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Tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, el Occidente creyó que la historia tocaba su fin, al igual que Hegel, al ver triunfante a Napoleón en Jena. El Occidente tuvo la misma creencia al entrar triunfante en los estados Bálticos, en la Europa Oriental, y en el Asia Central. Se asistía a la mayor transformación del orden mundial. Se inauguró una época en que el espíritu del liberalismo y la racionalidad del mercado ofrecían perspectivas ilimitadas, era el fin de las ideologías, el multiculturalismo se proyectaba triunfante bajo el faro de la diosa Libertad.

Este triunfo no tuvo una trayectoria lineal, pues había sido un recorrido lleno de altibajos, en el que se mezclaron formas alternativas del orden social como el marxismo, la socialdemocracia y los democristianos. La democracia liberal prevaleció en un mundo competitivo y se juzgó como el fin de la historia. Pero había mucho de espejismo, pues si bien había quedado un solo poder político, este demostró ser ambivalente por su tendencia al aislacionismo y el resurgimiento de antiguas dimensiones de poder que resurgían como choque entre civilizaciones que luchaban, unos en busca de su propia identidad y otros por recuperar viejas glorias imperiales.

La democratización de Rusia desembocó en un nuevo despotismo y utiliza el petróleo como caballo de Troya para penetrar en el corazón de Europa. Las empresas rusas en íntima colaboración con el Gobierno ruso han estado comprando activos estratégicos en toda Europa, estrechando el control sobre el suministro de energía en Europa. Actualmente Rusia y la Unión Europea son vecinos geográficos, aunque viven en épocas distintas. La Unión Europea ha entrado al siglo XXI con un espíritu posmoderno y posnacional, creando un espacio amplio de democracia y bienestar. Rusia es todavía un país del siglo XIX con la pretensión de mantener una zona de influencia y dominio regional. Luego, vino el ascenso de China convertido ahora en un gigante geopolítico, favorecido por tantas dudosas profecías. En un comienzo se pensó que el progreso económico en base a concesiones comerciales permitiría una salida democrática, pero esta misma fortaleza ha hecho revivir antiguos legados históricos, de eso que los norteamericanos llamaron “el destino manifiesto”.

Como han expresado muchos pensadores desde Tocqueville, Estados Unidos, más que un país es una idea, la idea de democracia y libertad. Un mundo de leyes e instituciones, el espacio para el “sueño americano”, la sociedad de la meritocracia. El individualismo ha sido una característica en los valores estadounidenses y corrió parejo con otra dimensión, la de formar comunidades, fraternidades, clubes. Sin embargo, se observa un declive del civismo americano que viene de hace años. Hace 50 años, el 77% de los americanos ya declaraba que su país había perdido el sentido de comunidad. La participación en elecciones presidenciales ha caído, han caído las asociaciones de padres de familia, el sindicalismo ha desaparecido. En 1955, el 44% de los americanos declaraba que las horas de trabajo eran las más agradables, recientemente solo un 16% siente lo mismo. La inseguridad económica y la desigualdad que antes afectaba solo a la fuerza de trabajo, hoy afecta a todas las categorías sociales.

Ayer, las élites llevaban su éxito con un sentido de decencia que hoy está pasado de moda. Han decaído las clases medias y populares enfrentadas a la incertidumbre y a las erradas políticas económicas, los divorcios están a la orden del día y el multiculturalismo mal entendido estremece a los antiguos valores. Estas expresiones que hoy caracterizan a la sociedad americana provienen en realidad de la época del declive del Imperio Romano. Las desigualdades romanas fueron tan radicales como las de EE. UU. hoy día. La élite romana (1.5% de la población) captaba el 20% del total de ingresos, el grupo siguiente (10% de la población) recibía otro 20%, el 80% restante vivía bajo el umbral de la pobreza, no existía la clase media; en América tiende a diluirse bajo el peso de la desigualdad; el declive romano se extendió del siglo III al IV, el americano comenzó con los “baby boomers” y se radicalizó con la revolución de la informática.

En ningún lugar es más evidente el conflicto cultural que en el mundo islámico, cuya lucha contra las poderosas e impersonales fuerzas de la modernización y globalización la asocian con el Occidente judeo-cristiano. Sin embargo, su conflicto carece de futuro, pues el tradicionalismo es una reliquia del pasado.

Con los avances impresionantes de los grandes países emergentes es fácil olvidar la pobreza. La mitad de la población mundial vive con dos euros al día. Como advierte The Economist, un fantasma recorre a los países ricos, el fantasma de la ingobernabilidad. El nacionalismo llevado de la mano del populismo resurge en los Balcanes y en los antiguos dominios de la URSS, en Inglaterra, y en la periferia sur de Europa, y los caballos de Troya proliferan en países pequeños y abiertos.