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A los cristianos se nos pide estar alertas y saber identificar quiénes están en contra de nuestra fe. Jesús nos advierte que los que hacen el mal son más sagaces que “los hijos de la luz”; que nos ha enviado como a ovejas en medio de lobos y nos recomienda ser astutos como serpientes, pero pacíficos como palomas (Lucas 16.8; Mateo 10.16).

A lo largo de nuestra historia los cristianos nicaragüenses, tanto católicos como evangélicos, nos hemos visto envueltos en muchos conflictos políticos porque, aunque estamos en este mundo solo de paso, camino a nuestra morada final, como nos enseña Jesús (Juan 15.19) estamos en él, lo evangelizamos y mientras vivamos esta vida presente nos debe importar lo que pase en relación a nuestro prójimo y nuestra fe. Por eso, lo que sucede en Nicaragua nos afecta e involucra de muchas formas. Jesús no le ha pedido al Padre que “nos saque del mundo”, sino que nos preserve del mal (Juan 17.15).

En nuestra historia hemos sufrido ¡sufrimos!— mucha violencia. Revoluciones, dictaduras, despojos, guerra civil, violaciones a los derechos humanos… De la Iglesia de Jesucristo han surgido voces proféticas denunciando el mal, pidiendo conversión, llamando a la paz, mediando en los conflictos, tendiendo puentes de reconciliación… ¡Haciendo lo necesario en cada situación!

A partir de la revolución sandinista de 1979 hubo fuertes divisiones, tanto dentro de la Iglesia católica como dentro de las denominaciones evangélicas. Por un lado estábamos los que apoyábamos la revolución con la esperanza de que los pobres lograran la salvación integral que predicamos los cristianos, saliendo de la pobreza, con un gobierno democrático, respetando los derechos humanos, por otro lado, estaban los que veían que se conducía al país a una dictadura totalitaria, con una ideología basada en el marxismo-leninismo, suprimiendo las libertades básicas y violando los derechos humanos. Aunque muchos creímos lo primero —ilusionados por nuestros sentimientos sociales y confiando de buena fe en los artificios políticos sandinistas— al final vimos cómo los otros tenían la razón y reconocimos nuestro error.

La Iglesia sufrió persecuciones en los años 80. Aun así, al final de aquella década inició importantes servicios como mediadora, pacificadora y reconciliadora para poner fin al conflicto, a la guerra fratricida entre el Gobierno y la contra. Recuerdo algunas figuras destacadas en aquellos momentos: el señor cardenal Miguel Obando y Bravo, de la Iglesia católica, y al doctor y reverendo Gustavo Parajón, de las denominaciones evangélicas. Nuestro actual señor cardenal Leopoldo Brenes, arzobispo de Managua, entonces obispo de Matagalpa, realizó una inmensa labor pacificadora y reconciliadora en la zona donde fue más difícil terminar con la guerra.

Después, el FSLN entregó la presidencia y la recuperó en el 2007 mediante unas elecciones en que el sector democrático fue dividido (error que nunca debemos repetir). En su relación con la Iglesia el gobierno del FSLN actúa con oportunismo: acercamiento y gestos de buena voluntad según su conveniencia, mientras no se le señalen las acciones condenables; ofensas y persecución cuando se le cuestiona; uso y abuso de los sentimientos religiosos del pueblo, manipulando las prácticas y símbolos cristianos.

¿Qué hay del sector sandinista hoy en la oposición? ¡No todos piensan ni actúan igual! Pero existe un sector importante y organizado que mantiene la misma ideología de los 80, basada en el marxismo-leninismo, atacando a la Iglesia por diferentes razones, entre otras, por oponerse al aborto voluntario y al matrimonio entre homosexuales. Reciben financiamiento de organizaciones internacionales proaborto y proideología de género y mantienen diferentes ONG para sus fines. Varios de ellos entraron en la Alianza Cívica como “sociedad civil” y ejercen mucha influencia en la Unidad Azul y Blanco (UNAB). Su ideología es contraria a la libertad empresarial, a varios importantes principios democráticos y a aspectos relevantes de la fe cristiana contra los cuales actúan, a veces, agresivamente.

Aclaro que la Iglesia católica, aunque no aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo, no condena a las personas homosexuales, las cuales no son responsables de su condición. La Iglesia enseña claramente que los homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza y que no deben ser discriminados (Catecismo, No. 2358).

La Iglesia siempre hace su labor profética denunciando lo malo, venga de donde venga, pero procurando las buenas relaciones —respetuosas— que faciliten la comunicación, estando siempre presta al diálogo —con todos— para lograr acuerdos, no levantando muros, sino tendiendo puentes, buscando el bien común en fraternal convivencia, democracia y paz.

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