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La mayor parte de su sangre proviene de la Costa Atlántica. De joven, dicen, aunque eso se mira incluso de mayor, que era bellísima. Imagínenla: ojos de gato y una piel oscura y brillante con unos pómulos dibujados. Yo estaba sentado frente a ella, hace algún tiempo, y hablábamos con toda calma, con toda normalidad. Ella se entregó a la lucha desde que era menor de edad y guarda eso que llama “mística”, porque sin eso, según me cuenta, no sería posible hacer algunas cosas a cambio de nada.

Durante la guerra, una de las labores que le tocó realizar fue la de adecentar los cadáveres de los muchachos que venían de la montaña sin vida, para tratar de contener la impresión que iban a llevarse sus familiares. Incluso, a veces, debía ir a las casas a comunicar los fallecimientos. En algunos lugares del barrio le llamaban La Negra, y muchos vecinos rezaban para que pasara de largo por sus casas y que nunca se parase frente a ellos. Algunos años después, ella misma necesitó ayuda psicológica para volver a realizar tareas normales en tiempos de paz. Hoy habla con la certeza y la convicción de que hay todavía muchas cosas en las que poner esa mística de lucha a la que ella tanto se entregó.

Meciéndonos en su casa, frente a frente, es imposible no quedarse fascinado por lo que ella está contando si no fuera porque, justo en el momento en que me tiene atrapado con sus historias formidables de pasión y entrega, comienza a hablarme de que algunos objetos de su casa, “ellos” los mueven. Yo le pregunto de quiénes me habla, pero no me lo dice y sigue contándome cómo le despiertan por la noche y le hacen mudar los sueños en pesadilla. Son los responsables de su mala suerte. “Cuando las cosas no salen bien, es que ellos están ahí haciendo de las suyas”. Vuelvo a preguntarle a quiénes se refiere, y entonces me cuenta de los “duendes, una especie de hombrecitos que alguien que te quiere mal te envía para vengarse”. Al oír esto, yo no sé cómo reaccionar, pero intento ir acabando una conversación que parecía normal. Todavía no sé si me está tomando el pelo o no.

Cuando uno se enfrenta a un cambio de personalidad de ese tipo es difícil evitar la cara de pasmo. Y sin embargo ella vivía la transición de lo normal a lo fantástico con una naturalidad que te desarmaba. Entonces piensas dónde estaba el límite entre la verdad y lo que no lo era de todo lo que me contaba. He conocido a personas que sufren de bipolaridad y de esquizofrenia, pero nunca había visto un cambio tan rápido y sin transición. Recordé las inolvidables historias de Oliver Sacks, un médico que escribió las historias de sus pacientes y que se ha dedicado a contar la vida de muchísimas personas que sufren síndromes tan extraños como el del hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Y una vez más, estamos ahí, a un paso de que se nos quiebre la percepción de la realidad, y de que nos quedemos sin saber lo que verdaderamente nos hace feliz. Me contaron de la mamá de un amigo que sufría esquizofrenia. Era divertida, vivaz y ayudaba en su casa con una energía de dos personas, y esas dos personas se revelaban consecutivamente en su interior. Además era una gran lectora de comics. Con la medicación había mejorado mucho, pero también estaba más triste, más apagada. Un día, la encontraron en el tejado de su casa con la mirada brillando y perdida en el horizonte. Su hijo, una vez que se repuso, le regañó diciéndole que cuando dejaba de tomar la medicación hacía cosas de ese tipo y no era justo que así fuese. Ella, acordándose de sus viñetas, le contestó: ¿tú le pedirías a Batman que fuera Robin para toda su vida? La plena conciencia de las personas que sufren de algún trauma de este tipo es asombrosa. Una persona muy querida con síntomas parecidos me advirtió en un momento en que yo celebraba su vuelta a la normalidad que, en breve, podía volverse alguien que vivía en otro plano de la realidad.

Para mí que en mi familia hemos tenido siempre un rasgo esquizoide y, como somos de origen andaluz, nos sale fácilmente el recurso a la risa, y a la imaginación
cuando las cosas se tuercen. Imaginamos que todo se va solucionar de manera prodigiosa. Y lo extraño es que alguna vez ocurre tal cual. O creemos que ocurre. Ya nunca se sabe.

El complejo universo de las personas bipolares y con otros trastornos de salud mental merecen una atención mucho más cercana, porque ellos están en un límite de la vida no muy lejano. Quién nos dice a los que creemos andar en la normalidad que no estamos un paso atrás de esa realidad y dos delante de los sueños, de la ilusión.

A estos visitantes de ambos lados de la vida, solemos ocultarlos de alguna manera, evitamos incluso su contacto, y solemos esconderlos o escondernos, si es que somos uno de nosotros quien lo sufre. En cierta manera, se les secuestra del resto del mundo. El aislamiento sólo puede potenciar un aumento de los síntomas. Y la Salud Mental vuelve a ser la más olvidada de las enfermedades olvidadas. Pero entonces, qué podemos hacer. No hay una respuesta fácil en medio de tantas cosas que son urgentes, pero sospecho que esas personas guardan el secreto más profundo de lo que somos, un espejo al que no queremos mirarnos, la búsqueda desesperada de la máxima felicidad. Hermanos del otro lado a los que un día el mundo se les vuelve insoportable, tanto que no tiene explicación la causa de la infelicidad y se lanzan a buscarla en lo invisible, y cuando no lo consiguen, se enfrentan por ejemplo a una lucha sin cuartel contra esos artífices de la mala suerte que, “aunque no los miras, están ahí.” A veces, algunos vuelven victoriosos, y otras no, pero saben mejor que nadie que la batalla en las fronteras de la razón y de la vida continúa. Muchos están solos.


franciscosancho@hotmail.com