Jorge Eduardo Arellano
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El tema parece algo temerario y supuestamente tangencial respecto a la razón de ser o función esencial del magisterio, es decir: educar, extraer y desplegar las potencialidades y capacidades propias de cada persona, conducir el proceso de desarrollo y autoafirmación de los educandos e inducir o motivar para que ellos lo hagan como sujetos activos y responsables de su propio aprendizaje y desarrollo humano y científico.

Esta función eminentemente pedagógica está, no obstante, inserta en un hecho incuestionable. La educación en su relación y acción con la población, la sociedad, el país y el mundo, tiene una profunda dimensión política, es esencialmente política siendo, entre otros, el poder uno de sus elementos claves.

La educación es un derecho humano fundamental, un bien social y un factor clave del desarrollo global, lo que significa que se mueve en el amplio ámbito de poder. Las reformas, transformaciones, innovaciones educativas se hacen con el poder en el poder, con frecuencia para reproducirlo y también para reinventarlo, a fin de que la educación responda tanto al reclamo innato de cada persona, a su autoafirmación y desarrollo como a los imperativos de los modelos de desarrollo que van dominando y empujando el devenir de un país. Estamos condicionados a las exigencias de los distintos modelos de desarrollo.

Si bien el poder político sintetiza y aparentemente concentra todos los ámbitos del poder, éste se hace muy presente a través de la economía, de la tecnología, de la información, de la cultura, de la religión, de la educación, de tal forma que resulta difícil precisar los límites de cada manifestación del poder por cuanto todos se encuentran en el esfuerzo por sentar y ejercer su influencia en la población.

Por otra parte, la propia educación es un poder cuya acción se desliza y penetra en la concepción, diseño y desarrollo de los currícula y los métodos que se utilizan para hacerlos efectivos. De ahí que el poder en sus múltiples facetas haya pretendido siempre apoderarse de la educación, no sólo como medio o instrumento, sino también como componente inserto en la política, diseños y métodos educativos.

En este contexto, y así es siempre que se hable a fondo de la educación, el maestro y la maestra son sujetos naturales de la dimensión política de la educación y son sujetos activos del poder. El magisterio ejerce un poder en la sociedad, en la historia de cada país, construida en gran medida a golpes de su trabajo y de su enorme influencia en los conocimientos, competencias, actitudes y valores de sus estudiantes.

A este respecto me atrevería a decir que si la educación nacional tiene todavía vida relativamente sana, no se debe a las políticas educativas ni a las gestiones de los ministerios, ni de las autoridades ni de las políticas públicas, se debe al maestro y maestra de nuestro país.

Pero ¿cómo se relaciona este poder del maestro pedagogo y del maestro transformador social, con el poder político y demás ingredientes que lo conforman?
La historia nos dice que el poder se fundamenta, se organiza, se ejerce mediante sujetos asociados y organizados en determinados grupos, sean éstos partidos políticos, sindicatos, organizaciones de la sociedad civil y de las bases locales, manteniendo todos ellos como principio esencial que el poder está en cada sujeto, en el pueblo de donde emerge para tomar fuerza y organicidad.

Resulta, pues, natural que los maestros y maestras como sujetos de poder se organicen y actúen como sujetos de reproducción o de transformación en la vida educativa, social, económica y cultural del país.

Al recorrer nuestra historia reciente se comprueba que el magisterio nacional ha actuado como sujeto de poder generando la constante histórica de división entre quienes se oponen al o apoyan al poder político. Esta constante histórica se mueve como péndulo.

Los opositores toman el liderazgo, y lo pierden ante los que hacen unidad con el gobierno. La época de Somoza, la de la Revolución, la del neoliberalismo, la del gobierno actual, son los claros escenarios de la ubicación del magisterio nacional en relación con el poder político de turno.

En conclusión, el magisterio de Nicaragua como organización se ha desarrollado como un movimiento de oposición o como un factor de apoyo y consolidación del modelo político.

Desde este escueto recuento histórico cabe la pregunta, ¿cómo se relaciona el magisterio con el poder y el poder con el magisterio?, ¿para qué y cómo se ha desarrollado esa relación y cómo se ha ejercido ese poder? El poder del magisterio en el poder ¿ha ido reinventando progresivamente ese poder en beneficio directo de la educación, sus principios, fines, objetivos y funciones, garantizando el fin último de la educación ubicado como derecho de cada persona, como un bien social y como factor clave del desarrollo humano, económico y global de toda la población?
El poder por naturaleza y origen está al servicio de los ciudadanos y de la sociedad, lo mismo que el poder de la educación se debe a cada persona y a la población, al pueblo, origen y fin de todo poder.

Sin embargo, no siempre el poder se ha reinventado permanentemente en beneficio de la gente, del pueblo, de la sociedad, de la propia educación, y con frecuencia se ha ejercido para su propia reproducción.

El poder es necesario, indispensable, pero no como fin, sino como medio, porque el origen y fin del mismo seguirá siendo el ser humano, la población en general en sus diferentes organizaciones y etapas de su desarrollo.

En 2008 nos ubicamos de nuevo en un contexto político en el que se impone y se ha decidido reinventar el poder con la mirada centrada en la gente, y en su educación. Se trata de una oportunidad y de un imperativo.

Ojalá la aprovechemos y lo cumplamos. Ojalá el poder del magisterio se centre totalmente en aprovechar esta oportunidad y en cumplir este imperativo.

* Ideuca