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La pobreza de la política local es un problema cultural. Pensé que se debía a la corrupción, o a la ausencia de valores morales o la falta de solidaridad. Pero una crónica reciente de EL NUEVO DIARIO puso de manifiesto el atraso cultural de los políticos.

Para muestra comparemos con Francia. Peso pesado contra peso pluma. Luc Ferry fue secretario de Educación de Chirac. Es escritor y filósofo. Su último libro es Aprender a vivir, un relato del desarrollo de la filosofía. Vendió 300 mil ejemplares en una semana. El libro surgió de una conversación entre Ferry y Villepin, ambos miembros del gabinete de Chirac. Tomaban café de Dipilto y uno le pregunto al otro ¿para qué sirve la filosofía en nuestro tiempo?
Ferry captó al vuelo que ahí estaba el temario para un libro que explicara en este tiempo de congestión tecnológica, el tema de la filosofía, disciplina aquí caída en desuso. El antiguo ministro de Educación se dio de inmediato a la tarea de escribir una pequeña obra que lleva al lector de la mano por la aventura fascinante del conocimiento humano, comenzando con los griegos y terminando con los filósofos actuales. Ferry explica todo con arte de novelista de suspenso. Dice como el mundo mágico de los filósofos griegos, que explicaban la realidad en función de un orden cósmico perfecto, fue sustituido por el cristianismo. De la creencia panteísta de que todo era Dios, preconizada por los griegos, los padres de la filosofía escolástica labraron una magistral teoría filosófico-religiosa que se ha sostenido en la cúspide del pensamiento occidental por 2009 años. La divinidad cósmica de los estoicos se convirtió en un solo Dios, que se encarnó en hombre y descendió al mundo para salvarnos del pecado y prometernos la salvación y la vida eterna a través de la fe. ¿Quién puede rechazar estos dones, por muy descreído que sea?
Por su parte Dominique de Villepin, ex ministro de Relaciones Exteriores y antiguo primer ministro, no se quedó callado ante la labia de Ferry. Siendo también un intelectual de altos vuelos, abogado internacional, diplomático, autoridad sobre la vida y obra de Napoleón. Poeta, en un país donde los vates gozan de gran prestigio. Después de vivir en las alturas del poder, bajó a recorrer el país para restablecer contacto con el territorio recitando obras de Verlaine y Rimbaud, en busca de liberación espiritual a través de la poesía. Fue de pueblo en pueblo, como los rapsodas griegos pregonando poemas heroicos. Para montar su despacho vendió su colección de libros napoleónicos y se mantuvo dando conferencias en América del Sur. Habla cuatro idiomas. Sigue escribiendo poesía. Está por publicar su tercer libro sobre Napoleón.

Piense si nuestros políticos son capaces de subsistir en un mundo de cultura, si pueden sostener conversaciones elevadas, si desea pasar de lo sublime a lo ridículo, compare los recitales de poesía clásica de Villepin con las ediciones del Instituto Cuaresma o los tres tomos sobre la vida de Napoleón con el libro de Don Edwin. Imagine una surrealista discusión sobre teoría política entre Alexis y Daniel. Sin olvidar el “lenguaje florido” del procurador de derechos humanos electo por los CPC. Sus conversaciones históricas no pertenecen al mundo elevado de la filosofía. Los caudillos no aprovechan sus asambleas para familiarizar a sus seguidores con nuestros ilustres literatos. Solo conocen el arte de la zancadilla y los puñales.

Aquí gobiernan gentes obnubiladas por la riqueza y el poder. Jamás podrían subsistir como simples docentes, porque no tienen ni cultura ni humildad. Y si Dios no da, Salamanca no presta.