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Tercera Parte

Un historiador observando América Latina concluía que para los estándares del pensamiento occidental, Latinoamérica era una región que desafiaba la lógica de la historia. Por ejemplo, en Bolivia una coalición de nazis locales, trotskistas y nacionalistas de toda laya hicieron una revolución social de campesinos y mineros que al cabo de diez años eran miembros de la Alianza para el Progreso. En Nicaragua, una mezcolanza de la extrema derecha, la iglesia popular y una gama variopinta de guerrillas internacionales y locales hicieron una revolución más política que después de diez años había demostrado ser una fuente de abusos, de políticas equivocadas y un reservorio de nuevos ricos. La revolución cubana, al decir de Jean Paul Sartre, fue más un tributo existencialista fraguado a base de golpe y reacción, en el que no contaron para nada los pronósticos marxistas.

El tránsito de la planificación al mercado no solo afectó a Nicaragua, afectó también la vida de muchos países exsoviéticos. Los reformistas más adelantados fueron los países de Europa Central y Oriental y los Estados Bálticos, que tuvieron el aliciente de unirse a la Unión Europea y a la Unión Monetaria. Tuvieron recesiones económicas los tres primeros años, pero en adelante el progreso fue sostenido y nunca claudicaron sus conquistas sociales. Nicaragua no ha tenido esa capacidad de decisión que nos ubique como nación civilizada. Desafortunadamente, conceptos como nación, república y democracia son abstracciones de sobremesa que la retórica estira y encoge según los intereses de turno.

Como quiera que sea, la cuestión obligada es indagar cuál podría ser esa capacidad de decisión que pareciera evadirnos. Albert Hirschman, economista de Harvard, argumentó a favor del crecimiento desequilibrado. Afirmaba que la escasez de recursos y de capital humano de los países pobres los predisponía a un crecimiento secuencial, a la construcción de empresa por empresa o de inversión en inversión corrigiendo en cada caso la escasez más dañina como era la “capacidad para tomar decisiones racionales”, es decir, el espíritu empresarial, la calidad del hombre de negocios para conquistar mercados.

En Nicaragua, este potencial existió en los años 60 cuando empresarios innovadores crearon verdaderos imperios económicos y financieros, explotando las ventajas comparativas del país. De ese tiempo para acá, esa habilidad se fue en busca de ambientes más institucionalizados. A esa migración de capital empresarial le ha seguido la migración de la juventud, el stock de reposición del capital humano. Si uno buscara respuestas en nuestro pasado vamos a encontrar un arco que desciende, de lo que fue posible a la devastación, al derrumbe. Ha sido un declive autodestructivo.

Así, podríamos aislar dos factores sumamente importantes para el progreso de un país: la calidad empresarial y el soporte institucional que los apoye. Ambos han sido destruidos y hay que reconstituirlos. La tarea más fundamental para el país es la construcción de la base institucional que le dé soporte a la economía de mercado. Esta tarea es de tal magnitud que requiere tiempo y continuidad en el esfuerzo. Aunque algunas normativas, procedimientos y organizaciones pueden emerger rápidamente su impacto en los comportamientos y en la buena práctica requiere tiempo. Más aún, estos cambios institucionales también implican la toma de nuevos roles por parte del Estado, como la función reguladora, la de árbitro imparcial y, en muchos casos, como un coordinador activo que dé apoyo y soporte al cambio tecnológico, a la reforma educativa y a la evaluación de políticas.

En conclusión, desde 1990 tenemos dos regímenes bien diferenciados. Sin embargo, en ambos períodos el crecimiento económico no fue más allá de las fronteras de producción, no hubo desplazamientos en dicha frontera, desplazamientos tecnológicos, que es lo más importante. La pobreza está lejos de reducirse y el destino del “judío errante” es la pesadilla del ciudadano. Tenemos que superar la paradoja de que un día somos fraternos y al día siguiente somos fratricidas.