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Veamos tres hechos seguidos y elocuentes. Irán derribó, hace poco, un dron estadounidense en aguas internacionales; acaba de detener a un tanquero inglés en el estrecho de Ormuz (el cantado por Darío, no el persa, sino el nica, en un poema); y recién detuvo a una científica francesa-iraní en Terán, aduciendo que era espía. Ello le está creando problemas con tres países occidentales: Estados Unidos, Inglaterra y Francia.

¿Podemos asumir que Irán actúa así porque lo están provocando o tiene la razón?

Mi punto. El comportamiento de Corea del Norte dejó precedentes. Provocar a las potencias occidentales les es útil a los que aborrecen la democracia, los valores cristianos y el capitalismo. Turquía e Irán ya están en ese mismo barco. Pero no. Se debe guardar la compostura, se debe observar la prudencia y la cautela, se deben contener los ímpetus. Washington ha tenido divergencias con los europeos por el asunto iraní. Ello indujo fácilmente a que Irán retomara sus viejas costumbres de disoluto antisemita. Pero no se justifica. Ahora cualquier roce desemboca en crisis. Hay que volver a la diplomacia y dejar atrás las provocaciones. ¿Dónde está la ONU?

Estamos ante un conflicto que sobrepasa el análisis de las trilladas posturas nacionalistas. Hay algo más. La diplomacia solo recoge los reflejos de las crisis en el comercio, el derecho internacional y los valores democráticos, entre Oriente y Occidente. Claro, no hay una guerra frontal. Pero sí hay demasiadas fricciones, muchos involucrados, tantos eventos injustificables.

La teocracia iraní dice que ―como Estados Unidos se salió del acuerdo internacional para vigilar el uso de energía atómica de Irán― ellos (los iraníes) pueden hacer lo que les dé la gana. Pero en la diplomacia las cosas no son tan así.

En este juego tienen mucho trabajo tres grandes potencias. Washington busca llevar sus películas del Oeste a todas partes; Moscú es el azuzador vendedor de armas; Beijing solo pretende oportunidades de negocios, sin importarle valores o derechos humanos. (Y aunque parezca afincarse en el África ―con magnífico ojo visionario―, cada día invierte más en su crecimiento militar, tecnológico digital y aeroespacial).

Pero la cuestión es que en Terán asumen (igual lo deben sentir Inglaterra, Turquía y Francia): ánimos de grandeza imperial. Son herederos de imperios y esa genética parece no desvanecerse, sino más bien soliviantarse.

Algo no menos peligroso. El crecimiento nuclear del régimen de Irán no solo es una amenaza abierta y directa para Israel, sino que sería un factor más desestabilizante aún para todo el Oriente meridional.

¿En Washington sentirán rabia o nostalgia por haber perdido a su aliado de décadas, el régimen del Sha?

Irán, desde 1979 ha sido un enorme dolor de cabeza para la Casa Blanca. En Irán se conjugan muchas cosas de índole particular: hay un régimen totalitario; se asienta en el nacionalismo religioso shiíta y muchos iraníes resienten que la monarquía de los Reza Pahlavi (anterior a los ayatolás) fue un aliado inmoral de Occidente. Por tanto, era un régimen contrario a los intereses nacionales de los iraníes.

Este régimen, si bien es cierto, no ha querido exportar su revolución a ninguna parte, sí ha cometido dos graves errores al asumir el poder. Primero, ha desafiado a Occidente (¿por razones morales o religiosas?); puede ser una mezcla de ambos. Y segundo, se ha declarado enemigo acérrimo de Israel. Ahí las cosas están peor.

No se metan con Israel que es fuerte, inteligente, hábil. Y todas las democracias del mundo le apoyarían si alguien pretendiera hacerle algo. Es el país, cuna de nuestra civilización cristiana, (de igual manera que nadie en Occidente se atrevería a desafiar a Arabia Saudí). Los sentimientos y la religión juegan un papel determinante en todo este quiebracabezas incendiario.

Terán sabe bien esto. Pero lamentablemente, no opta por procurar una política de buen entendimiento o de détente.

De más está decir que los ayatolás tienen sus propias ambiciones religioso-nacionalistas. Y si es así, Turquía, Arabia Saudí ―y la misma Irak― van a sentirse provocados, incómodos si se diere un desbalance en la región.

Irán está muy desasosegado. No le conviene agriar su entorno y salirse de sus casillas.

En la diplomacia no se puede vivir encendiendo fósforos. Ese comportamiento no puede hacer sentirse orgullosos a los iraníes comunes y corrientes.

La ONU debería actuar. Pero sigue siendo un policía inhibido y recatado.

Solo las democracias sólidas y transparentes saben resolver sus problemas sin llegar a enfrentamientos. Le conviene mucho a Irán frenarse un poco. Y a Washington oír más.