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Antes del 18 de abril del año pasado los empresarios organizados en el Cosep recibieron ataques de algunos sectores de sandinistas que estuvieron en el poder durante el gobierno de los 80 y hoy son opositores. Criticaban que el Cosep mantuviera un diálogo con el Gobierno para defender los intereses de la empresa privada. Diálogo que efectivamente existía, pero que no tenía nada de malo; al contrario, gracias al mismo los empresarios evitaron la aprobación de leyes, reglamentos y acciones que hubieran sido dañinas para la economía del país… ¡para todos!

Los ataques contra la empresa privada de parte de grupos sandinistas no deben extrañarnos. Su ideología se fundamenta en el marxismo-leninismo, por lo que son enemigos ideológicos de los empresarios a quienes consideran explotadores. Su ideología tiene como meta restringir la empresa privada, poniendo la economía fundamentalmente en manos del Estado. Niegan que cuando la empresa privada prospera en un país, el país también prospera; que cuando la empresa privada está bien el país marcha bien porque aumentan las inversiones, se crean empleos, circula más dinero y se obtienen más recursos para educación, salud y obras de progreso, y por consiguiente, disminuye la pobreza. Niegan que el éxito de la empresa privada desarrolla y hace progresar al país.

Los sandinistas en 1979 nos engañaron a muchos, incluso, a gobernantes de países democráticos, presentándonos la revolución como políticamente pluralista, auténticamente democrática y de libre empresa, lo cual nunca cumplieron poniendo diferentes pretextos que algunos creímos durante varios años. Confiscaron empresas privadas, bancos, inmobiliarias, compañías de seguros, industrias, fincas, establecimientos comerciales, casas particulares… no solo de Somoza o de culpables de algún delito, sino indiscriminadamente. Destruyeron todo con una pésima administración estatal. Los legítimos dueños de las empresas y los que sabían manejarlas se fueron exiliados.

La destrucción de la empresa privada fue una catástrofe económica. La producción, las exportaciones y las importaciones llegaron casi a cero; los alimentos fueron racionados, el córdoba no valía nada y no existían productos de primera necesidad para la salud o la higiene. Eso fue obra de los sandinistas que hoy están en el Gobierno y de los que se separaron… ¡pero hasta 5 años después de dejar el poder! y motivados por diferencias sobre el control de su partido, sin cambiar de ideología.

Con los gobiernos democráticos (Chamorro, Alemán, Bolaños) regresaron los empresarios, recuperaron parte de lo que fueron despojados, hubo nuevas inversiones y Nicaragua empezó a recuperarse de los desastres causados por los sandinistas. La empresa privada empezó a levantarse, y con ella Nicaragua también.

Cuando Daniel Ortega llegó de nuevo al poder en las elecciones en que los demócratas fuimos divididos en 2007 (error que jamás debemos repetir) los empresarios mediante su organismo representativo, el Cosep, diseñaron una estrategia para que no volviera a darse el caos económico que se dio en los 80, lo que incluyó un diálogo permanente con el Gobierno. Gracias a esa estrategia se evitaron nuevos desastres económicos, manteniéndose activa y en crecimiento la empresa privada. Diálogo que no fue obstáculo para que el Cosep criticara y denunciara públicamente al Gobierno por las violaciones a la Constitución y las leyes, establecer la reelección indefinida, fraudes electorales, represión y arbitrariedades. Es falso que los empresarios fueran aliados del Gobierno. Es una infamia de un sector sandinista en la oposición, como parte de sus tácticas para llegar al poder aunque sea calumniando a sus enemigos políticos y económicos.

El éxito de la empresa privada fue determinante para que Nicaragua progresara durante los últimos 27 años llegando a tener un crecimiento sostenido de más del 4% anual. Bajó mucho la pobreza y era evidente el desarrollo. Pero este progreso le dolía en el alma a un sector sandinista opositor.

El progreso económico no favorecía sus intenciones políticas, porque ellos consideran que si el país progresa le beneficia al Gobierno, por consiguiente, hay que evitar que el país progrese para dañar al Gobierno, aunque se perjudique al pueblo. Asimismo, consideran que a la empresa privada no hay que favorecerla, para evitar el desarrollo y el progreso de la economía capitalista, pues su fin último es sustituir este sistema del liberalismo económico. Es una concepción funesta, pues con tal de llegar al poder no les importa crear miseria ni que miles de personas queden sin empleo ni que haya una catástrofe económica o derramamiento de sangre.

Los demócratas debemos defender la empresa privada, que es una columna importante de la democracia y la libertad.