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“He arado en el mar y sembrado en el viento”, expresión de Simón Bolívar al sentirse abatido por su propia gente mientras desaparecía la idea de la Gran Colombia. Es una expresión que encierra una tragedia y una contradicción. Tragedia porque, al sentir de algunos historiadores, la independencia llegó a Latinoamérica más de un siglo antes de que la gran mayoría de la población formara parte de la vida nacional. Y contradicción porque la Corona Española favorecía una política indigenista y la usaba como instrumento para mantener a raya los movimientos de independencia. Las élites criollas profesaban la ideología de la Ilustración y con la ayuda de Inglaterra socavaban el poder de España.

El nacionalismo de las élites criollas hacía gala de un nacionalismo moderno y de progreso y chocaba con el nacionalismo o mejor dicho con el sentimiento provinciano más apegado a los símbolos y cultura locales. Había una contradicción muy fuerte entre el centro urbano europeizado y las áreas rurales compuestas por peones, siervos, indios, esclavos y exesclavos. El nacionalismo criollo desconfiaba de esas masas que nunca habían buscado la independencia, ni la entendían, mucho menos que tuvieran conciencia del concepto de nación. En las desoladas cumbres de los Andes o en las vastas llanuras venezolanas solo existían comunidades autosuficientes y una organización feudal y colonial, sin interés en la liberación nacional. Ni siquiera sabían a qué país pertenecían.

Lo cierto es que la independencia significó la decadencia política de la élite criolla y el ascenso de los terratenientes y caudillos con su soldadesca. Las naciones nacieron débiles, pues prevalecieron los intereses de los hacendados locales y regionales. Al contrario de la independencia de Nueva Inglaterra, donde fue el pueblo el que más luchaba por su liberación. En Latinoamérica, los ejércitos quedaron como las únicas instituciones que se identificaban con el territorio entero de la república. En civilización y Barbarie, de Sarmiento, la civilización era representada por las ciudades mientras la barbarie era la cultura anárquica y hostil del campo. Veamos el lamento del gaucho (típico campesino latinoamericano) en los versos de Martín Fierro: Tiene el gaucho que aguantar/Hasta que lo trague el hoyo/O hasta que venga algún criollo/En esta tierra a mandar.

Esta organización semifeudal y semicolonial cambió hacia 1930, a raíz de la Revolución Mexicana y la Revolución Rusa, y los efectos de la Gran Depresión. Comenzó una industrialización mal diseñada y peor ejecutada. Las masas rurales migraron a las ciudades entrando de sopetón a los movimientos revolucionarios, xenófobos, anti-imperialistas, desaparecía el caudillo y daba paso al populismo. Nunca se podría comparar a un anarquista italiano o español con un jornalero de las favelas o un gaucho de las pampas, los primeros estaban familiarizados con las filosofías políticas Europeas, en cambio los segundos difícilmente comprendían el concepto de nación. La migración del campo a la ciudad era una mejoría sólo en el sentido de que en el campo no había nada, era el “Llano en llamas” como le llamó Juan Rulfo. Era el terreno abonado para que surgieran demagogos y reformadores de medio pelo como Perón, Fujimori o Chávez. En los modelos económicos este fenómeno se conoce como economías duales. El Banco Mundial tiene un estudio excelente sobre las consecuencias de este legado colonial.

Por ejemplo, el porcentaje del 10% superior en el ingreso total no baja del 40% o 45%. La relación entre los ingresos del décimo decil y el primer decil es por lo general superior al 40%. Y lo peor que se observa, agrega el Banco Mundial, es que hay un progresivo empeoramiento más que un progreso y obviamente está vinculado a la caída del gasto social.

El historiador se pregunta: Qué ha sucedido con la conciencia nacional de las masas populares? En qué momento la masa de hondureños se consideró hondureña o los nicaragüenses se consideraron de Nicaragua? No basta que haya un sistema electoral y le digan a la masa que el voto es obligatorio y que va a estar supervisado. Si gozan de derechos ciudadanos en un sistema democrático, en especial, si se sienten beneficiados por reformas sociales podría darse una identificación con algo que se llama nación.