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La Embajada de España y el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica --presidido por el dinámico promotor cultural, licenciado René González-- otorgan hoy un reconocimiento en Granada a José Joaquín Quadra Cardenal, coincidiendo con su cumpleaños 84. La actividad se inscribe dentro de la celebración del cincuenta aniversario de dicho Instituto, cuya acta constitutiva se firmó el 12 de octubre de 1959. José Joaquín es uno de sus dos fundadores vivos. El otro es el doctor Edgardo Buitrago, quien oportunamente recibió el mismo galardón: la “Orden honorífica Darío-Cervantes”, creada recientemente.

Ambos, desde entonces, han sido figuras emblemáticas del INCH. Ya me referí a la personalidad del primero en anterior artículo de este diario. Ahora quisiera trazar la del segundo, hijo predilecto de Granada. En su diccionario, la Real Academia Española define el adjetivo predilecto como “el preferido por amor y afecto especial con que se distingue a una persona entre otras”. Y esto ha sido José Joaquín para su ciudad natal, en la que ha desplegado su ejemplaridad familiar y cristiana, su presencia propulsora en asociaciones, cofradías, centros de beneficencia, etcétera; en fin, en acciones de servicio comunitario y cívico.

No es preciso detallarlas todas. Basta recordar su activa participación en el comité departamental para atender a los damnificados del terremoto de 1972 y en la fundación “Salvemos Granada”, por citar las más conocidas, pero no la más relevante. Ésta fue la campaña que José Joaquín desarrolló en los años 50, con una increíble energía, para establecer el sueño de varias generaciones, secundando al padre León Pallais y al ingeniero Alberto Chamorro: la Universidad Católica, institución que se concretó en la Universidad Centroamericana, de cuya Junta Directiva fundadora fue uno de sus miembros.

A lo anterior habría que agregar su vocación patriótica y educacional de promover el conocimiento de nuestras raíces y héroes nacionales. En efecto, a José Joaquín se le deben iniciativas creadoras, algunas no superadas: desde el álbum a colores Conozca Nicaragua, pasando por su pionera reseña histórica de nuestro béisbol, las revaloraciones parlamentarias de los héroes Rafaela Herrera y Emanuel Mongalo, hasta diversas publicaciones destinadas a niños y jóvenes. Aparte de sus tareas relacionadas con el hispanismo institucional, objeto de una exposición en la Casa de los Leones, donde tendrá lugar el reconocimiento.

Muy pocos personajes quedan ya como él en nuestras ciudades. Es decir, personas cultas y caballerosas, siempre dispuestas a servir y a colaborar con sus documentos, libros e informaciones. Pero, en su caso, con un estilo propio, familiar; un estilo vinculado a las esencias de la nacionalidad, al mestizaje y a la tradición rural; no adquirible sino heredado y enriquecido; un estilo cuyos representantes poseen —y logran mantener con personalidad— proyectándolo en una conducta proba y honesta, conciliadora y civil, abierta y digna, exenta de vano orgullo. Un estilo que ha caracterizado singularmente a los Cuadra y que se aprecia, con un sentido de resignación, en la siguiente anécdota. Más de alguna vez se la he escuchado. Y nada más oportuno que repetirla ahora que recibe este homenaje.

A dos semanas de haber asumido la Presidencia de la República, don Vicente Cuadra recibió la visita de su hermano mayor, Juan Aurelio, quien había vivido sus primeros dieciocho años bajo la égida de la monarquía española. Entonces el país, tras la desolación a la que lo redujo el filibusterismo esclavista, estaba entrando en un período significativo de paz duradera y constructiva. Pero aún era pobre y humilde y patriarcal. Aún necesitaba remover tantos obstáculos —pensaba don Vicente para colocarlos siquiera— una vez llevada a feliz término la difícil empresa de administrar sus intereses— en el camino de la prosperidad.

—¿Qué estás esperando ahora que la tenés?, —aconsejó al nuevo mandatario su hermano, acabado de sentarse y golpeando el piso de madera de la Casa de Gobierno con su rústico bastón.

