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A medida que el mundo digiere el reciente e histórico discurso del Presidente Barack Obama en El Cairo, una conclusión es clara: será necesario más que un discurso para que haya una reconciliación entre Estados Unidos y el mundo islámico, tras años de desconfianza y hostilidad. En todo caso, éste fue un comienzo significativo.

Hay una segunda conclusión que hacer, menos evidente pero aún más importante: las ambiciones de Obama no se limitan a cortar de raíz el terrorismo islámico, o incluso hacer que haya paz en el Oriente Próximo. Se extienden nada menos que a un completo redimensionamiento del orden mundial.

La radical apertura de Obama hacia el mundo islámico fue apenas la última de una serie de acciones de acercamiento de este notable presidente estadounidense. Es posible que la crisis económica haya obligado a una nueva reaproximación de EU con China (la potencia “emergente” que ahora ha surgido como la gran ganadora del descalabro financiero mundial). Pero ninguna circunstancia de este tipo exigió la iniciativa de “restablecer” las relaciones con Rusia, los viajes para hacer las paces con América Latina y Turquía, o los esfuerzos por dialogar con Irán. Todos ellos son productos de una política deliberada.

El momento unilateral ha pasado. Por algunos años, Estados Unidos ha tenido el estatus de superpotencia, y no le sirvió mucho, ni tampoco al mundo. Ahora, ante nuestros ojos, Obama está reposicionando a los Estados Unidos como el centro de una red de relaciones bilaterales: la relación económica “G-2” con China, la relación nuclear con Rusia, y ahora la búsqueda de una relación de respeto mutuo y cooperación con el mundo musulmán. Como en un diagrama de Venn, Obama está colocando a EU en ese punto central donde se superponen todas las diferentes elipses. Primera entre pares, y una nación indispensable.

Uno se pregunta dónde quedará Europa en este esquema. Los europeos se han acostumbrado a la idea de que la relación transatlántica es la base del orden internacional. Tras los difíciles años de la presidencia de Bush, Obama ha buscado restaurar debidamente la armonía transatlántica también, visitando Europa en abril y tendiendo allí una mano para la colaboración.

Ni hay duda de que Europa retribuyó escasamente a Obama por sus esfuerzos, ya sea en términos de ayuda en Afganistán o apoyo para estimular la economía global. Pero si a Obama le quitó el sueño la tibia respuesta europea, no ha mostrado señales de ello. En el nuevo orden mundial de Obama, las relaciones transatlánticas no son la base, sino sólo una de las elipses del diagrama de Venn, tan significativa o insignificante como los europeos decidan que sea.

Mientras los europeos se lo piensan, también deberían reflexionar en lo que el discurso de El Cairo podría significar para su propia posición en el Oriente Próximo. Por largo tiempo, han tenido la creencia de que siglos de historia y los hechos de la geografía, por no mencionar los patrones de inmigración más recientes, les han dado una especie de relación especial con el mundo islámico: una relación a menudo tensa y algunas veces sangrienta, pero no obstante basada en una profunda familiaridad mutua. A los ojos europeos, Estados Unidos carece de esa sofisticada comprensión, y a menudo no tiene interés en adquirirla, viendo las tierras alrededor y más allá de Israel como pobladas principalmente por avaros jeques petroleros y peligrosos fanáticos religiosos.

Como todas las caricaturas, esta visión europea tiene algo de cierto. Y, aunque los europeos hayan lamentado que el destino haya puesto el poder real en Oriente Próximo en manos de sus primos, les ha ido bastante bien allí --no en menor medida en lo comercial-- simplemente por no ser estadounidenses.

Ahora, después de haber escuchado a Obama en El Cairo, tendrán que preguntarse si éste no es otro aspecto de la manera de funcionar del mundo, y de la posición que Europa ocupa en él, que está a punto de cambiar.

Fue un buen discurso, y los europeos lo aplaudirán como es debido; pero estemos atentos al creciente trasfondo de ansiedad que este valiente y joven presidente estadounidense acaba de ayudar a generar en algunas de las voces de Europa.


Nick Witney es investigador senior de políticas en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.


Copyright: Project Syndicate, 2009.

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