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En el mes de junio se conmemoran los ciento veintiún años del natalicio de Fernando António Nogueira Pessoa, el hacedor de heterónimos universales como Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro.

El mismo año de la publicación de Azul (1888), por Rubén Darío, nace el genio portugués Fernando Pessoa, en Lisboa, ciudad donde también murió a los 47 años. Un genio acongojado, con una capacidad extraordinaria para describir la tristeza sin amargarse, sino más bien, escribirla a cierta distancia de la realidad, como el intérprete de una pesadilla lenta y difusa, casi estilizada por sus bordes de cornisa angustiada.

Su Libro del Desasosiego se abre con una sensación de invisibilidad humana, como si un hombre-nadie lo hubiera escrito a través de los siglos de un tiempo imposible. Se trata de la autobiografía de un decadente tenedor de libros, de un ser humano desilusionado de la vida, cuya desilusión es el más bello paisaje interior de un alma demasiado sensible y elocuente para sobrevivir a cualquier tipo de rutina mecánica, propia de las metrópolis de la primera mitad del siglo pasado.

El Libro del Desasosiego es un libro para la humanidad, desde la inhumanidad de un autor que no cree en ella, pero es víctima de sus propios sueños metafísicos. Es un libro sin patria, extranjero del mundo, exiliado en otras constelaciones crepusculares, drogado por el tedio y la monotonía de una Lisboa insoportable para el autor, casi como un grifo de melancolía que recorre toda la ciudad y desemboca en la sed de Bernardo Soares, la creación que Pessoa imprimió para este libro.

Es un libro eterno, porque no conoce el principio ni el final. Está fragmentado, como un rompecabezas para armar las piezas que completan el ser de un monstruo desesperado. Es un libro inconciente, como escrito desde un desmayo contradictorio, apolítico, lejano como un Ocaso. Descreído, tampoco se toma el tiempo de criticar cualquier tipo de manifestación colectiva por defender una causa de justicia. Sus páginas se extienden como una semana que solo tiene domingos.

Es un libro anarquista, cuyo caos interno solo sabe gobernar el alma infinita de un Pessoa meditabundo, contemplativo, analítico del absurdo. Es un libro rodeado de idealismo que se extiende a lo largo de una fila de versos estirados en una prosa inteligente y resignada. Es un libro sonámbulo, insomne y madrugador, donde el sueño entra por un oído, y sale por el otro, en un tono de indiferencia orgánica con la vida y el viento que la lleva de un segundo a otro.

Su personaje principal es la inercia del tiempo sobre el espacio, cuyos paisajes internos y desolados recrean a un Pessoa febril. Un Pessoa descompuesto en violines que tocan una melodía fúnebre con las cuerdas flojas y la madera moribunda de sus días repetitivos, cansinos y olvidados.

Quizás el libro más solo del mundo, quizás el libro más triste. Sus figuras literarias se suceden como formas corporales disociadas. Simulan un circo abierto al mundo. Un manicomio donde los pacientes intentan explicar que los locos están afuera, rodeados de relojes y carreteras, atenazados por sus trabajos, sus compromisos, sus rutinas desaforadas.

Pessoa se ubica entre los anónimos del universo, acaso como una cifra de soledad desértica dentro del inmenso orfanato de la existencia: “no recuerdo a mi madre. Murió cuando yo tenía un año. Todo lo que hay de disperso y duro en mi sensibilidad nace de la ausencia de ese calor y de la saudade inútil de los besos de los que no tengo memoria. Soy postizo. Me desperté siempre sobre pechos ajenos, arrullado por vías secundarias”.

Más adelante, Pessoa se va extendiendo sobre frases sueltas que arrulla como un niño que juega con un yoyo, manipulando un juguete emocional que sube y baja por la gravedad de la física: “soy del tamaño de lo que veo”: proclama Pessoa en una de sus líneas, mientras el libro muere lentamente entre cada página que pasa.

Finalmente, Pessoa logra un anti-libro filosófico sin un argumento definido, pero con una calidad literaria solo comparable con la de Shakespeare, Dante o el mismo Milton que el autor ensalza entre sus líneas. Es el misterio de la metáfora misma el que irriga sus páginas de ensoñación surrealista. Sus figuras literarias son tímidas y fascinantes, sus hipérboles introvertidas se desplazan a la par de sus aliteraciones insólitas, como un cortejo de interiorismo mágico.

Pessoa logró eternizar una piedra, un reloj, un puente. Y levantó la piedra para que debajo de ella se mirasen los insectos que habitan en el césped como seres humanos insignificantes. Casi mitológico, Pessoa logró hacer de la Nada un Dios, de la locura, un semidios, del espejo, el veneno póstumo que ensució el alma de los hombres, y del corazón, del corazón escribió desasosegado: “el corazón, si pudiera pensar, se pararía”.


*grigsbyvergara@yahoo.com