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Tenía 12 años, cuando ocurrió la caída del gobierno de Anastasio Somoza Debayle. Aproximadamente el 70% de la población actual de Nicaragua nació después de ese evento, que este 19 de julio cumple 40 años. No es de extrañarse, por eso, que muchos nicaragüenses jóvenes estén desinformados sobre el origen y resultado de la llegada al poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El sandinismo no es una doctrina política ni social; ha sido un movimiento radical, organizado para tomar el poder absoluto y beneficiarse del mismo. Augusto Caderón Sandino nunca fue un líder de la izquierda ni un prominente estadista, sino un caudillo de la guerra constitucionalista del 1926 – 1927 que peleó del lado de los liberales y se opuso rotundamente a la intervención militar norteamericana.

Esa guerra fue provocada por el golpe de estado llamado “El Lomazo”, llevado a cabo por el general Emiliano Chamorro en contra del presidente Carlos Solórzano. Una vez se firma el Pacto del Espino Negro, Sandino decide continuar su lucha hasta que los militares norteamericanos se retirasen, lo cuál sucedió en enero de 1933.

El recién nombrado jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza García mandó a asesinarlo un año después, porque el liderazgo de Sandino claramente atentaba contra los planes del futuro dictador.

Sandino murió antes de cumplir los 39 años y nunca tuvo la oportunidad de ocupar un cargo público o desarrollar su orientación política. Lo que sí está entendido y mereció el respeto de todos fue su respeto a la Constitución y su fervientemente nacionalismo.

El FSLN fue fundado en 1961 por personas de clara vocación marxista-leninista, quienes tomaron el nombre de Sandino y su bandera para bautizar a un movimiento que buscaba derrocar a la dictadura somocista para instaurar un sistema de gobierno al molde cubano.

Nunca pretendió democracia, sino un socialismo de Estado donde el poder lo controlan los altos mandos del partido a costa de los derechos individuales y de la participación democrática del resto de la población. Al derrotar a Somoza sobre las espaldas de una insurrección popular, nueve dictadores se repartieron el pastel e iniciaron su aventura. Con la excusa de redistribuir la tenencia de la tierra, expropiaron, sin compensar a los dueños, más de 224 mil hectáreas y 1,600 empresas.

Su Estrategia de Desarrollo Agropecuario y Reforma Agraria, elaborada por la División General de Planificación del Ministerio de Desarrollo Agropecuario y Reforma Agraria (MIDINRA, 1982a:4) declaraba a la reforma agraria como “el instrumento principal de transformación social y económica de la Revolución Popular Sandinista”. El resultado fue la destrucción del sistema productivo nicaragüense, el cual se basaba ampliamente en el agro.

Las exportaciones de Nicaragua en 1979 (a precios constantes del 2010) fueron $1,271 millones, mientras que en 1989 habían caído a $583.1 millones; un desplome del 54%.

En comparación, las exportaciones de Costa Rica en 1979 cerraron en $1,998 millones y para 1989 llegaron a $3,306 millones; un aumento del 65% (datos del Banco Mundial).

Al caer la producción y el empleo, desciende radicalmente la recaudación de impuestos, llevando al régimen a financiar su aparato estatal y la guerra con deuda. La deuda externa nicaragüense subió de $1,615 millones en 1979 a $10,977 millones en 1990.

Obviamente, la moneda se devaluó considerablemente, resultando en una impresionante inflación, la cual había cerrado en 3.77% en 1978 y superó los 13,611% en 1988.

El resultado del experimento sandinista fue llevar el PIB per cápita, medido a precios constantes del 2010, de $2,546 dólares en 1978 a $1,126 en 1990. Al cierre del 2018 ($1,860 dólares) todavía estamos lejos de los niveles de 1978.

Pero el mentado sandinismo no solo se limitó a destruir la economía, sino que también atacó las libertades individuales y los derechos humanos. Practicó la censura, la persecución y los crímenes políticos; atacó la libertad de culto, instauró el servicio militar obligatorio, alineó al país con las dictaduras de izquierda a nivel internacional, adoctrinó a la población a través de las jornadas de alfabetización, intervino en guerras foráneas (FMLN), espió a la población civil (CDS), promocionó el odio de clases y al perder el poder (1990), sus líderes se apropiaron de millones en bienes del Estado.

Lo que está viviendo Nicaragua hoy no debería ser sorpresa para nadie. La respuesta del dictador a las voces de discernimiento son las esperadas de un líder violento y falto de valores. Regresó al poder con la tarea de consolidarlo y nunca más devolverlo. Su intención es mantenerlo a cualquier costo. Aquí no hay un proyecto económico ni social.

Este es el sandinismo, un engaño que llevó a un grupo de personas hacia el bienestar económico por medio de controlar la burocracia estatal. Perder el poder político implica renunciar a los beneficios que genera el Estado, ya que sus adeptos carecen de formación y capacidades para progresar por su cuenta.

Podemos describirlo con una frase de Bertrand de Jouvenel: “Este poder no puede reclamar legitimidad alguna. No persigue ningún fin justo; su único afán es explotar en beneficio propio a los vencidos, a los sometidos, a los súbditos. Se nutre de las poblaciones sojuzgadas”. (El poder: Historia natural de su crecimiento).