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Primero, aclaro, nada tengo en contra de ninguna religión. Sí tengo mucho a favor de la salud, la paz y la tranquilidad; la libertad y demás derechos humanos que el ruido quebranta.

Cada religión tiene sus ritos, sus costumbres. Para los católicos, se debe orar en silencio. Los evangélicos hacen lo contrario. ¿Por qué pedirles silencio? Leyendo la Biblia encontré expresiones a favor de ambos: orar en silencio o en forma verbal; pero no he podido encontrar una expresión que aliente a gritar o al ruido estridente. “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” dice el Evangelio de Mateo.

Alguien me decía que no tenía por qué esconder su fe, que debe demostrar su alegría, con cantos y alabanzas. Perfecto, pero sin que la alegría alcance altos decibeles que enfermen y lleven tristeza a otros. Quizás los evangélicos se basan en la expresión de San Pedro “la fe viene por el oír”. Para que la gente crea, tiene que oír. Pero si el ruido daña el oído, no puede oír. ¿No habría fe?
También los católicos hacen ruido: durante las purísimas, semana santa, fiestas patronales. Y ante la muerte, el católico llora, a veces grita. El evangélico alaba a Dios, llora en silencio. En el fondo, ambos tienen objetivos comunes: la salvación, anunciar el Reino de Dios, ayudar al prójimo.

Jesús envió a sus discípulos a divulgar el Reino de Dios. ¿Pidió que lo hicieran en silencio o con ruido? La respuesta la encontramos en sus formas de comunicación: parábolas, milagros, visitas, pláticas. ¿Lo haría gritando? Sus hechos y circunstancias son el principal mensaje: ¿Por qué nació en un pobre pesebre y entre animales? ¿Por qué entró a Jerusalén en un burrito? ¿Por qué sacó a los mercaderes del templo? ¿Por qué compartió el pan y el vino? ¿Por qué fue crucificado entre dos ladrones? ¿Y qué más comunicación que el silencio en la cruz? ¿Por qué no pataleó, gritó y se soltó?, en cambio dijo “perdónales porque no saben lo que hacen”. Como vemos, el mensaje es el propio Jesús, por eso “la palabra se hizo carne”.

“La fe, si no va acompañada de obras, está muerta en sí misma”, dice el apóstol Santiago. De nada servirían cultos y misas sin la práctica. El Padre Odorico, de San Rafael del Norte, no utilizó grandes parlantes para obligar a la gente a escuchar; más bien hablaba en voz baja (así lo recuerdo). Su obra espiritual crece inclusive ahora; por eso, como me han contado, los creyentes se desbordan desde las montañas y van en caravanas desde las ciudades, para conmemorar el día de su muerte. ¿Entonces, será necesario el sonido intenso para atraer feligreses? Si Jesús estuviera ahora, aquí, ¿haría uso de los megaparlantes que esta sociedad de consumo nos ofrece? Creo que no, porque él curaba y el ruido enferma.

Si Dios nos dio un sistema auditivo que no soporta los sonidos intensos, ¿por qué el ruido estridente para alabarlo? Cuando me protejo el oído, cuido la obra de Dios. Durante el programa “Camino de Emaús”, de Michèle Najlis, yo comentaba algo que, a mí, que tan poco sé de religiones, me dice una gran verdad: canta Ricardo Arjona: “… la naturaleza no se equivoca y si te hubiese querido con ropa, con ropa hubieses nacido”. Me parece genial. Me imagino vestida de plumas ¡y con alas! Con traje de guardabarranco o de quetzal. Pero está perfecto éste de piel humana “ajustado a tu figura”. Arjona habla de la naturaleza, no de Dios. Pero si Dios la creó, si hubiese querido que nos comunicáramos a gritos, nos habría dado un sistema auditivo que tolerara los 130 decibeles. O un sistema nervioso, circulatorio o mental que no se enfermara por falta de sueño ni por exceso de ruido. Pero no, el oído es para comunicarnos y si gritamos es difícil hacerlo. Y no sólo la palabra es comunicación, también la escucha, para escuchar se requiere silencio y tener bueno el oído.

Entonces, ¿por qué megadecibeles en los cultos? ¿Dónde queda el respeto por el ser humano, dónde la libertad de los vecinos que se ven obligados a escuchar? ¿No bastan amplificadores moderados y las técnicas de la oratoria para llevar el mensaje? ¿Dónde queda el mandato de Jesús que “los envió a predicar el Reino de Dios, y a dar salud a los enfermos”?, como leí en San Marcos. Parece necesaria una reflexión en las iglesias, para alabar a Dios sin afectar la salud ni la libertad ni la paz de los vecinos.

Me queda la inquietud, una contradicción que no me explico: Jesús pidió amarnos los unos a los otros, ¿por qué entonces, quien siegue sus enseñanzas, maltrata a los otros? ¿Por qué si las iglesias buscan ayudar al prójimo, hacen uso de sonidos intensos, que llevan a la desesperación? ¿Por qué si Jesús sanaba, ellas enferman? La gente ya no aguanta y lo denuncia. Pero no escuchan ni moros ni cristianos.

A mí, literalmente, me enferma y desespera la pólvora de la iglesia católica durante las madrugadas de diciembre. Quisiera tener alas para ir a buscar un nido en una montaña. O un colchón en el fondo del agua. No en el lago de Managua, porque sería un colchón de basura, me asfixiarían los olores y me aturdirían más los ruidos del malecón.


doraldinazu@gmail.com