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Las siluetas de las cuatro chicas sobre la terraza parecen sombras de teatro chino. Son muy jóvenes. Pero cualquier atisbo de fragilidad desaparece cuando a eso de las nueve y media de la noche entonan a coro el Allah-u akbar y el Morg dar diktator (Dios es el más grande y Muerte al dictador), como hace 30 años hicieran sus padres para librarse de la tiranía del sha. Enseguida, desde un edificio cercano, una potente voz masculina secundada por las más aflautadas de dos o tres chavales, talvez un padre y sus hijos, responden repitiendo las consignas. Como si se hubieran puesto de acuerdo en el guión, otros vecinos se van sumando. Por las ventanas de las escaleras iluminadas se aprecian sus siluetas subiendo apresuradas hacia las azoteas. A las diez, no falla, alguien une un trombón a la protesta.

En la oscuridad de Teherán no reconozco a ninguno de esos improvisados cantantes. Sin embargo, los he visto pocos días antes en las caravanas electorales donde el activismo político se unía a las ganas de diversión.

Durante dos semanas, mis vecinos, gente de clase media como la que se encuentra en cualquier ciudad europea, se entusiasmaron con el descafeinado juego democrático que permite la República Islámica. Se movilizaron como nunca para hacer realidad a través de las urnas sus deseos de una sociedad más abierta, más tolerante y que les ofrezca más oportunidades. Contra todo pronóstico, Mir Hosein Musaví, el aspirante en el que habían puesto sus esperanzas, no sólo perdió, sino que quedó humillado por el aplastante triunfo del presidente en ejercicio, Mahmud Ahmadineyad.

Se sienten humillados por el gobierno
‘Las elecciones siempre han suscitado dudas, pero en esta ocasión el fraude y las mentiras rebasan todos los límites. Sentimos que el Gobierno nos ha insultado y humillado. El voto es algo muy personal y el Gobierno lo ha violado. Por eso comparto la sensación de que han dado un golpe de Estado’, explica Mehdi en su domicilio cercano a la plaza de Haft-e Tir.

Inconformidad de cuatro años
El resto de sus amigos opina como él. Y no son niños ricos del norte de Teherán, como pretenden los partidarios de Ahmadineyad. Mehdi comparte un modesto apartamento de una habitación con su madre y un hermano en el centro de la capital. Es una zona de clase media trabajadora, sin ninguna pretensión.

A estas alturas, con manifestaciones diarias de cientos de miles de personas en Teherán y protestas en las principales ciudades de Irán (que los periodistas no podemos calibrar porque no tenemos libertad para movernos por el país), está claro que el movimiento desencadenado por las sospechas de fraude refleja un malestar mucho más profundo. ‘Sin duda, ha adquirido una dinámica propia’, señala un analista, que, sin embargo, no se atreve a pronosticar su evolución. ‘Nadie quiere asumir el liderazgo’, añade, dando a entender que eso va a limitar su alcance.

Un voto de confianza a Musavi

Los propios manifestantes son conscientes de ello. ‘Musaví ha sido una herramienta. Sabemos que es parte del régimen y está hecho de la misma pasta que el resto. Somos conscientes de que no puede superar las líneas rojas’, admite Mehdi. Aun así, están dispuestos a darle una oportunidad. ‘Además de arquitecto, Musaví es un buen pintor y entre los artistas estamos convencidos de que alguien que se pone delante de un lienzo tiene una forma de vivir y de pensar distinta [de los actuales gobernantes]’.

Musaví ha sido desde el principio un líder improbable. Poco carismático, era, además, prácticamente un desconocido para la mayoría de la población. El anuncio de que regresaba a la política activa no suscitó ningún furor. Su buena gestión como primer ministro en los tiempos de la guerra con Irak, que su equipo quiso revivir, no decía nada a los dos tercios de los iraníes nacidos después de la revolución.