—¿Qué estás esperando para devolver esta republiquita a sus legítimos dueños: los reyes de España?
Y el prócer republicano, desde luego, no hizo caso de la sugerencia. La consideraba una excentricidad más de Juan Aurelio, hijo reconocido de su padre, vecino desde niño de Masatepe y arraigado luego en una finca que adquirió con el producto de su trabajo cerca de Masaya, población desde la cual había mantenido frecuentes relaciones con sus hermanos y demás familiares de Granada.

Una excentricidad similar a otras de Juan Aurelio, ajeno a los nuevos signos transformadores de la nación independiente que para él, desde la desaparición de la monarquía española, sólo había traído desgracias: matanzas incontables, saqueos y violaciones, incendios y destrucciones de ciudades, persecuciones y fusilamientos, abandono de cultivos y ganados, reclutamientos forzosos e injustos, torturas y otras atrocidades, robos autorizados y confiscaciones, como las decretadas a las propiedades de su padre: el más sobresaliente letrado de Granada.

Juan Aurelio se estremecía emocionado cuando recordaba a su padre preso por orden de un audaz artillero que apenas podía cargar un cañón: Cleto Ordóñez; el asesinato de su tío Miguel, Primer Ministro del Encargado del Ejecutivo, Benito Pineda, en una cárcel de León; las elecciones para Presidente que la Asamblea Nacional le burló a su hermano José Joaquín; y a su otro hermano Diego, político de Masaya, macheteado y arrastrado a la cola de un caballo por un cavernario.

Juan Aurelio insistía en sostener que, salvo algunos escasos años, Nicaragua —como toda la América española— había quedado desde su emancipación política sin tranquilidad, reponiendo al Rey —autoridad lejana e imparcial como la del Papa, a las que estaba acostumbrado y satisfecho de ellas— con dictadores más o menos crueles que no habían respetado la libertad de cada pueblo para desarrollar sus propios intereses.

Y uno de ellos sería Zelaya, quien en 1894 preparaba su primera invasión a Honduras para derrocar al presidente Vásquez, derramando infecunda sangre centroamericana en aras de sus expansivas ambiciones militares. Con ese pretexto impuso las primeras excesivas contribuciones, sistema que adoptó para destruir --arruinándolos económicamente-- a sus adversarios. Entre ellos estaban los Cuadra, que sufrieron, entre otros atropellos, multas, sitios a hogares y embargo de propiedades. Don Vicente no pudo entregar la cantidad que se le impuso y, pese a sus 82 años fue llevado a la cárcel.

En esa ocasión, Juan Aurelio agonizaba extenuado por el peso de casi todos los años del siglo y, al enterarse de la noticia, con un rictus extraño y amargo en la boca, dijo:
—Merece el castigo mi querido hermano Vicente, porque cuando lo eligieron Presidente de la República, en lugar de entregarle el poder a los reyes de España, sus legítimos dueños, se dedicó a enriquecer las codiciadas arcas nacionales. Dios me lo proteja para que no le roben su dinero como las elecciones que ganó mi hermano José Joaquín, no lo asesinen como a tío Miguelito, ni lo arrastren por las calles de la cola de un caballo como a mi desventurado hermano Diego.

He ahí una síntesis viva del infortunio de nuestra patria y, particularmente, de los Cuadra, cuyo carácter intelectual lo refleja el hecho de haber aportado más autores de libros y folletos que cualquier otra familia nicaragüense. He aquí un estilo que incluya la ilustración o intelecto al servicio de la política y, en última instancia, de la conciencia nacional y que tiene trascendentes revelaciones en el humanismo socrático del doctor Carlos Cuadra Pasos, padre de José Joaquín, y en la universalidad poética de su hermano Pablo Antonio.

Ese mismo estilo presidió sus acciones partidarias, sustentadas en dos actitudes: a moderación y la mediación. Pero vale destacar el movimiento renovador —de tendencia socialcristiana-, fundada por él dentro del conservatismo en 1852 e iniciado con todo el entusiasmo juvenil de su generación, que requiere un estudio a fondo para que sea plenamente conocido y sus lecciones asimiladas.

En fin, por estas y otras obvias razones, comparto y celebro la decisión de la Embajada de España y el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica de reconocer la entrega permanente de José Joaquín Cuadra Cardenal al cultivo y difusión de los valores culturales e históricos que conforman la identidad de Nicaragua.