•  |
  •  |
  • END

Determinar el grado de seguridad y de eficiencia energética de un país es un elemento estratégico de primer orden para valorar las perspectivas de desarrollo que presenta dicho país. Tanto así que Lenin para sacar del atraso feudal a Rusia, sintetizaba el programa de la Revolución de Octubre en electrificación y socialismo.

¿Cómo evaluar, en nuestro caso, las posibilidades de desarrollo que ofrece la industria eléctrica de Nicaragua?
Un médico, para hacer un diagnóstico del estado de salud de una persona, examina sus síntomas vitales. Observa, por ejemplo, el estado de la conjuntiva y de la cornea, toma la presión, ausculta el corazón e incluso estimula la respuesta del reflejo neural de la médula espinal con pequeños golpes en el tendón de la rótula. Así, en la industria eléctrica, para hacer un diagnóstico clínico, se debe observar el comportamiento que presenta la tarifa. En efecto, al precio final de la energía confluyen, de hecho, todos los costes de la industria, tanto los que resultan de la mayor o menor independencia energética, como los que se originan por el grado de eficiencia en la producción, transporte, distribución y consumo de energía.

El síndrome que presente la industria eléctrica en el costo de la energía es determinante para el futuro desarrollo de la sociedad. Más alta y volátil es la tarifa, menos competitivo es el país, y viceversa. De modo que aunque parezca sorprendente, el análisis de la industria debe comenzar en la demanda de energía, es decir, en la influencia que el consumo ejerce en la tarifa.

En nuestro país, la tarifa de electricidad sube, de manera significativa, ya sea porque se incrementa el consumo de electricidad, o bien porque se presenta una tendencia alcista en el precio del petróleo. Una visión simplista se limita a culpar a las distribuidoras por cualquier síntoma adverso que presente el sector. En cambio, una cultura formada en la investigación, busca la relación de causas y efectos más allá del eslabón más próximo, y analiza con esmero cada componente de la cadena para desentrañar la interrelación de fortalezas y debilidades que le son propias.

Un análisis comparado del consumo nos permite calificar qué incremento de la demanda resulta deseable para la sociedad y cuál no. La intensidad energética de un país, que se expresa en Barriles Equivalentes de Petróleo (BEP), define la cantidad de energía necesaria para producir un mil dólares de Producto Interno Bruto.

En los países desarrollados, la intensidad energética ha disminuido a partir de 1990 a un ritmo sostenido de 0.9 % anual. Lo cual indica que la eficiencia energética ha mejorado en 24 % durante ese período. De esta forma, los países industrializados han logrado abastecer, con inversiones tecnológicas en ahorro energético, la mitad de su demanda en las dos últimas décadas.

En América Latina, en cambio, por la baja incorporación de tecnología a los procesos productivos, la eficiencia energética decreció en 2 % desde 1980 hasta la fecha. En este concierto desalentador, Nicaragua ocupa en el índice de intensidad energética, el lugar 20 de 24 países latinoamericanos. Así, mientras la media Latinoamericana de intensidad energética es de 1.6 BEP, en Nicaragua se pasó de 2.4 BEP, en 1978, a 4 BEP en 2006. Con lo cual, la intensidad energética de Nicaragua es, ahora, 250 % mayor que la media latinoamericana. Lo que hace evidente, que se ha acrecentado aún más la falta de competitividad del país, lo que, de forma directa, impacta negativamente en tarifa.

La eficiencia en el uso final de la energía es, en definitiva, una fuente de energía (negawatios) que cuesta la mitad que la producción de energía adicional.

En términos prácticos, si en lugar de empeorar la productividad en el uso de la electricidad, que le ha llevado a Nicaragua a incrementar su intensidad energética en 67 % en los últimos treinta años, mejorara su eficiencia energética en un 10 por ciento en el curso de los próximos 10 años, ahorraría el equivalente a 340 GWh (Gigavatios hora) de electricidad por año, es decir, el 12 % de su consumo, lo que podría representar un ahorro anual de 40 millones de dólares en la producción de electricidad.