El retiro de Jatamí

Ahmadineyad iba a ganar y la única duda era si lo lograría a la primera o si los otros tres candidatos reunirían suficientes votos para obligarle a ir a una segunda vuelta.

Sin embargo, para el día de los comicios, decenas de miles de personas coreaban su nombre en los mítines y en las explosiones de júbilo nocturnas, en Teherán y en las capitales de provincias. ¿Qué había pasado? Hay varios factores que explican esa transformación. En primer lugar, la decisión de Jatamí de no presentarse finalmente, a pesar de que lo había anunciado. En un gesto del que no se conocen todos los detalles, el ex presidente reformista se retiró en favor de Musaví y le prestó todo su apoyo y el enorme capital de simpatía que aún arrastra consigo.

Hay muchas especulaciones sobre si Jatamí, cuya posibilidad de volver a ganar era grande, sólo anunció su candidatura para negociar las condiciones en las que Musaví iba a entrar en la batalla electoral. Ni lo sabemos ni quizá lo sepamos nunca. Los iraníes recuerdan que durante la etapa en que éste fue primer ministro (un cargo que se suprimió tras su mandato), sus relaciones con el entonces presidente Alí Jamenei fueron tensas.

Apoyar al menos malo

Tanto durante la campaña como en la jornada de votaciones quedó en evidencia que más allá de las simpatías que despertara Musaví, para una buena parte del electorado se trataba del hombre que podía frenar a Ahmadineyad. Su promesa de poner coto a los desmanes de los cuatro años anteriores le ganó el respaldo de jóvenes, mujeres, artistas, profesionales y clases medias urbanas en general. Se trataba, como declararon numerosos entrevistados, del ‘candidato menos malo’ de los cuatro en liza.

‘Musaví nos hará libres’, declaraba una chica durante una de las verbenas electorales que se organizaron en las calles de Teherán. ‘Debo confesar que no sé bien quién es, pero parece el único capaz de vencer a Ahmadineyad’, reconocía con la sinceridad de alguien que iba a votar por primera vez.

Pero ese ‘efecto dominó’, como lo describen algunos iraníes, no hubiera sido posible sin un cierto impulso desde arriba. No hay que restar valor al entusiasmo que surgió entre los iraníes. Pero cualquiera que conozca este país sabe que, sin ser una dictadura estalinista, el aparato de seguridad del régimen tiene la capacidad de ahogar cualquier expresión popular que no cuente con el beneplácito de las alturas. En alguna parte de la cúpula gobernante se había llegado a la conclusión de que el populismo del presidente estaba llevando a la República Islámica al borde del abismo y se alcanzó un consenso para respaldar a Musaví.

Varios centros del poder

Conviene recordar aquí que en el Irán posrevolucionario existen varios centros de poder y un margen de debate dentro del sistema que para sí quisieran muchos de sus vecinos árabes. Esa coyuntura es la que permitió que se formara la marea verde, que decenas de miles de jóvenes pudieran salir a las calles de Teherán y otras ciudades hasta altas horas de la madrugada a corear el nombre de Musaví; y, más llamativo aún, los debates electorales televisados entre los candidatos.

En uno de esos eventos mediáticos se hizo evidente que el pulso político entre Ahmadineyad y Musaví es en realidad una reedición de la lucha por el control de la República Islámica que desde hace años libran el ayatolá Jamenei y uno de los hombres más poderosos de Irán, el también ayatolá Alí Akbar Hachemí Rafsanyani. El primero detenta la máxima autoridad del país, el cargo de líder supremo de la revolución, que no se alcanza por sufragio directo, sino por designación de la Asamblea de Expertos.

Rafsanyani preside ese sanedrín de 86 clérigos, elegidos cada ocho años, que supervisa las actividades del líder y, al menos en teoría, podría destituirle.

