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Estas palabras, amiga mía, son para tomarte de la mano, para que volvamos donde éramos felices, a punto de tragarnos la vida, y no que la vida nos tragara. Iba a escribir el artículo sobre una empresa en Nicaragua y sobre unos trabajadores enfermos, cuando de pronto, acabo de recibir una llamada desde allá, y me comunican que habías decidido que tu punto y final.

Hace poco te escribí, en esta misma página, queriendo acompañarte en la noche que dormías. Hace poco te hablé de cuando estábamos todos los muchachos ardiendo en deseos de verte salir por la puerta de colegio. La más pequeña de estatura, la menos despampanante, pero nadie con más alegría en moverse que tú, nadie con más vida. Hace poco te libraste de un sueño de pastillas al que te dormiste por la ilusión de un escape, ese hueco negro y hondo en que la vida te mete, a veces, cuando las cosas salen del revés. El hueco de la depresión que cierra todas las puertas y las posibles ilusiones, incluso la última y única de los desesperados: que en cualquier momento todo cambie por inercia.

Una querida y admirada escritora, Rosa Montero, decía también hace poco que al fin y al cabo, todo, las palabras, las historias, la Historia y la Matemática, el buen nombre, la herencia, todo, no valía nada más que para el olvido. La vida estaba en otro lado, en la caricia de la ropa recién planchada por la madre, en una mano que se da en una pequeña cama de hospital a un hombre solo.

Y tú sola amiga mía, subiste lo más arriba que pudiste y te dejaste caer. Qué noche habrá pasado por tus ojos, que decidiste lanzarte hacia la muerte al mediodía. Recibí tu mail agradecida del apoyo mostrado desde lejos, y yo, torpemente interpreté que estabas recuperándote, volviendo a tomarle el sabor a la vida, volviendo a ella, como una hija privilegiada del nervio, de la pasión y la esperanza. Eso fuiste, la pura entrega a una sonrisa, el valor de estudiar con los puños clavados en la mesa, la vocación por enseñar, y la búsqueda desesperada del amor, que se te escurría siempre entre los dedos, como si al mismo amor le diese miedo tu capacidad de volcán.

Lo que nunca se me pasó por la cabeza es que tu mensaje no era más que una despedida, dulce, corta, como en un guiño. Las palabras siempre ocultan algo más que está ahí, como en los poemas de los mejores poetas. No es lo que dicen sino lo que no dicen.

Lo que nunca dijiste fue que ibas a elegir el mediodía de este pasado jueves. Esperabas a una amiga que se retrasó. Nadie le dio demasiada importancia a tu recaída. Porque, ¿acaso no eras tú la más fuerte? Te habías convertido en la amiga que ofreció siempre su sonrisa, en la que nunca esperaba más que estar acompañada, en la que siempre me hacía recordarle a ella misma a la salida del colegio, como si no se reconociese. Nunca supimos encontrar la quebradiza ansiedad de no encontrar lo que buscabas, la delicada sombra que te envolvía.

Pero amiga, no ha pasado tanto tiempo. Si aún lo recuerdo como si fuera hoy, que ya volaste por el aire, es que no ha pasado tanto tiempo. Así que olvida si quieres las palabras, las de este artículo que terminará olvidado como el periódico de ayer, porque, insisto, sé que no sirven para nada, a no ser que pudiera dibujar con las letras la mano que te tome antes de saltar, antes de iniciar tu vuelo, aunque sea por un momento, Marisa, y decirte adiós, hasta luego, con un beso. Cuando pueda verte ya estarás confundida con la tierra.

Déjame pues, tomarte de la mano y decirte cuánto te quise y te quiero todavía. Demonios, estas cosas que no se dicen nunca en el momento apropiado. Y otra vez, ¿ves? Las palabras que no sirven si llegan tarde, más que para dibujar tu vuelo y decirte que supe del hueco, del pozo, del laberinto, de ese lugar donde estuviste sin hilos ni pista para volver. Ahora que rompiste el muro e inventaste tu salida, déjame estar aún con vos, tomados de la mano, entre las mentiras y verdades de las palabras, entre lo que dicen y lo que nunca saben cómo decir. Hay mil formas de decir te quiero, y estamos olvidándolas. Yo sólo quiero volver contigo a aquellas tardes en la salida del colegio en la que te esperábamos como a una maravillosa promesa de la vida. Ahora supe que siempre fuiste un pájaro pequeño y azul. Ahora que me llamaron para hablarme de tu vuelo.


franciscosancho@hotmail.com