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La mayoría queremos un cambio de gobierno, pero no queremos guerra ni violencia; es decir, deseamos un cambio pacífico. ¿Cómo lograrlo? El único modo es mediante elecciones libres. Si hablamos de elecciones libres, estamos hablando de un proceso electoral con candidatos que aspiren ganar la Presidencia de la República. Lo probable es que el FSLN lleve como candidatos a la fórmula Ortega-Murillo. Pero la oposición ha descuidado la solución electoral. Permanece dividida y algunos, todavía buscando caminos que no llevan a ninguna parte.

Es necesaria la total unidad opositora, y para lograrlo hace falta que alguien tome la iniciativa de invitar a todos los partidos, movimientos y grupos representativos de sectores importantes de la población, nos simpaticen o no (así sea el MRS o el PLC, que han sido los más cuestionados). Partidos y movimientos de trayectoria o nuevos, mientras no sean “los que caben en un sofá”. ¿Quién podría convocarlos? Cuando se formó la Unidad Nacional Azul y Blanco, UNAB, pensé que ese sería su propósito, pero se convirtió en un grupo excluyente y con fuerte prevalencia del MRS, lo cual lo descalifica como factor de unidad.

Aunque la Alianza Cívica tiene un alto porcentaje de integrantes afines al MRS, otros son representantes de organismos empresariales políticamente independientes, y creo que bien podría prestar el servicio de facilitador para convocar la unidad nacional opositora y a que se elija un Comité Ejecutivo de la misma, solamente. A partir de allí, el Comité Ejecutivo de la Unidad (¿Unión Nacional Opositora, UNO?) sería quien se encargue de organizar sus estructuras a nivel nacional, elegir candidatos y preparar un Plan de Gobierno. Si la Alianza se niega, ¿podría servir de facilitador la empresa privada?

La UNO —digamos que así se llame— podría convocar a una elección primaria abierta a todo candidato que aspire a la presidencia del país, presentado por un partido o como independiente. Estas elecciones podría organizarlas Ética y Transparencia. Pero si resultaran muy caras o hubiese dificultades logísticas, la selección podría hacerse mediante una buena encuesta confiable para todos realizada por una firma de prestigio internacional. Al final sería el pueblo quien va a decidir (por eso no tendrían razón las exclusiones). Los dos primeros lugares serían los candidatos a presidente y vicepresidente. Los candidatos para diputados serían presentados por los miembros de la UNO sorteando el orden para hacerlo.

Tener una fórmula presidencial y los candidatos a diputados, con el previo ejercicio político de formar la UNO, organizar las estructuras nacionales, las elecciones primarias o la encuesta, más el Programa de Gobierno preparado entre el Comité Ejecutivo y los candidatos, sería una fuerte presión para lograr las reformas electorales necesarias (con la OEA), las elecciones anticipadas (o estar listos para cualquier fecha). Todo esto despertaría nuevamente el entusiasmo del pueblo y le devolvería la esperanza del cambio después de tantos errores y fracasos dolorosos.

Hay quienes piden que renuncie Daniel Ortega y asuma una junta provisional, pero no dicen cómo lograr esa renuncia y objetivamente no se ve ninguna posibilidad de que suceda. Otros hablan de un paro nacional indefinido, lo cual es un llamado a la inmolación de un pueblo que ya tiene demasiada pobreza. No son los grandes empresarios con mucho capital y dinero en otros países los que más sufrirían. Son los negocios medianos y pequeños los que irían a la quiebra y sus empleados a aumentar la lista de desempleados; la farmacia, la pulpería, el que vende pan o lecheagria, las tortilleras, todo pequeño negocio familiar, etc. Se pararían las fábricas, se perderían las cosechas, faltaría el gallopinto y la leche de los niños, las medicinas urgentes; mucha gente, ancianos, niños, morirían. ¿Para qué?

¡El Gobierno no caería con ningún paro! En cambio, cerraría negocios, cancelaría permisos y aplicaría represalias con la DGI y la DGA. Es fácil pedir paro (sobre todo para los que no viven aquí), pero hacerlo no es factible. El Gobierno tiene recursos represivos, sustitutivos y económicos para aguantar. Recordemos los años 80.

Un paro sería inútil, como en su momento fueron inútiles los tranques, barricadas y tomas, sabiendo —como algunos lo advertimos— que terminarían en tragedia. Se sabía que el Gobierno tenía la capacidad para reprimirlos con el doloroso saldo de sangre y lágrimas que hoy lamentamos. Algunos los apoyaron valiente, pero ingenuamente, aunque otros los alentaron con frío cálculo político, irresponsablemente, sabiendo cómo terminarían esas acciones. El error de seguir voces irresponsables no lo debemos volver a cometer.

Dediquémonos a la única solución posible: unidad y elecciones libres.