Jorge Eduardo Arellano
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Un año más renace la esperanza y en algunos la ilusión de que los sueños tanto tiempo postergados se hagan realidad. Esperanzas e ilusiones podrán concretizarse con realismo y responsabilidad; siempre que todos aportemos y abordemos con sentido común la construcción de un proyecto de nación.

Pudiéramos enumerar la larga lista de tragedias y los desgastes que nuestra sociedad ha acumulado; pero de ello hay balances informados y brillantes. En cambio nos detendremos en el desgaste principal: la pobre asimilación que tenemos los de abajo, los de en medio y los de arriba sobre la naturaleza de nuestro tejido social, principal motor de nuestro bienestar y desarrollo, el cual en definitiva es cultural, política y socio-económicamente heterogéneo. Así como el hoy por hoy mayor reto de todos: construir consensos y enriquecernos mutuamente con experiencias y pensamientos diversos que sienten bases sostenibles, pongan en marcha y desarrollen la maquinaria nacional.

Armar bien las piezas de nuestro rompecabezas supone ver más allá de nuestros horizontes de clase, de credo, de partido, de raza; dejar de ver en las diferencias amenazas irreales. El perfil de nuestra nación nunca estará bien asentado si no asumimos como cultura un auténtico “contrato de cohesión social”, explícita o implícitamente, dándonos la oportunidad de dialogar para desarrollar el potencial social que el país requiere.

El diálogo honesto, pensar a través de o con la otra persona, es antes que nada un proceso creativo que pone entre las personas talentos, experiencias y juicios de valor que por muy diferentes que sean entre sí, cuando se ponen al servicio de encontrar caminos para un país, generan proyectos concretos con destinos comunes y, sobre todo, convocan, propician la sinergia, y unen energías dispersas.

El mismo concepto de identidad nacional está hoy por hoy en revisión. Al pensamiento tradicional de un güegüence burlador de los fuertes, personaje del Pacífico, se tienden a agregar las particularidades del nicaragüense del Norte y Las Segovias, del Centro y del Caribe, con características antropológicas cuasi milenarias que se encuentran bajo distintos matices a lo largo del país.

Esta diversidad curiosamente se ha visto retratada por los censos y encuestas nacionales, los cuales dan cuenta de realidades sociales y económicas claramente diferenciadas entre las macro-regiones del Pacífico, el Centro y el Caribe, marcando en el sentido de las manecillas del reloj un progresivo deterioro geográfico y poblacional, lo cual obliga a plantear que las políticas públicas tengan claras estrategias diferenciales de atención.

El reto de armar bien nuestro rompecabezas implica en gran medida un acto de fe. Fe en nuestros coterráneos, fe en que Dios trabaja con diferencias que nos enriquecen. Fe y humildad en aprender los unos de los otros. Acto que nos invita a superar nuestra supremacía individualista de ser sabios en nuestra propia opinión, mal avasallador bastante generalizado y que nos aísla paulatinamente unos de otros.

El tejido social es el alma de la sociedad, por lo cual en la medida en que se entrelacen bien los hilos, así será de fuerte, armónico y vistoso el resultado. Lo saben bien los artesanos y las artesanas con sus prodigiosas hamacas. Los hilos somos cada uno de nosotros con texturas, fortalezas y colores a veces similares, a veces muy distintos; pero todos tenemos un lugar en el diseño, en la trama y representamos el sentido y la belleza del telar.

Los espacios de participación debemos abrirlos todos, sin negarnos participación ni capacidad de decisiones unos a otros. El Gobierno promoviendo sus organizaciones de poder ciudadano. La sociedad civil movilizando sus agentes de cambios. La empresa privada articulando esfuerzos entre micro, pequeños, medianos y grandes, y apostando hacia el futuro. La oposición con iniciativas constructivas y dando muestras de superar sus fragmentaciones. Los medios de comunicación balanceando mejor las buenas, regulares y malas noticias. Las iglesias con mayor tolerancia entre ellas. En fin, el barco está haciendo agua, no es tiempo de sacarnos en cara los trapos sucios, es tiempo de una sobrevivencia estratégica, sobrevivir como nación.

El tiempo se nos ha vencido. O la bebemos o la derramamos. Es tiempo de construir. Construir nuevas construcciones y desarrollar el arte de saber construir sobre construcciones anteriores. Destruir para construir supone futuras destrucciones por otros que vendrán. El reto es desarrollar un tiempo de construcciones. El futuro será nuestro y de las nuevas generaciones si hoy damos muestra de cordura y construimos el país en paz. Pongamos nuestro grano de arena.