La rivalidad entre ambos políticos se remonta a los años ochenta, cuando Jamenei presidía Irán y Rafsanyani, su Parlamento. Entonces, uno y otro se criticaban en público con cierta frecuencia. Ninguno de los dos tenía el rango clerical necesario para suceder al fundador de la República Islámica, el ayatolá Jomeini. Cada uno utilizó su posición para tejer una red de influencias entre bambalinas, pero a la muerte de aquél, en 1989, fue Jamenei el que resultó elevado a la más alta instancia del país. Rafsanyani, por su parte, accedió a la presidencia, un cargo visto por muchos observadores como un premio de consolación para sus ambiciones.

De puertas para afuera, los dirigentes iraníes siempre han mantenido las formas y sus diferencias políticas sólo han llegado al gran público como rumores. Sin embargo, en 2005, cuando Rafsanyani volvió a presentarse a las elecciones presidenciales con 71 años, no quedó ninguna duda.

En esos comicios ganó Ahmadineyad. En el camino ha marginado a una parte de la sociedad y a ese grupo de revolucionarios de primera hornada que con el tiempo han aceptado la necesidad de abrir el país, aunque sólo sea para mantener el sistema. Hace apenas dos semanas, ante 40 millones de iraníes que no daban crédito a lo que oían y veían, Ahmadineyad achacó a Musaví estar respaldado por ‘una mafia’ que intentaba impedir su reelección, y acusó de corruptos a Rafsanyani y otros destacados clérigos. Su andanada levantó ampollas.

Con todo, el objetivo de esa apuesta política y personal de Rafsanyani era que el triunfo de Musaví uniera a reformistas y moderados frente a Jamenei. El líder sabía que, en esas circunstancias, Musaví, con quien ya tuvo serias diferencias en sus tiempos de primer ministro (algunas fuentes aseguran que no se hablaban), se sentiría envalentonado para cuestionar su posición en asuntos como la negociación sobre el programa nuclear o las relaciones con Estados Unidos. Sólo así se explica que rompiera las reglas del juego y ensombreciera su papel de árbitro endosando el resultado electoral antes de que lo ratificara el Consejo de Guardianes (el órgano formal de supervisión de los comicios).

Rafsanyani tampoco se ha quedado quieto. Primero, envió una inusual carta abierta al líder pidiéndole que interviniera ante las graves acusaciones lanzadas contra él por Ahmadineyad. Ahora, tras conocer el escrutinio, al parecer busca apoyos entre las grandes figuras del chiismo.

Las otras señales

Los siguientes gestos de Jamenei, pidiendo al Consejo que revise seriamente las alegaciones de los derrotados y aclarando que los responsables de los disturbios no son los partidarios de esos candidatos, indican no tanto un paso atrás como un intento de ganar tiempo para encontrar una salida consensuada a la mayor crisis que ha afectado a la República Islámica desde su fundación. No es el único signo. El hecho de que las fuerzas de seguridad estén permitiendo el desafío diario de cientos de miles de personas en la calle o que, a pesar de las restricciones a nuestro trabajo, no se haya expulsado al puñado de periodistas occidentales acreditados en Teherán parecen indicar que al más alto nivel aún se sigue debatiendo qué hacer.

De momento, los intereses del frente apoyado por Rafsanyani coinciden con los de esos iraníes que han desafiado al poder mostrando su descontento en la calle. ¿Qué pasará si la jerarquía llega a una componenda que no satisface sus demandas?
‘Igual que nuestra protesta empezó de forma espontánea, su desenlace tampoco es previsible’, asegura Mehdi. ‘Desde la fundación de la República Islámica, los fundamentalistas han creado tensiones, han militarizado la sociedad y hablan de la desaparición de Israel; si esa corriente se impone, cualquier día nos movilizan para otra guerra’, explica este músico, que, sin embargo, no duda de que si Jamenei se ve en apuros, no tendrá empacho en ordenar que se dispare. ‘Aún no han intervenido los pasdaran; en cuanto el líder les dé la orden, se ponen cuatro en cada calle y nadie sale de casa’, concluye.

En ese caso, sólo les quedará seguir gritando desde las azoteas.