•  |
  •  |
  • END

La matanza de indígenas en Perú confirma que en América Latina los gobiernos mantienen una guerra contra los pueblos indígenas que habitan sus territorios. Estas guerras comenzaron con la conquista europea que dio origen al régimen colonial que aún persiste a pesar de las luchas de independencia. Luego con el surgimiento de los estados nacionales se dan nuevas guerras contra los indígenas, para imponerles las ideas liberales y robarles sus tierras comunales, imponiéndoles simultáneamente la mal llamada democracia representativa como forma de gobierno. El cultivo del café se extendió usurpando tierras indígenas y realizando matanzas. Para muestra las 14 familias de El Salvador.

Para remate llegó el neoliberalismo y las transnacionales vieron en sus territorios una reserva de recursos naturales con carácter de bienes comunales que los colocaba fuera del mercado. Entonces tratan de convertidos en propiedad privada para poder explotarlos libremente.

De manera que desde el siglo XVI hasta el XIX, los invasores y los estados nacionales agredieron brutalmente a los indígenas con el propósito de destruirlos, al grado de que no les quedó otro camino que resistir, dando lugar a lo que los historiadores han llamado la segunda conquista. En México se dieron declaraciones de guerra del ejército federal contra los pueblos indígenas.

Las guerras las perdieron los pueblos, dando lugar a un colonialismo interno que las revoluciones agrarias del siglo XX no lograron acabar, porque los indios no participaron en los pactos que las dieron por terminadas. Los herederos de los conquistadores siguieron las mismas políticas de aquellos y en algunos casos las profundizaron, aunque para dorar la píldora inventaron el indigenismo como política estatal.

En el presente siglo el antagonismo se ha profundizado y los administradores de los estados al servicio del capital reaccionan con violencia cuando el cuestionamiento a sus políticas las exhibe como inviables para mantener el modelo mercantil como único modelo de vida.

Un recuento de la represión contra los pueblos indígenas, en los nueve años que van del siglo, muestra que ha dejado más muertos que en los países que sufren alguna invasión imperial o de los que se encuentran en guerra civil. En México, Chiapas se convierte en un monumento a la ignominiosa represión. También se da en Guatemala contra los pueblos mayas y en Chile contra los mapuches. Recientemente se dio la represión gubernamental contra la minga indígena colombiana que buscaba defender sus territorios y los recursos naturales y ahora una concentración pacífica de indígenas en Perú pidiendo la derogación de leyes que permiten arrebatarles lo suyo, es reprimida brutalmente, dejando decenas de muertos y desaparecidos. Otros crímenes no salen a luz.

Ninguno de estos actos represivos es aislado. Detrás se encuentra la decisión de las trasnacionales de apoderarse de sus recursos naturales, sustento de la vida de los pueblos indígenas para convertirlos en mercancía y la decisión de defender el futuro como pueblos contra los intereses de externos. Los gobiernos han jugado del lado de las empresas de diversas maneras: modificando los marcos jurídicos que conviertan los bienes comunales en propiedad privada, generando políticas que liberalizan la apropiación de esos bienes y poniendo las fuerzas represivas a su servicio para sofocar las protestas.

Frente a dichas agresiones todo mundo protesta indignado. La sociedad peruana y la internacional exigen que los responsables de la matanza en la Amazonia sean destituidos y procesados por esos crímenes, pero no existen mecanismos jurídicos para que puedan lograrlo. Mientras se encuentra uno, no olvidemos que las matanzas son parte de la guerra contra los pueblos indígenas y si queremos que ya no se repitan, no debemos guardar silencio.