Se necesita invertir 150 millones de dólares para construir una central geotérmica de 45 MW que produzca esa cantidad de energía. Mientras con una inversión de 40 millones de dólares en programas de tecnología eficiente, en lámparas y motores, equivalente al 26 % del costo de la central antes mencionada, se evitaría la necesidad de construir esos 45 MW adicionales.

Disnorte y Dissur han identificado los potenciales de ahorro energético por sectores de consumo. El sector residencial consume el 34 % de la energía producida, y presenta potenciales de ahorro del 30 % en iluminación y electrodomésticos (en especial, en refrigeradoras); el sector comercial consume el 30 %, y presenta un potencial de ahorro del 30 % (en especial, en climatización); la industria consume el 20 %, y presenta un potencial de ahorro hasta del 20 % (con cambios tecnológicos); la irrigación consume sólo el 3.5 %, pero, presenta un potencial de ahorro, en bombas, del 40 %.

Con un plan ambicioso del gobierno para hacer accesible a los usuarios la adquisición de tecnología eficiente (más cara que la convencional), se podría ahorrar entre 22 y 25 % de la demanda nacional. Esto es, alrededor de 84 millones de dólares anuales. Que, obviamente, impactarían positivamente en tarifa al prescindir anualmente del despacho de 700 GWh que se producirían con los generadores más ineficientes.

En el otro extremo de la industria, en la producción de electricidad, hay un componente estructural de mediano y largo plazo que incide adversamente en tarifa, tanto por el origen y la naturaleza de la energía primaria, como por la ineficiencia de su transformación en electricidad. Hasta ahora, por desgracia, Nicaragua ha explotado menos del 4 % de su potencial de recursos renovables. De manera, que casi el 70 % de la electricidad se produce con hidrocarburos importados (lo que somete a la economía del país a una dependencia extrema hacia la tendencia alcista del petróleo). Es decir, si colocamos un tensiómetro en la tarifa, mediríamos, en dólares por kWh, la presión creciente del petróleo sobre las arterias de la industria eléctrica. Esto indica que la matriz de generación actual, con prevalencia de unidades térmicas, se comporta como un ateroma que obstruye el flujo de sangre oxigenada a los órganos productivos de la sociedad.

Además, el rendimiento de los generadores térmicos, en Nicaragua, ronda, por desventura, un coeficiente mísero de 14 a 15 kWh/gln. De modo, que una estrategia responsable, tendría por objetivo urgente el retiro de operación de aquellos generadores térmicos que no alcancen una eficiencia mínima de 18 kWh/gln.

Resta por considerar, el vínculo entre la producción de energía y el consumo, que corresponde a la actividad de distribución. La cual introduce costos propios en la tarifa, que se incluyen en el Valor Agregado de Distribución (VAD). En este concepto, sin embargo, el Ente Regulador no reconoce los costos efectivos, realmente incurridos por las distribuidoras, en construcción, ampliación, mantenimiento, operación de redes y comercialización, sino, sólo los costos medios de distribución que corresponden a una empresa teórica eficiente.

De manera, que en este recorrido a vuelo de pájaro, sobre el conjunto de la industria eléctrica, hemos entrevisto dos grandes líneas estratégicas de acción para transformar la debilidad actual del sector. Por el lado de la demanda, se debe reducir en un plazo de cinco a diez años, la intensidad energética en el consumo de electricidad, por lo menos, a valores semejantes a la media latinoamericana (esto es, pasar de 4 BEP a 1.6 BEP). Por el lado de la oferta, se debe transformar a corto plazo la matriz de generación en los próximos cinco años, con un 80 % de generación que explote eficientemente la energía primaria de recursos renovables autóctonos.


*Consejero de Disnorte-Dissur en Gestión de Energía