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Entonces Carolina era mi novia, cuando me presentó a Flavio Galo Montenegro. Después lo conocí mejor, entrevistándolo varias veces para un largo reportaje que se publicó en el diario Barricada, en los años ochenta, sobre el grupo musical religioso “La Familia Galo”, que integraban él, su enérgica y platicadora mamá, su dulce hermana Elizabeth, de ojos verdes, y sus inquietos hermanos Pancho, Cristóbal y Norman. Creo que después de apenas unos añitos, también se integró con una pandereta, su pequeña Quetzalina, ahora una guapa y juvenil madre de tres niños. Flavio lo iluminaba todo con su generosa sonrisa y con sus carcajadas poderosas estremecía de alegría donde estuviera.

Flavio era el novio --después se casaron-- de Carmen, la mejor amiga de Carolina, con quien alfabetizó en el norte del país. Así, ellas lo vieron llegar varias veces a la profundidad de la montaña espesa, en Matagalpa, y sucedía que los empinados cerros alegres con sus densos bosques tropicales húmedos gozosos, sus ríos todavía cristalinos y sus praderas verdes siempre contentas, se volvían más alborozados todavía, contagiada la naturaleza por el espíritu arrebatador y la impetuosidad del joven artista.

El desgraciado que hace 15 años lo asesinó para robarle, no sabía a quién estaba matando, porque, de haber comprendido la gigante estatura humana de su víctima, hubiera detenido, en el último momento, su mano homicida. Flavio lo hubiera atrapado con su personalidad hechicera y el maldito habría entendido que estaba ante una persona especial que debía vivir mucho más para continuar haciendo el bien a sus semejantes.

Aunque lo hubieran asesinado como a un pobre diablo en un rincón desolado entre Managua y León, en uno de esos crímenes más profundamente injustos que otros, aunque todos sean una canallada, Flavio Galo vive entre nosotros no sólo porque Carlos Mejía Godoy lo dice en la letra de la canción que compuso quince años después para su entrañable amigo y que estrenó durante una misa hace dos semanas, sino también por los 650 egresados de la Escuela de Marimba que lleva su nombre. Por supuesto, vive por muchas cosas más en tanta gente en cuyos corazones se anidó por sus buenas obras.

Aunque no soy religioso y no creo en santas ni santos ni vírgenes ni nada que se les parezca, cuando estaba movilizado como reservista y era el flamante Sargento Mayor de la Base de Apoyo Operacional (BAO) de El Guabo, treinta y seis kilómetros al oeste de Villa Sandino, Chontales, entendí la demanda de dirigentes comunitarios del lugar: querían una Virgen María para adorarla. Le escribí a mi novia Carolina sobre esta singular solicitud, ella se lo planteó a Flavio y éste consiguió una Virgen María de regular tamaño, la que, junto a cartas de mis familiares, pinolillo, café, azúcar y alguna potería (una maravilla para cualquier movilizado), fue enviada a Santo Tomás, sede del Batallón Pancasán, al que pertenecía, y de aquí a la BAO, en un largo y lento periplo.

Sin embargo, no vi la imagen de la Virgen María, ni supe que ésta había llegado en los camiones ZIL del Ejército que llevaban, sobre todo, el abastecimiento para la tropa que yo administraba como Sargento de la BAO, porque ese fue mi último día en El Guabo, después de casi cuatro meses. Tuve que salir abruptamente porque la actual embajadora de Nicaragua en Haití, Hilda Bolt, entonces secretaria política del Batallón, con asiento en Santo Tomás, me llevó con ella, y así finalicé mi movilización en esa ciudad dormitorio de ganaderos que compite con sus quesillos con Nagarote y La Paz Centro.

Fue hasta dieciocho años después, cuando recolectaba información para escribir mi novela “Huérfanas de la Guerra”, que encontré a la seriecita Virgen María enviada por Flavio en un sitial de honor en la precaria iglesia de madera de El Guabo. Pero antes la tuvo en su casa una señora del poblado que hizo famosas Las Purísimas los 7 de diciembre. Su esposo mataba chanchos y vacas --hasta habían seleccionado un pequeño hato que era llamado “las vacas de la Virgen”--, y cada año regalaban generosamente a la enorme fila de campesinos que comenzó a aglomerarse desde que despuntó esa celebración en 1989, en el último año de la guerra.

El señor que destazaba chanchos y vacas quedó ciego, y luego, por viejas enfermedades persistentes, inhabilitado para esos menesteres, hasta que murió, lo que impidió que su esposa continuara con lo que ya era una tradición. Entonces la imagen pasó al templo de madera, que el año pasado fue convertido en una estructura de bloques de concreto. En la nueva iglesia de El Guabo está la Virgen María que envió Flavio Galo. ¿En cuántos rincones de Nicaragua, en cuántos recuerdos de personas agradecidas, está también su obra? No se puede cuantificar, pero un hombre decente, un hombre sensible, es capaz de hacer sentir bien a muchas personas. Él tenía lo que se necesitaba para ello: un gran corazón. De lo suyo, era lo único más grande que su enorme sonrisa.

En la misa de 15 años de Flavio y de unas cuatro o cinco personas más, el espacioso templo del hogar de adolescentes y jóvenes “Zacarías Guerra” estaba al tope con más de cuatrocientas personas adentro, pese a la amenaza de la Influenza y a un calor infernal apenas atenuado por los ventiladores de techo con sus amenazantes aspas dando vueltas y vueltas casi inútilmente, porque las oleadas de aire caliente se sucedían unas a otras ensopando a todo el mundo.

Un imponente sacerdote negro, alto y de hombros anchos, con una voz segura y deliberadamente pausada, oficiaba la ceremonia acompañado de un cura mayor de rostro rechoncho y barbita de chivo. El recuerdo de Flavio presidió la solemne misa, engalanada por la chispeante música de Carlos Mejía Godoy y Los Palacagüina, y por este religioso católico que cumplía con todo el rito acostumbrado, pero que predicaba de manera especial, con una voz sugerente y música de fondo, evidentemente consciente de lo que estaba haciendo, tratando de influir al máximo en su amplio auditorio.

Al final de la liturgia, el cura negro tomó “El Santísimo”, como Lionel Messi el trofeo de campeonato europeo de fútbol, y sosteniendo con ambas manos a la altura de su rostro el dorado metálico resplandeciente y cegador, lentamente recorrió dos pasillos, paseándose entre los feligreses, y predicó la grandeza de Dios y todo lo que de bueno Él podría hacer por las debilidades de los presentes, mencionado algunas, y vi cómo muchas personas entraban casi en trance, alcanzadas por sus frases persuasivas y estremecedoras. Una muchacha se desmayó. Flavio y su familia enriquecieron la misa con sus canciones populares, como ahora este sacerdote costeño caribeño con su voz enternecedora, que llega a lo más hondo de la gente. Quizás todos los sacerdotes deberían predicar así para llenar sus iglesias, en este mano a mano cada vez más duro con otras denominaciones religiosas.


*El Autor es Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com.