastos excesivos con el supuesto traslado de cadáveres de víctimas del último huracán).

Con estos dos casos en el gobierno de Daniel Ortega, no se inicia la corrupción en el Estado, ni son los únicos. Él prometió combatir la corrupción, y más bien la ha promovido, lo cual le afirma como parte de la descomposición tradicional de nuestra política.

También ha diversificado la corrupción, combinándola con temas políticos de carácter internacional. Me refiero a una situación que ha complicado la suerte de la democracia en Nicaragua: entre tanto aquí el gobierno orteguista es combatido por la mayoría de la población, por su carácter represivo, violador de las libertades públicas y los derechos políticos, hacia el exterior se proyecta con la imagen de líder de una revolución acosada por la derecha y el imperialismo.

En realidad, a Ortega no le preocupa que la ultraderecha y el imperialismo hagan lo suyo, porque sabe que sus planes no son los mismos de los años ochenta ni ahora cuentan con las simpatías del pueblo como en el 90 del siglo pasado. Lo que hace Ortega es aprovechar la lucha contra su fraude electoral –del cual también es víctima la derecha—, para presentarla como una “conspiración” contra su gobierno “revolucionario” y para meter en el mismo saco a los sectores democráticos y revolucionarios adversarios de su reelección. Y reprime por igual a todos.

El orteguismo se vuelve contra el pluralismo político que en la historia de Nicaragua inauguró la revolución popular sandinista, con la represión de toda actividad opositora, acusándola de “conspiración”. El contrasentido de esta actitud, está en que el orteguismo pasó 16 años conspirando (el pacto con Alemán es su peor expresión), haciendo manifestaciones saboteadoras y tan violentas como ninguna de la oposición lo ha sido cuando protesta por sus violaciones de las leyes. Corrupción es corrupción, pero ya vemos que la actual es más compleja.