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En septiembre de 2002 tuvo lugar la “Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible”; en Johannesburgo, Sur África.

Antes de comenzar el evento, que congregaba a dignatarios de todos los continentes, se dio una agitación previsible en el lugar. Concurrían ahí grandes líderes mundiales.

Estaba Nelson Mandela. Creí oportuno acercarme para saludarle. Una larga fila intentaba hacerlo. Él ya no era presidente de su país, pero gozaba de un enorme respeto y popularidad allende sus fronteras. Ello, para mí era una evidencia más de su grandeza como político y estadista. [Los estadistas se marchan a su casa; los políticos mediocres siguen insistiendo en buscar el poder para acumularlo. No sienten vocación; tienen una terrible adicción].

Al acercarme a Mandela, vi que unos militares enmedallados, de una manera cursi, trataban de abrirle campo a un tipo de cara redonda, anteojos negros y anchos. No era alto, de frente amplia. Estaba sudoroso. Debía ser alguien importante ―pensé.

Tuvimos una especie de encontronazo, pues él me forzó con la ayuda ―de los que después supe, eran sus guardaespaldas― a salir de la fila. Le quedé viendo fijamente. No sabía quién era. Él me devolvió la mirada con brillo iracundo. Tenía unos ojos pálidos, cargados; la sclera de los mismos era amarilla. Creo que vio mi gafete de identificación y se enteró que no estaba frente a otro jefe de Estado. Me siguió viendo mientras sus guardaespaldas me decían algo que nunca comprendí. Una dama que le acompañaba, a cierta distancia, se apresuró a informarme: “Él es nuestro líder, Robert Mugabe”.

¡Ah! ―me dije― este es el tirano que llegó como libertador y se ha quedado por varias décadas en el poder, habiendo cometido crímenes, confiscado, exiliado y arrebatado el poder total de su país para mantenerlo en el subdesarrollo y la pobreza.

Zimbabue era una afrenta para el África; era una vergüenza para la humanidad.

Caí en la cuenta. El atropello de los guardaespaldas no era gratuito ni fortuito.

Es más, creo que ninguno de los jefes de Estado o de Gobierno francés, alemán, canadiense, británico o japonés tenía un séquito tan conspicuo.

Por Estados Unidos asistió el secretario de Estado, Collin Powell.

Mandela, sentado, sonreía animosamente. Usaba vestimenta propia de su tribu, supongo. Era notoria su camisa estampada, holgada, de colores brillantes. Era muy alto. Se puso de pie cuantas veces pudo para dar la mano a quienes lo saludaban.

Durante toda esa jornada, iniciada por la mañana, hablaron, primeramente, los jefes de Estado y Gobierno. Jacques Chirac (el presidente francés) y Tony Blair (el primer ministro británico) se refirieron a la deuda moral que todos los países europeos tenían con África.

Cuando le tocó el turno a Robert Mugabe, su discurso fue desagradable, inoportuno. Habló en un inglés, a veces suave; pero mayormente invectivo. Hizo alusión directa de Tony Blair, que estando muy cerca, se rio al oír al dictador.

Le escuché con atención esperando encontrar alguna frase inteligente. No encontré nada en absoluto. Todo su palabrerío se reducía a frases alusivas a la historia de opresión, el imperio británico, la explotación de los grandes hacia los países pequeños, el legado horrendo de los colonialistas europeos. Y mientras hablaba, con su dedo índice buscaba y señalaba a los dignatarios europeos aludidos y ahí sentados.

¿Y cómo trataba él a sus compatriotas opositores?

Nadie lo interrumpió, siquiera para aplaudir algo que hubiera llamado la atención. Cuando terminó, sus guardaespaldas y su nutrida delegación fueron los únicos en causar algún ruido disonante, acompañado de gestos zalameros.

Se sentó. Algún reportero de su claque se apresuró a fotografiar al “gran líder”, de un país atrasado y sometido por su dictadura longeva.

Robert Mugabe tenía entonces 78 años.

Llegó a aquella cumbre porque los africanos no son discriminativos. Pero no vi a nadie haciendo fila para saludarlo; a nadie cautivó; a nadie conmovió; nadie quiso abrazarle; a nadie le interesó su presencia, sabiendo que era un tipo de poca monta y mal discursero sobre historia. ¿Es el único tema del que hablan los dictadores?

Nelson Mandela se marchó antes que concluyera la jornada. Hubo una gran conmoción, marcada por prolongados aplausos. Años después, sus honras fúnebres fueron debidamente multitudinarias y conmovedoras.

Nunca supe cuando Robert Mugabe abandonó el recinto. Se fue sin conmover a nadie, entonces y hoy también, siempre los dictadores viven en la más abyecta soledad.

Su obra política fue una tragedia africana. Indudablemente, su nombre solo figurará en la lista de los tiranos más opresivos. Nada más.